Me lanzo tras el mito del sur en un jet de asientos verdes, ocupados casi todos por soldados bachilleres. Uno de ellos, mi vecino de puesto, me cuenta que llevan semanas preparándose para la selva y que ya han visto varios videos. Me guardo con prudencia el comentario de que una cosa es la selva en video y otra en la vida real. Me cuenta también que se aprestan a pasar ocho meses en el Amazonas. Es costeño. Como estamos tan lejos del mar, este se vuelve tema tabú. Ni siquiera lo mencionamos, aunque a ambos nos resuena en los recovecos de la memoria implícita.
Ya bajando hacia Leticia se va dibujando la selva, verde e infinita que parece contemplar al intruso volador con los colmillos afilados. Los soldaditos se intranquilizan, aglomerándose en las ventanillas para examinarla. Reina el silencio. La contemplan con la misma expresión de un pavo en la antesala del degüelle: ocho largos meses en que igual pueden encontrar una caleta de dólares que la muerte misma.
Ya en la plataforma del aeropuerto Vásquez Cobo de Leticia, los veo bajar las escalerillas, cargando sus morrales en silencio. Esos ocho meses ajenos palpitan en mi mente aún más que el mar. Yo solo estaré veinticuatro horas, el tiempo máximo para que a un caribe se le empiece a desorganizar el cuerpo y el alma.
Veinticuatro horas para el sur; tres letras remotas, vacías, a 1.788 kilómetros del norte; tres letras que son mi antítesis; tres letras que devoran el alma con el mismo ímpetu que lo haría un cardumen de pirañas.
En la misma plataforma del aeropuerto está Kápax, aquel que un día de 1976 vi llegar nadando triunfal a Barranquilla. Ahora espera turistas que arriban con plan todo incluido. Kápax, superhéroe en el país de Lady Noriega, lleva una escarapela de plástico en el pecho. El Tarzán colombiano se nos volvió recreacionista.
Afuera me recibe un pequeño pueblo entumecido por un inusual verano. Ya llevan tres meses en esas; los caños y riachuelos de la selva convertidos en polvorientas trochas de arena; el río lleno de lánguidos playones; un sol de demonios al que conjuran con sombrillas de colores las mujeres que viajan lívidas en las canoas.
En las calles ya hay una explicación para esta calamidad estival. Corre el cuento de que un pescador del Amazonas sacó una cucha, un monstruoso pez fluvial que parece una piedra viviente. El pescador dizque exclamó: "¡Qué pez tan feo!". El pez dizque respondió: "Feo el verano que se viene". Se parece a los cuentos que suelen surgir en mi tierra.
No se trata de rebuscar equivalencias, ni fórmulas racionales sobre la aventura. En la agenda de un caribe solo existe espacio para la pasión. Pero hay que decirlo: quizá la selva sea como el mar, igual de inexpugnable y misteriosa. Es tan fácil ahogarse en la selva como perderse en el mar. Pero en tamaño no hay punto de comparación entre esta selva y mi mar. La Amazonía, con sus siete millones y medio de kilómetros cuadrados, es cuatro veces más grande que el Caribe. Quizá esa sea la razón por la que en el Caribe uno siempre se siente en la mitad de todo, viva esa sensación cosmopolita de que algo está sucediendo. En la vorágine infinita, en cambio, uno se siente atrapado, como las serpientes enjauladas de Juan Silva Haad.
Me recibe en su casa de Leticia e infunde tanto respeto que no me atrevo a llamarlo ‘Juanchosilva‘. Es el doctor Silva Haad, oriundo de El Banco, Magdalena. Llegó al Amazonas hace 40 años como médico rural. Por aquellos tiempos sí que era fuerte esa sensación de extravío. Solo llegaba una aeronave cada 15 días, un hidroavión Catalina que acuatizaba agitando las aguas, despertando de su atávico marasmo a los pueblos de la selva. "Había momentos en que esperaba el avión con ansiedad para largarme de aquí", me cuenta.
Hoy el doctor Silva Haad ya no se siente lejos de nada. Es claro que está en su elemento y que su evidente obstinación lo ha convertido en un triunfador. Su trabajo con serpientes le ha permitido desarrollar sueros antiofídicos de las especies más venenosas como la mapaná y la coral.
El doctor Silva Haad cuenta historias con la virtud del norte. Nada de euforias ni aspavientos, sino una voz queda y precisa que me va envolviendo, enmarcada en unos lentes con vidrios de color púrpura. Me cuenta del día en que probó su propio producto. El doctor extraía veneno de una mapaná, mientras un camarógrafo filmaba encaramado en un banco. El banco cedió y el camarógrafo le cayó encima. La serpiente lo mordió en la mano. Pronto comenzaron los síntomas, parálisis en el brazo, sangre en las encías, un dolor apabullante. Pero el suero salvador estaba a la mano. El mismo doctor Silva lo había desarrollado.
Hoy no queda ni la cicatriz. Tampoco quedan vestigios de aquellos afanes de salir volando. Hoy el doctor está en su elemento. No se le ha desorganizado el alma y cuando le traigo a colación mis inquietudes sobre el campo magnético del organismo caribe y su incompatibilidad con el sur, me lanza una mirada purpúrea con un sutil rictus de compasión, como si yo fuera un pretencioso forastero y estuviéramos en el centro de la movida planetaria.
Suena la sirena de los bomberos, que en Leticia anuncia las 12 del día. Afuera reina un penetrante olor a humo. Son las quemas de la selva, con las que el Dios del verano aprieta y ahorca. Han llegado a paralizar la operación aérea en tres ocasiones. Los leticianos ya parecen acostumbrados. Ni siquiera se dan cuenta de que a los forasteros se nos enrojecen los ojos. Vaya ironía. En los mismísimos alvéolos del pulmón del mundo, floto entre una maligna humareda. Pido llegar al extremo sur de la ciudad, el punto 4° 12‘ 30‘‘ en que se acaban las congojas de este país. Mi guía de cabecera se quita el sombrero chapéu de palha, se rasca la cabeza y me dice con fastidio, como si le hubiera pedido halarles la cola a los caimanes negros del Cahuinarí: "¿Allá?"
Llegamos al "allá" maldito en cinco minutos. Pronto me doy cuenta de que no es una frontera con glamour. "La unión" es un vetusto barrio de invasión sin nomenclatura, unas 300 casas de madera apretujadas a lo largo de un hilillo de aguas viscosas. Es la célebre quebrada de San Antonio, hito de la nación. Camino a través del puente de madera que hace las veces de vía pública. Hay tablas sueltas, clavos oxidados, niños descamisados que los esquivan. Algunas casas están pintadas de colores, otras a punto de caerse. Unas cuantas, las que quedan sobre la quebrada, tienen la sala en Colombia y la letrina en Brasil.

La quebrada de San Antonio, límite natural entre Colombia y Brasil.
La Unión, una especie de barrio de
invasión con trescientas casas de madera apretujadas.
Tres banderas, restaurante de la frontera que vende ceviche peruano,
fariña brasileña y bandeja paisa.

Húber, el líder comunal, me señala en dirección al Brasil: un dedo hacia la parte alta de la quebrada; un índice servil hacia el sur del sur. Luego me lleva a las escaleras por las que puedo ascender, sin mostrar el pasaporte, al espejismo verde e amarelo. Detrás de un mojón calizo que lleva talladas las palabras "Brasil" y "Colombia", está la escalera; la Stairway to heaven de mis anhelos inmediatos.
Ya son pasadas las seis de la tarde y la oscuridad ha comenzado a arropar el sur. La escalera es de un barro seco y pardo. Son treinta descuajados escalones. Allá en lo alto alcanza a palparse muy poco. Solo unas luces en movimiento y un bajo musical en la distancia: a tres decenas de maltrechos escalones está el país de las gambetas y las batucadas.
La siempre traicionera imaginación del Caribe hace de las suyas. Comienzo a vislumbrar que allí, al final de la paupérrima última escalera de la nación, me espera Ronaldinho gambeteando al ritmo de Beth Carvalho, quien canta Na Festa do Preto Forró en lo alto de una carroza de Carnaval, entre garotas de pezones morenos.
Todo eso me lleva a ascender las escaleras a toda prisa. Pero no. Cuando creo haber traspasado el sur, constato con desilusión que estoy en una réplica de Colombia. El mismo calor, los mismos mosquitos, los mismos políticos bandidos, la misma sensación de que allí alrededor hay un monstruo verde queriéndoselo devorar a uno. Quizá hablan portugués y quizá ese sea el norte del país mais grande do mundo. Pero es un sur de casas peladas, algunas mostrando impúdicas sus bloques de color ladrillo, gente que se aglomera frente al televisor para ver América-Medellín. No. Allí no hay rastros de Ronaldinho. Está más bien el ‘Chigüiro‘ Benítez.
En una esquina un restaurante lo resume todo. Es un caluroso galpón cuadriculado con tres ventanas enrejadas, que lleva por nombre "Tres banderas". El menú incluye "carne con fariña brasileña, ceviche peruano de pirarucú, bandeja paisa colombiana." Zona de triple frontera, con sus trípticos gastronómicos, la posibilidad de dar tres saltos y visitar tres países; zona de triple frontera, donde es factible tener tres documentos de identidad y vender el voto en reales, soles o pesos; zona de triple frontera, donde arrancan cantando el himno de un país y terminan cantando los de los otros dos; zona de triple frontera, donde una vez el presidente Samper -en pleno mercado de Leticia- le preguntó socarronamente a un indiecito, entre las risillas de la comitiva:
-Diga quién es su Presidente.
Y el indiecito respondió:
-Fujimori.
La noche va cayendo. Tabatinga se vuelve más brasileña a medida que nos adentramos en la avenida Amizade. Letreros en portugués prometen festa e churrasco. Hay samba en el ambiente. Luego mis oídos se dan de bruces con un vallenato y pienso que estos me están engañando. Pero no cabe duda. Es Diomedes Díaz.
Ingreso a la pequeña cantina en medio de un enfático tableteo de fichas de dominó. Alrededor de la mesa hay cuatro jugadores y varios festivos observadores. Pronto confirmo mi sospecha. Todos son costeños.
Uno de ellos, un borracho que me llama "compadre", pretende contarme su versión de la frontera. Se bebe una cerveza brasileña Antarctica detrás de otra. Habla de un hidroavión oficial que surcaba la selva, a ras de las copas de los árboles, cargado de pasta de coca; de la carretera hacia Tarapacá, que comenzó a construirse en 1963 y solo lleva 20 de los 180 kilómetros que comprende; del famoso narcotraficante que en las noches de juerga, en su enorme mansión, les quemaba el torso a las prostitutas desnudas con velas encendidas; del enorme barco que un día zarpó del puerto de Leticia cargado de troncos con rumbo a Estados Unidos y llegando a La Florida fue sorprendido: los troncos estaban astutamente rellenos de coca. Así -sentencia el borracho- se acabó Mike Tsalikis.
El resto de los costeños lo atajan cuando se percatan de que está diciendo demasiadas verdades. Uno de ellos, que solo se ha tomado una cerveza, asume una conversación más formal para contarme de su propia andanza. Está allí en un cargo público. Vuelvo al tema de la sensación de encierro. Me cuenta que los costeños están amañados; que el primer Gobernador popular del Amazonas fue el guajiro Félix Acosta Soto (el cual terminó destituido por la Procuraduría); que la gente es amable y con sinceridad quiere a los costeños (así de vez en cuando digan soterradamente que deberían alquilar un chárter y llevárselos a todos). Me cuenta también que en los últimos días ha tenido que enviar al psicólogo a tres de sus funcionarios subalternos venidos del norte del país: la selva los estaba enloqueciendo.
A la mañana siguiente, tras medio día en Leticia, me canso de escuchar la misma frase: "Cuando el río está crecido.". Me la dicen los vendedores de pescado del mercado, para explicarme por qué están tan delgadas las gamitanas; me lo dicen los lancheros, para disculparse por los playones lánguidos; me la repite el famoso guía ‘Sancocho‘, como si pidiera perdón a nombre del río Amazonas, el que ciertamente -con su caudal de 120.000 metros cúbicos de agua por segundo- no necesita que nadie se disculpe en su nombre.
Luego la veo y quiero pensar que ella también me está mirando. Es blanca como las nubes de la selva húmeda y atisbo en ella un hálito de prepotencia que solo he observado en las hembras más altivas. Es además enigmática. Un retumbe de tambores en el corazón me confirma que ella me ha subyugado; que estoy bajo su sortilegio amazónico. Le pregunto el nombre y calla. ‘Sancocho‘ me la presenta. Se llama Victoria. Victoria Regia.
Es la única flor de esa mañana en el lago de Pedro Galvino, un brasileño descamisado que habita en su propio paraíso, junto al río Amazonas, a diez kilómetros de Leticia. Galvino, a pesar del estallido de heliconias a su alrededor, no parece darse cuenta de que reside en el edén. Yace ahí desprevenidamente, echado sobre una silla de plástico, espantando el calor con un abanico de paja, regañando a sus pequeños hijos en portugués, esperando a los turistas para recogerles de a dólar cada uno por el privilegio de ver a Victoria.
En el lago, las hojas, redondas, enormes, tapizan las aguas pardas. Victoria, acechada desde lo profundo por anguilas y rayas, pasa de blanca a morada a medida que baja el sol, como si mi mirada lasciva la turbara. Poco me importa que tenga nombre de reina británica. Sentado frente a ella, embelesado entre sus pétalos y la corte de hojas redondas como naves misteriosas, entiendo que he recorrido el país entero, del norte soberbio al sur sumiso, solo para verla a ella.
No hay tiempo para la Isla de los Micos; ni para la maloca de la aldea ticuna, cuyo curaca descresta franceses con su labia prodigiosa; ni para las aldeas huitoto donde los indígenas se quitan los jeans y se ponen sus atavíos étnicos a toda prisa cuando ven venir a los turistas; ni mucho menos para perseguir el paraíso artificial del Yagé, que convertiría en crítica esta caribe febrilidad.
Pregunto por alguien que se haya perdido en la selva y me dicen que me van a presentar a la doctora Myriam Sevillano, botánica de la sede Amazónica de la Universidad Nacional. No es como me la imaginaba. No lleva ni mochila, ni una blusa de tela hindú. Es la Colombia negra resumida en la estampa de una hembra, de casi uno con noventa de estatura, cuerpo magro como el de una relevista de 4 X 400, labios grandes muy bien pintados de rojo. Lleva un traje blanco, ceñido y corto que le resalta hasta el alma. Se ríe más que la bióloga promedio. Es buena para contar historias.
Se perdió en la selva hace tres años, junto con un grupo de investigadores que pretendía establecer información sobre el hábitat ideal del palosangre, especie que se utiliza para elaborar artesanías. Ocurrió en el caserío de Guanganay, donde el grupo científico permaneció quince días. En una de las jornadas terminaron perdiendo el rastro. Comenzaron a caminar en círculos. Intentaron golpear con un garrote a las ceibas gigantescas, lo cual produce un sonido hueco que retumba a 40 kilómetros de distancia. Pero nadie pareció escucharlos. Los aradores, diminutos arácnidos de la selva que se meten dentro de la piel, arreciaban. El primer gran peligro lo enfrentaron cuando fueron a pasar sobre un árbol caído que hacía las veces de puente. Allí, a un lado del tronco, yacía una boa de cinco metros. Se devolvieron y de repente el guía volvió a alertar. Acababa de encontrar huellas frescas de tigre. Pidió silencio. Ahí mismo pudieron ver la cueva de la fiera. No llovía, pero el guía les pidió que se pusieran los impermeables amarillos, con el argumento de que los colores fuertes ahuyentaban al tigre, el cual -con toda seguridad- acechaba desde la espesura. Minutos más tarde, cuando ya comenzaba a carcomerlos la zozobra de la manigua, hallaron las marcas del rastro.
Ahora, ya entrada la tarde dominical, el viento suave trae un olor a incienso que sublima el efecto de las quemas. Sobre una ribera alta, del lado brasileño del río, suena el forró. Es un establecimiento amplio, con piso de cemento y grandes ventanas abiertas, llamado El Mirante. La música corre por cuenta de un joven brasileño que canta en portugués, acompañándose por la orquesta virtual de un sintetizador. Las parejas ejecutan bailes acrobáticos, que en algo me recuerdan a la champeta del Caribe. Luego, el hombre-orquesta le mueve dos perillas al sintetizador y el ritmo suena familiar. Es un vallenato lastimero. No suena como El Binomio de Oro. Más bien como Nelson Ned cantando vallenatos.
Reina un calor intenso. A los bailadores no les importa el sudor. Es hora de irme al aeropuerto. Ya Kápax no está. Andará por la selva con 40 gringos jubilados, dejándose abrazar por su anaconda ante las cámaras curiosas.
El vuelo de vuelta, ya sin soldados, lleva menos pasajeros. En su mayoría son jovencitos universitarios que regresan radiantes tras una semana en el Amazonas. Ellos sí gozaron. Ellos sí vieron los delfines rosados que saltan gráciles entre las aguas pardas del Tarapoto. Ellos sí viajaron a la estratosfera en alas del yagé. Ellos sí se pintaron el cuerpo con el tinte del huito.
Poco a poco nos elevamos sobre la selva, la cual se va extendiendo en la distancia, haciéndose más verde y más infinita. El río serpentea con aguas plateadas, el trazo firme de la firma de Dios. Alcanzo a divisar algunas pequeñas quemas. Son campesinos que saldan sus chacras de yuca brava y maíz. Es apenas en ese momento, entre los siete colores de un súbito arco iris, la bruma, los árboles y la corriente de agua, que lo entiendo todo. El norte es un espejismo. Todos somos el sur.

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