Desde hacía días veníamos diciéndole al patrón que cambiara el motor de la pulidora, porque estaba muy viejo, pero nada que nos hacía caso. En el taller fabricábamos y reparábamos muebles. Yo estaba trabajándole a una silla cuando la lija se salió del rotor y me pegó en los ojos. Quedé privado. 


Cuando me desperté estaba en la clínica, no veía nada, tenía los ojos vendados. Los doctores no podían decirme nada porque tenían que esperar la cicatrización. En la clínica me prendían el radio para pasar el tiempo, o simplemente me ponía a oír lo que pasaba con los enfermos vecinos. No me dolía físicamente, pero estaba muy nervioso con los resultados de la cicatrización. Como a los ocho días del accidente me quitaron las vendas y podía ver apenas una lucecita por un ojo, de resto, nada. A mí se me vino el mundo encima. Definitivamente no iba a volver a ver. Imagínese, yo tenía 19 años y el resto de la vida lo iba a pasar ciego. Eso es un golpe tremendo. A mí me dio mal genio, rabia, frustración. Me volví intratable, vivía amargado con la vida. Duré como diez días en la clínica, y allá llegó el dueño del taller y me ofreció cien mil pesos. En serio, cien mil, era de no creer. No teníamos riesgos profesionales, tuve que hacer todo con la EPS. 


En la casa yo no quería hacer nada. Vivía con mi novia, ella intentaba tenerme paciencia, pero al final, como a los dos meses, me dejó. Yo no la culpo, estaba aburrida atendiendo a alguien que no quería vivir.


Tampoco quería ayuda de mi familia ni de mis amigos. Aunque pocos fueron los que aparecieron esos primeros días que estuve en la casa, por no decir ninguno. Pero en esos días aprendí a orientarme. Cada vez me chocaba menos con las sillas y las otras cosas. Al día siguiente de que mi novia se fuera salí a la calle, fui a la tienda a comprar unos panes. Habían pasado tres semanas desde el accidente y como que la rabia con el mundo se me estaba empezando a pasar. Ni modo, me tocaba seguir adelante. 


En la calle me sentí muy desorientado, pero iba dando pasito a pasito. Las aceras en Bogotá no están hechas para personas ciegas. Creo que en ninguna parte de Colombia. Cada hueco, cada resalto, cada piedra en la acera es un obstáculo muy grande. Pero llegué a la tienda y me devolví para mi casa, ya más seguro. Eso fue un impulso tremendo para mí, porque me di cuenta de que era capaz de hacer cosas sin ayuda.


Después de un tiempo volví a la casa con mis papás. Allá les decía a ellos que me cuadraran la ropa, que me pusieran de tal manera las medias, las camisetas por colores. Hice esfuerzos muy grandes por hacer las cosas solo: vestirme, comer, moverme por la casa. Cada día iba aprendiendo a orientarme. Pero me pasaban también cosas malucas, como no encontrar el reloj, o un zapato, o no saber qué estaba comiendo hasta que me lo metía a la boca. 


Una persona invidente tiene que tener muy buena memoria, y yo la iba desarrollando con los días. También tiene que establecer rutinas muy precisas, para saber dónde están sus cosas, dónde pone siempre el reloj, dónde están las monedas de 100, las de 200, y así. 


Cuando llegué al Crac, Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos, yo ya sabía orientarme bien en el barrio y me arriesgué a venirme en bus la primera vez. Iba tanteando, preguntando, y la gente en la calle se portó muy bien conmigo. 


Acá le enseñan a uno a manejar el bastón, que es una ayuda invaluable para una persona en mi condición. Cuando uno lo maneja bien, que no es tan fácil, puede moverse con mucha autonomía. Nos enseñan a preparar comida, a identificar los olores y los ingredientes. Nos insisten en que tengamos rutinas muy precisas para todo. 


Cien días después de mi accidente yo ya sabía cocinar, bañarme, arreglarme la ropa, sabía exactamente lo que tenía que pagar en el bus, caminar por cualquier parte. Ha sido duro, pero he aprendido a ser independiente. Y no saben lo importante que eso es para un invidente.

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