Si todavía no creemos que la paranoia es nuestro estado natural y que vivimos atrapados por las fobias, entonces prendamos la computadora y espiemos, en Internet, la siguiente dirección: www.phobialist.com Veamos, ahí, en esa página, columnas y columnas de temores patológicos. No los contemos: dicen que hay quinientos y un poco más y eso nos basta. Más bien pensemos en un objeto cualquiera. O mejor: miremos a los lados y concentrémonos en un teléfono, en una caneca, en un color, en una textura, en un paisaje, en un libro, en una palabra, en una prenda de vestir, en una nube que llegue a la ventana, en lo que sea. Miremos bien ese objeto. Una y otra vez. ¿Para qué? ¿Por qué? Porque en algún lugar del mundo, ahora, hay alguien que siente la muerte cuando se lo encuentra.

Eso es una fobia: un miedo mórbido, un horror que puede conducir a la muerte, un temor angustioso y obsesionante, una enconada aversión a algo, a cualquier cosa o experiencia, que se manifiesta por medio de taquicardias, náuseas, espasmos, sudores fríos y ataques nerviosos. El vértigo, que casi mata a un personaje de Alfred Hitchcock, y la claustrofobia, que le resolvió un caso policíaco a uno de Woody Allen, son sólo la punta del iceberg; los temores más populares, y la verdad es que para muchas personas —de verdad muchas: según Time hay 50 millones sólo en Estados Unidos— el día, como un juego electrónico, está lleno de trampas y plagado de enemigos.

Para comenzar, hay quienes le tienen terror a levantarse y ver la luz del día: sufren de eosofobia. Algunos, desde las cinco y media de la mañana, medio dormidos, medio despiertos, esperan con horror, o con acusticofobia, el rencoroso timbre del reloj despertador. Otros le temen a bañarse: padecen ablutofobia. Y mientras unos más salen del baño y miran el reloj con pavor, con cronometrofobia, hay uno o dos o mil que, dominados por la electrofobia, le tienen pánico a las afeitadoras, las licuadoras y las lámparas y piensan que, en cualquier momento, como monstruos siniestros y traicioneros, los interruptores van a estallarles encima. Y, cuando llega el almuerzo, ¿qué pasa con la iofobia o miedo a los venenos?, ¿y con el pánico a vomitar o emetofobia?, ¿y con la cibofobia o miedo a la comida? Y, por la noche, cuando el mugre está dispuesto a invadirnos, ¿qué pasa con la koniofobia, la misofobia y la mixofobia?

En fin. Hay tantas fobias como personas. Todo puede aterrorizar. Si uno quiere.

El paraíso de las fobias

Las fobias vinieron al mundo con el hombre, pero se desarrollaron y proliferaron, según parece, con la aparición, a finales del siglo XIX, de la ciudad moderna. Las ciudades, tal como las conocemos, con sus redes secretas, sus edificaciones y sus sombras, son el paraíso de las fobias. En los poemas en prosa de Charles Baudelaire y en La temporada en el Infierno de Arthur Rimbaud, en los pequeños cuentos de Anton Chejov y en las novelas realistas de Víctor Hugo, Honorato de Balzac y Fedor Dostoievski, puede comenzar a apreciarse, sin ningún problema, que el hombre moderno, que ya no vive entre Dios y el diablo, ni cree ciegamente en las jerarquías de la tierra y el cielo, ha empezado a sentir la paranoia del ciudadano, el temor de quien va por las calles y sospecha que cualquiera —el mendigo, el banquero, la ancianita— podrían agredirlo en cualquier momento.

Miedo a los espacios abiertos o agorafobia, miedo a cruzar la calle o agirofobia, miedo a los feos o cacofobia, miedo a los extraños o xenofobia, miedo a la gente de afuera o enoclofobia. Pánico a ser tocado, a los accidentes, al camino. Que levante la mano el que no le tema a las esquinas: el hombre de la ciudad sabe que el mundo se le escapa de las manos y ve cómo, de un momento para otro, los carros toman posesión de las calles. Entonces, mientras Franz Kafka narra que un hombre amanece convertido en insecto y que otro es juzgado por un régimen que no alcanza a entender, nacen los miedos a los vehículos, a los carros y a los viajes en aparatos sobre ruedas. O bueno: nacen la motorfobia, la amaxofobia y la ochofobia.

En el siglo XXI, el siglo del dinero, las bombas y las cámaras, las máquinas, la contaminación y la violencia aumentarán con la población, y las fobias, por consiguiente, se multiplicarán como una plaga. Entre más gente, más miedos. Entre más deshumanización y más tecnologías, más temores. A finales del siglo, por ejemplo, nacerá el pánico ante los televisores, las computadoras y los teléfonos. La mecanofobia, síntesis de esas aversiones, resultará en temores a los disquetes, los e–mails y los virus, e inspirará novelas de William Burroughs, Ray Bradbury y Aldous Houxley y películas de David Cronenberg, David Lynch y Stanley Kubrick.

El capitalismo creará la ergofobia o el horror ante el trabajo y engendrará, de paso, a ese nuevo tipo de ser humano que Woody Allen encarnó en sus primeras películas y Paul Simon narró en dos de sus mejores canciones: un tipo acosado por sus fantasmas, un neurótico dispuesto a aislarse para protegerse del mundo, un hombre cuyo principal enemigo es su terror patológico a ser una persona. Así somos nosotros.

Guía–fobias

Según los siquiatras, se puede temer de tres maneras: cuando se padece a los demás, cuando se le tiene horror a estar vivo ahí en ese momento y cuando se siente que los animales, la naturaleza, los dolores o ciertas situaciones van a caernos encima. El miedo a los otros, o paranoia, es, quizás, el más común de los temores y puede resultar, después de un tiempo, en esquizofrenia o en la necesidad, frente al pánico, de dividirse en varias personalidades. Louis Wolfson, el escritor de El esquizofrénico y los lenguajes, le temía a su propia madre y, para escapar de ella, aprendió siete idiomas hasta que, desesperado porque ella los estudiaba para hablarle, decidió inventarse su propia lengua.

Pero otro miedo, que ha comenzado a tomar forma en los últimos años, es el miedo a estar vivo. ‘Raquel’, una mujer de 55 años, que ha tenido una vida normal y jamás ha sufrido un accidente, recientemente ha comenzado a experimentar ataques de pánico en centros comerciales: “me paro ahí, entre toda la gente, y comienza a faltarme el aire y me pongo blanca y creo que voy a morirme”. Su hijo, ‘Juan’, asegura que “es impresionante verla así: le da por poner los ojos en blanco, tirita de frío y arranca a rezarle a la Virgen y toca darle oxígeno ahí mismo”. ‘Raquel’ vivió un ataque de pánico por primera vez en la Navidad del año pasado. Ahora cargan una bala de oxígeno por si acaso. Ningún siquiatra les ha podido explicar bien el problema. Le han diagnosticado, eso sí, que sufre de pánico. Y le han dicho que muchos seres humanos sufren lo mismo.

Oliver Sacks, el famoso siquiatra que inspiró la película Despertares, se ha pasado la vida recopilando casos extremos de la mente humana. Las fobias, según su opinión, son imágenes que se quedan atrapadas en el cerebro después de un accidente, una experiencia traumática o un aprendizaje forzoso del dolor. Pero hay quienes creen firmemente que las fobias se transmiten genéticamente y que ciertas sensibilidades son totalmente vulnerables a caer en el pánico.

Es el caso de la familia ‘Obregón’: ‘Tomás’, el padre, entraba a la cocina y, cuando veía un cuchillo, les gritaba a sus dos hijas, completamente trastornado, “en esta casa va a ocurrir un crimen”. Era horrible, pero ‘Rebeca’, de 8 años, jamás pudo enfrentarse a los objetos filudos. Y bueno: a los 30, después de luchar contra la enfermedad, tuvo que ser encerrada en una casa de reposo. ‘Lucía’, de 7, en cambio, es capaz de hacer chistes con el tema: “mi papá no sabía lo que hacía: el doctor nos ha dicho que tal vez todo comenzó porque, cuando era un niño, vio morir apuñalado a un empleado de la finca”.

Como puede verse, no sólo se le teme a los demás y a la nada: también hay fobias específicas. Hay quienes gritan cuando ven algún tipo de insecto y quienes se paralizan ante la presencia de una vaca. Hay algunos que salen a la calle y convulsionan ante la presencia de las nubes y otros que no soportan un color, un país, un sonido, un olor, una herramienta, una fruta o una flor. Increíble, pero cierto. No sólo los vampiros ven un ajo y pierden los estribos. Por ahí, sueltos, hay muchos más que se enloquecen cuando ven un diente del venerado condimento.

Días de terror

¿El trago?, ¿la droga?, ¿el juego?, ¿los niños?, ¿las ranas?, ¿el cine porno?, ¿el sexo?, ¿los condones?, ¿las mujeres?, ¿el Papa?, ¿los payasos?, ¿la desnudez?, ¿las suegras?, ¿Inglaterra?, ¿el maní?, ¿la cama?, ¿el asiento?, ¿equis, ye o zeta?

Podemos encontrar a alguien, en este momento, que les tenga un terror insuperable. Y después, en el directorio telefónico, podemos descubrir terapeutas que, por medio de complejos tratamientos siquiátricos —que incluyen experimentos con realidades virtuales, menos Platón y mucho, pero mucho más Prozac, regresiones y puestas en escena de los miedos— se han vuelto capaces de curarlos para siempre.

¿Cuál es la clave para superar una fobia? Habituarse a ella. Los siquiatras aconsejan revivirla, experimentarla y dominarla para convertirla en un miedo común y corriente. Es decir: es normal sentirse un poco asustado cuando se camina por un inestable puente peatonal, pero no está bien arrodillarse a llorar y a hacer pataletas y a gritar “vamos a morirnos”. En ese momento, es bueno considerar la posibilidad de ir al puesto de siquiatría más cercano.

Hoy, en el siglo XXI, que hasta ahora parece ser el de la decadencia de lo moderno, los procesos se aceleran, las máquinas se vuelven más sofisticadas, y las comunicaciones cercan a las personas como una red de pescadores, y entonces el mundo, dicen, se convierte en un enemigo que puede hacernos daño. Pero no. Ya que hemos tomado la decisión de entrar a www.phobialist.com, hagamos clic en su efectivo apartado de tratamientos. Y reconozcamos, en esa extraña página de Internet, que el único enemigo es uno mismo y que la única solución, al final del día, es la de no tomarse tan en serio.

Dicen que, para completar el cuadro, puede haber alguien que le tenga fobia a las fobias. Así es. Puede existir un tipo que sufra de fobiafobia. Uno que le tenga miedo al miedo. Ese es, quizás, el único temor que tiene sentido: “a lo único que debemos temerle — decía Franklin Delano Roosevelt— es al temor mismo: a ese terror sin nombre, irracional e injustificado que paraliza y convierte los avances en retrocesos”.

Así que apaguemos la computadora, encojamos los hombros, pensemos menos y riámonos de nuestra propia paranoia. Si el mejor miedo es el miedo al miedo, el peor es el miedo a la risa. O, si se prefiere, y para terminar, la geliofobia.

Fobias

Ablutofobia: …a darse un baño.

Acarofobia: …a la rasquiña.

Agorafobia: …a los espacios abiertos.

Agirofobia: …a cruzar la calle.

Agliofobia: …al dolor.

Aicmofobia: …a las agujas y otros sujetos puntiagudos.

Ailurofobia: …a los gatos.

Amaxofobia: …a montar en carro.

Ambulofobia: …a caminar.

Androfobia: …a los hombres.

Anglofobia: …a los británicos.

Anuptafobia: …a quedarse soltero.

Aracnofobia: …a las arañas.

Aritmofobia: …a los números.

Atelofobia: …a la imperfección.

Aviofobia: …a volar.

Balistofobia: …a las balas o los misiles.

Bibliofobia: …a los libros.

Cacofobia: …a la fealdad.

Ceraunofobia: …al trueno.

Cainofobia: …a la novedad.

Carnofobia: …a la carne.

Coulrofobia: …a los payasos.

Decidofobia: …a tomar decisiones.

Dentofobia: …a los dentistas.

Eclesiofobia: …a la Iglesia.

Eleuterofobia: …a la libertad.

Equinofobia: …a los caballos.

Erotofobia: …al amor sexual.

Eurotofobia: …a los genitales femeninos.

Filofobia: …a enamorarse.

Frigofobia: …al frío.

Gamofobia: …al matrimonio.

Geliofobia: …a la risa.

Haparxofobia: …a ser asaltado.

Hemofobia: …a la sangre.

Hioegiafobia: …a la responsabilidad.

Itifalofobia: …a la erección.

Katagelofobia: …al ridículo.

Lacanofobia: …a los vegetales.

Liticafobia: …a las demandas.

Logofobia: …a las palabras.

Melofobia: …a la música.

Menofobia: …a la menstruación.

Noctifobia: … a la noche.

Papafobia: …al Papa.

Plutofobia: …a la riqueza.

Tecnofobia: …a la tecnología.

Venustrafobia: …a las mujeres hermosas.

Zelofobia: …a los celos.

Nuevas fobias

Amanerifobia: ...a los tipos más delicados que su novia.

Bagrefobia: …a las amigas ‘querídisimas’ de las novias de sus amigos.

Burbufobia: …al personaje de camisa desabotonada de cuya Toyota emanan vallenatos a todo volumen.

Coelofobia: …a los libros de autosuperación.

Chillifobia: …a todos los sonidos espeluznantes como la uña en el tablero o el tenedor sobre un plato de porcelana.

Divifobia: …a los mejores amigos de su novia que por lo general son “divinos”.

Fantofobia: …a los personajes que entre menos saben más hablan.

Gatofobia: …a los tipos con ropa tres tallas menos.

Histerifobia: …a las mujeres celosas y complicadas.

Idiofobia: …a los tipos que están con la vieja que le gusta a uno.

Lobofobia: …a las mujeres que digan bolso, labial o rímel.

Mamertofobia: …a los personajes de mochila que piensan que mientras más desaliñado más sabio se es.

Pinguifobia: …a utilizar corbata todos los días.

Pupifobia: …a los french poodles o cualquier otra raza de perro que se deje patear.

¿Fóbico o Cansón?

Las fobias pueden ser algo muy confuso. Además de manifestarse tanto física como sicológicamente, el límite entre el simple ‘gadejo’ y una verdadera fobia no siempre es tan claro. Las siguientes preguntas le ayudarán a averiguar si usted tiene un verdadero problema o si simplemente sufre de un prematuro ataque de ‘chochera’. Conteste sí o no:

* ¿Situaciones como volar o estar en un lugar público que carece de salida causan en usted un miedo persistente y excesivo?

* ¿El sólo hecho de pensar en algunos objetos o animales lo trastorna al punto de no dejarlo dormir por la noche?

* Cuando usted piensa en una confrontación con el objeto o situación de su miedo, los síntomas experimentados incluyen aceleramiento del ritmo cardiaco, temblores, falta de aliento o la sensación de estar al borde de la muerte o la locura?

* ¿A pesar de ser consciente de la imposibilidad de abrirlas, a la hora de volar usted siempre busca hacerse en el puesto de la ventana?

* ¿Teme que la gente lo vea temblando o sonrojándose o mostrando ansiedad en algunas situaciones que se salen de su control?

* Su agrupación favorita de rock en español era mexicana y cantaba temas como “revolución sin manos”, “el crucifijo” o “la miel del escorpión”?

* ¿Antes de elegir ir al cine, a un centro comercial o a un restaurante, usted se asegura de que no haya posibilidad alguna de quedar en ridículo?

* ¿Con tal de no volar o no ver el animal de sus pesadillas, usted es capaz de cambiar el destino de unas vacaciones de ensueño?

* ¿Traza meticulosas estrategias de exagerada elaboración para evitar el objeto o situación a la que teme?

* ¿Ha sido capaz de acostarse con la vieja más fea de la fiesta con tal de no dormir solo en una finca en la que había arañas?

* ¿Cuándo vio Mejor imposible nunca entendió por qué la gente se escandalizaba ante el personaje interpretado por Jack Nicholson que a usted le pareció de lo más normal?

* ¿El miedo a ser humillado socialmente o a que lo juzguen los demás es tal que a pesar de vivir frente a un supermercado gigantesco usted ‘prefiere’ hacer mercado en el Starmart a las tres de la mañana?

Si usted contestó afirmativamente a más de la mitad de esta preguntas usted tiene serios problemas y debe acudir a un especialista en búsqueda de tratamiento, a menos de que usted le tenga fobia —como nosotros— a todos los especialistas.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

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