El primer mandamiento de Juan José Rodríguez: los perros comen primero que él. Los baña, sagradamente, una vez al mes. Solo tiene a sus perros y vive para ellos.
Todas las mañanas él baja de los cerros rodeado de su jauría. Tiene una barba larga y un pelo esponjoso que no deja de peinarse; los ojos negros, diminutos, le regalan cierto aire de ternura. Cuando él para, los perros paran; cuando avanza, lo siguen. Al llegar a la once con 97 o al Carulla de la 90, los acuesta en fila entre los vendedores ambulantes, y ahí se quedan quietos, en silencio, esperando todo el día por una moneda. Los comerciantes y los vecinos del sector lo reconocen. Nadie sabe su nombre, ni de dónde viene, pero ya hace parte del inventario. Se han acostumbrado a llamarle 'El señor de los perros', y saben que todos los días, en algún momento tiene que aparecer.
Yo lo encontré por la mañana, sentado como niño turco, dándole la espalda al tráfico para ver a sus perros. Muy amable, muy decente, se puso a hablar conmigo de su vida.
Se llama Juan José Rodríguez. Nació en 1958, en una familia humilde de Bucaramanga. Habla muy poco de su infancia, pero el caso es que un día, a los 16 años, decidió probar mejor suerte en otra vida. Lo dejó todo -su familia, sus amigos- y sin ninguna cosa entre las manos se montó en un Copetrán que lo trajo a Bogotá: una ciudad gigantesca que desconocía. Desde un hotel en el centro empezó a buscar trabajo, pero nunca encontró uno. La nueva vida carecía de suerte, y lo llevó poco a poco más al sur, viviendo cada vez en peores condiciones. Hasta que seis meses después se encontró en la calle, pidiendo limosna frente a la iglesia de Santa Margarita en Kennedy.
Ahí fue cuando se hizo amigo de los perros. Cuando él, en su soledad, los alimentaba, mientras ellos a cambio lo defendían. Fue recogiendo todos los que encontraba, hasta que un día contó treinta cachorros a su lado. Al cabo de cinco años descubrió un lugar perfecto para vivir entre los cerros de la cien. Y desde entonces cuidó los carros de la 97 con once, hasta que el progreso y los andenes lo obligaron a mendigar.
"Cuando ya tengo demasiados perros, los regalo", dice. "La gente me los pide y yo se los doy porque no los puedo mantener". En este momento tiene 16. No tiene amigos ni novia. Tampoco consume droga. Y está tratando de dejar el trago. Sólo tiene a sus perros y vive para ellos, como si su destino hubiera sido solo ese.
Siempre recoge sus desechos, los baña cada mes y les compra productos de belleza. "Primero comen ellos. Yo después me las arreglo", dice. Sabe que no habría sobrevivido de no ser por los vecinos del sector. Gracias a ellos consigue concentrado para sus perros, les compra veneno para pulgas y los vacuna en las jornadas de la alcaldía. Todavía se lamenta del perro que le dejaron morir en la Asociación Defensora de Animales por no poder pagar los $20.000 que le exigían de consulta; y confiesa que aún llora por Max, el perro que más quiso, que lo acompañó por más de diez años y que hace dos se le murió de moquillo.
Cuando le pregunté por su familia me dijo que no le gustaba hablar de eso, que nunca volvió a saber de ellos y que tampoco le interesa. "Acá y en Bucaramanga hay gente mala; pero aquí también hay gente buena. Por eso nunca me devolví".
El mes pasado dos vecinas del sector le hicieron quitar su última perra, Nieve, y los cuatro cachorros que acababa de tener. "Eso estuvo bien", dice Cecilia Corredor, otra vecina. "Esos animales se merecen una mejor vida".
Ahora viene menos a la once para no perder más perros. "Esta fue la vida que me tocó y ya no voy cambiar", me dice. Sus ojos diminutos se humedecen cuando trata de explicarme, pensativo, qué le pasaría si se los quitaran. Cuando me despido, él está como lo encontré: sentado, contemplando sus perros en silencio, mientras consiente dos cachorros diminutos que se acaba de encontrar.

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