Desde lo lejos del trancón, en el semáforo del aristocrático barrio bogotano de Santa Ana, se les puede ver parados uno sobre otro, como un gigante de seis brazos que hace saltar sus naranjas de una mano a otra, en su propio circo callejero. Se erigen frente a los carros con el único fin de ganar algunos pesos. Dejan a todo el mundo maravillado con su show sin precedentes. Haciendo malabares andaban cuando me les acerqué a hablarles; así me contaron su vida, entre luz verde y luz verde, mientras seguían sin descanso su trabajo.
Lo que la gente no sabe es que no siempre son los mismos. Que hacen parte de un grupo de amigos del distrito de Aguablanca, en Cali, que aprendieron a hacer malabarismo por su cuenta, y que cada cierto tiempo vienen de tres en tres, a veces unos, a veces otros, y hacen su espectáculo sin que nadie en esta ciudad de blancos note la diferencia.
Los tres que entrevisté no fueron los pioneros, pero, según ellos, son al menos los mejores: saben hacer su número con espadas y con fuego, y logran hacerlo durante quince minutos seguidos, parados uno sobre otro, sin llegar a cansarse. Se llaman, de arriba a abajo, David Giovanny Caicedo, Christopher David Estupiñán y Edwing Angulo. Todos vienen de Aguablanca y tienen 14, 17 y 18 años. En 2004 acordaron venir más tiempo de lo normal, y en vez de las dos semanas habituales, ya llevan más de seis meses en Bogotá. Están viviendo en un hotel en la Caracas con 17. Ya han conseguido novias y una buena cantidad de dinero. "Lo que pasa es que a nosotros nos gusta viajar", dice Christopher mirando el semáforo. "Antes de que alguno de los del grupo llegara a Bogotá, nosotros ya habíamos ido a Ibagué, a Tuluá y al Eje Cafetero".
Al comienzo la capital no los quiso recibir: la gente fue hostil con ellos y trataron de estafarlos varias veces. Pero poco a poco se ganaron su puesto en la calle a pulso, haciéndose respetar con firmeza. "Ahora somos nosotros los que decidimos quién trabaja en el semáforo y quién no", dice Edwing. "Nosotros somos los que tenemos el poder".
Gracias a su número, los invitaron una vez a trabajar en un circo ruso. Pero no duraron ni un día, porque no les gustó que les dieran órdenes. Por eso prefieren la calle, con la ventaja de que allí consiguen más dinero.
La séptima con 109 no es el único sitio donde trabajan. También lo hacen en otras partes de la capital: en la 116 con 15, en la Esperanza, la Fiscalía y la 100 con 44. Trabajan entre dos y tres horas diarias sin parar, y en cada jornada levantan alrededor de trescientos mil pesos. Los mejores días son los sábados, y el resto del día se la pasan tomándose fotos, jugando fútbol o durmiendo. Todos quieren ser futbolistas, y solo esperan que en algún momento alguien los descubra.
Cada millón que reúnen lo mandan a sus familias en Cali, dividiéndolo en partes iguales para cada una de las madres. "Ellas prefieren que nos quedemos acá", dice Christopher. "En Aguablanca hay mucho plomo entre las pandillas y ellas prefieren que estemos lejos, mandando plata, en vez de que nos maten por allá".
Ahora están ahorrando para terminar el bachillerato. A todos les faltan más de dos años para graduarse, pero el que más les preocupa es David Giovanny, el pequeño. "No nos gusta que crean que somos pobres", dice Edwing. "Nosotros simplemente queremos progresar, ya sea estudiando, jugando fútbol o parados uno encima del otro".
Cuando terminaron, al mediodía, se cambiaron de ropa y quedaron impecables. Se iban a almorzar y luego a jugar fútbol en algún parque. Con algo de suerte, tal vez alguien los descubra. Total, eso fue lo que vinieron a hacer en Bogotá. Solo que por ahora les ha tocado sobrevivir con un poco de altura.

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