La niña duerme plácida mientras su abuelo la mira con ternura y le acaricia con delicadeza la cara con el dorso de la mano y algunos dedos. Tiene tres meses y su piel, muy blanca y tersa, no ha sufrido los rigores del inclemente sol del Putumayo. La de la cara y los brazos de él, en cambio, está renegrida por la exposición constante a este. Ambos descansan atravesados sobre una cama delgada, pegada a la pared, que ocupa la mitad del espacio de la habitación rectangular en la que el hombre, de 31 años, vive con su mujer.

El bochorno del mediodía hace que la niña, con muchas prendas encima, se agite y ruborice de calor. Antes de que llore, su abuela llega a auxiliarla y cesa su revoloteo entre la tienda, un pedazo del cuarto acondicionado con estantes con víveres y uno que otro producto de aseo al lado de la puerta que da a la calle, y la cocina, al fondo, donde le prepara el almuerzo a su marido. Por esta pieza la pareja paga 80.000 pesos mensuales de arriendo. En otra, de la misma vivienda, vive su hija, de 15 años, con el papá de la niña.

La escena tiene lugar en un pequeño poblado, de calles polvorientas, pocas casas y habitantes. Una franja de tierra situada entre la carretera y el Putumayo, el río del que toma su nombre este departamento del sur del país. La población hace parte de Puerto Asís, el municipio más grande y próspero de esta región fronteriza con Ecuador.

El joven abuelo se identifica como Víctor. Este no es su verdadero nombre. Prefiere no decirlo para evitarse problemas porque él, como la mayoría de sus amigos, vecinos y conocidos, se dedica a “raspar”, a cosechar hoja de coca. Es un raspachín: un jornalero que subsiste con la recolección de un producto ilegal. “Los raspachines somos personas comunes y corrientes que todo el tiempo tenemos que salir a cosechar porque en el Putumayo no hay nada más que hacer. Esta es una región muy olvidada. Yo no tengo tierra, no tengo cultivos, no tengo nada. Vivo solamente del que me diga: ‘Venga, ayúdeme a cosechar’”, dice Víctor, con resignación, sentado en una panga volteada en un recodo del río.

Esta es la única vida que él ha conocido. Su familia es oriunda de Nariño y, como tantas otras, llegó al Putumayo en busca de fortuna. A los 10 años, se fue a buscar a su mamá al corregimiento de Piñuña Negra, más al sur, y allá comenzó a raspar con ella para poder sostener a sus dos hermanos menores. Fue el único de los tres que se dedicó a esta actividad. “A mí me tocó. Si hubiera tenido la oportunidad, me hubiera gustado terminar de estudiar —hice solo hasta tercero de primaria— y aspirar a algo. La verdad, uno así de jornalero todo el tiempo vive mal. Es una vida dura. Uno tiene que madrugar, estar mojado, muchas veces le da a uno rasquiña por los venenos, le salen manchas. Pero toca hacerle porque no hay nada más”. En una época tuvo su propia finca cocalera en el corregimiento de Piñuña Blanca, de Puerto Asís para abajo, a tres horas por río y entrando por un caño. Pero se la quitaron, no dice quién, y le tocó salir desplazado.

El Censo de Cultivos 2013, elaborado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, reveló que en Nariño, Norte de Santander y Putumayo se concentra más de la mitad de los cultivos de coca del país. En este último departamento, según el informe, existían 7667 hectáreas, y casi la tercera parte se encontraba en el territorio de Puerto Asís. Y como las haciendas extensas plantadas de coca desaparecieron, porque eran un blanco demasiado fácil para los aviones de fumigación, ahora lo que hay son pequeños terrenos sembrados, dispersos, disimulados entre la vegetación selvática, que desde el aire semejan manchas de una enfermedad en la piel. “Uno cosecha una semana en una parte, otra semana en otra y así sucesivamente. Raspar es lo más seguro porque se cosecha todo el año”, cuenta Víctor mirando el río que serpentea en la ribera del pueblo. Las autoridades estiman que, en condiciones ideales y dependiendo de la variedad de coca, se pueden dar seis cosechas al año.

Antes raspaba con su mujer. Pero un 28 de diciembre, hace unos cinco años, tuvieron un accidente en el Cauca. Estaban cosechando en una pendiente y fueron arrollados por una caneca llena de hoja que se rodó de un laboratorio de procesamiento situado más arriba. A él le partió el lado derecho de la cabeza. Estuvo incapacitado cuatro meses y le quedó una cicatriz que ahora no se ve porque se la tapa el pelo. A ella le afectó la clavícula y la sacó para siempre de los cocales. Desde entonces no quiso saber nada más de ese tema y se dedicó a las labores del hogar. Madruga a diario para hacer el desayuno que Víctor lleva al cultivo.

El raspachín sale muy temprano, más o menos hacia las 5:00 de la mañana, y se embarca en uno de los botes que lo llevan a él y a sus compañeros por el río hasta la plantación de turno. Aunque la zona es una de las más militarizadas del país (en el camino hasta el pueblo se cuentan hasta tres retenes de policía o ejército frente a sus respectivas estaciones o bases), los jornaleros se mueven con facilidad por la red fluvial o por las trochas del área.

Al llegar, tipo 6:30 de la mañana, Víctor desayuna lo que le mandó su esposa. “Arroz, huevito frito, carne, depende de lo que haiga (sic)”. Con el estómago lleno se pone manos a la obra. Todo es muy informal. El ‘uniforme’ con el que trabaja es la misma ropa que tiene puesta en ese momento: una camiseta descolorida y raída, jeans y botas de caucho altas, que le llegan casi hasta la rodilla.

Víctor es moreno, de mediana estatura, delgado, tiene pelo ensortijado, entradas prominentes en la frente y bigote. Lo más sobresaliente de su figura son los brazos y las manos. Los primeros son nervudos. Las segundas, robustas, tienen callos en las comisuras de las falanges de los dedos y las palmas están recubiertas por una pátina negruzca. “La hoja y el palo botan una mancha, por eso uno mantiene los dedos negros”, explica.

Algunos de sus compañeros, para protegerse y jalar más duro la mata, sacan tiras de toldillo (el material con el que se hacen los mosquiteros) se las envuelven en el pulgar y el índice y las amarran a la muñeca. “Es para que no les salgan ampollas. Al comienzo salen, se pelan las manos, se parten los dedos, pero uno ya con el tiempo le va cogiendo el hilo. Yo cojo sin tiras, no me amarro nada porque yo tengo las manos domadas, ya tengo callos y eso hace que no se le dañen las manos a uno”, cuenta el raspachín.

Lo cierto es que por el uso y el abuso de sus palmas desaparecieron las líneas delgadas. Solo quedaron, muy marcadas, las tres principales, las más gruesas: la de la vida, la del corazón y la de la cabeza. Vistas de lejos forman una M mayúscula, la primera letra de la palabra mancha.

La hoja negra es la señal de que la mata de coca está lista, después de seis u ocho meses, para su recolección. Este proceso es mecánico. “Usted llega al cultivo, le changa la mata, o sea, le pasa el pie por encima a una mata, la mete aquí, entre las piernas, y ahí jala la hoja, que se va echando en un tejido grande de estopa que se mete debajo de la mata”. Un tajo de palos cargados de hoja es el sueño de todo raspachín. Los que raspan con toda la mano pueden pelar una planta en solo cuatro pasadas, les rinde más. Pueden recoger entre 25 y 30 arrobas en una mañana.

Pese a sus dos décadas de experiencia, Víctor no es de estos. “Los normales cogemos solo con dos dedos. Lo máximo que yo he cogido hasta mediodía son 150 kilos, eso son 12 arrobas”. Por estas le pagan 60.000 pesos, 5000 por cada arroba. Dependiendo de la demanda de mano de obra y de lo constante que sea, se puede ganar entre 180.000 y 300.000 pesos semanales. Es decir, entre uno y dos sueldos mínimos. “Lo que uno coge es exclusivamente para la comida y para pagar lo que debe y queda en las mismas”. Los raspachines son la base de la pirámide de la producción de cocaína y como tales, los que menos dinero reciben, puras chichiguas, en el millonario negocio del narcotráfico.

Esta población flotante, de la que se desconoce su número exacto, es el eslabón más débil de la cadena. Para ellos no existen administradoras de riesgos profesionales ni planes de salud. Los peligros que corren los jornaleros en las parcelas de coca, por el entorno selvático en el que se encuentran, se incrementan por la informalidad y clandestinidad del trabajo que realizan. “Al raspar, uno tiene que estar pendiente. De todo se encuentra. Uno puede encontrar arañas, avispas, culebras. A mí me salió una en una mata. No me picó, no más me ‘juetió’ aquí, en el pecho. ¡Pran! Me dio durísimo. Ahora es poco común porque con los venenos corren los animales”, cuenta Víctor refiriéndose a los productos con que fumigan manualmente para combatir las plagas que se comen las hojas o secan las plantas.

La otra ‘plaga’ de los cultivos, desde el punto vista de los sembradores, son las aspersiones que realizan las autoridades para erradicarlos. El año pasado, según el Censo de Cultivos 2013, elaborado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, fueron asperjadas 5784 hectáreas en el Putumayo. A Víctor no le ha caído esta lluvia química, pero sí conoce raspachines a los que han rociado. Mientras camina por las calles vacías del poblado en el que vive cuenta lo que ha visto. “Yo he mirado (sic) a algunas personas que les ha caído la fumigación. Eso es dañino. Les brota la piel, les salen manchas. La mata también se afecta. Algunas se mueren. Después de la fumigación, los dueños la lavan con agua de panela o la cortan, la zoquean”.

La jornada del raspachín termina a mediodía. A esa hora llegan los compradores de hoja fresca, intermediarios o acopiadores, que se la llevan para vendérsela luego a los laboratorios donde la procesan. Mientras se lleva a cabo la transacción, Víctor y los demás jornaleros se van a los botes que los llevan de regreso al pueblo. El almuerzo corre por cuenta de cada cual. “Llego a la casa a descansar. No hago nada más”, dice mientras consiente a su nieta con delicadeza y sueña despierto para ella una vida diferente a la rutina de subsistencia a la que él le ha tocado echar mano o manos, en sentido literal.

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