Estoy en una habitación parado frente a la puerta de otra habitación. La puerta está cerrada y yo debo abrirla. Hasta ahí todo es raro pero está bien. Hasta ahí no es nada malo. De pronto el temor, un presentimiento oscuro que destruye esa calma chicha. ¿Por qué debo abrir la puerta? Es un castigo, lo sé, tiene que ver con mis pecados. Debo abrirla ya o va a ser peor. La abro. La oscuridad es profunda. El silencio dudoso. Tengo que pasar por esa oscuridad, eso es seguro aunque no sé la razón. Tengo que pasar, la luz está del otro lado. Y los chillidos, agudos, perversos, sucios, anuncian lo que no quiero ver, lo que más temo. Y la glotis se cierra y la cabeza explota y el sudor, helado de nieve negra, corre por las sienes y la espalda, baja por el alma y me paraliza por completo. No voy a entrar, lo sé en ese momento, pero ellas van a venir por mí, van a comer mis entrañas antes de que muera o pierda la conciencia.

Lo que acabo de narrar es un sueño recurrente que tengo desde los once años, desde el verano de 1978 para ser más exactos, cuando con mis amigos del barrio entramos a una casa que, según se decía, había sido un cuartel de los ‘guerrilleros’. Se decía, pero nadie pudo dar jamás el menor fundamento. En esa casa, abandonada, llena de fantasmas reales e imaginarios, nos metíamos de día y penetrábamos de a una en una, casi temblando en la penumbra, las habitaciones donde supuestamente habían funcionado las celdas de los secuestrados. La casa olía raro siempre, olía a maldad. Y si bien, en aquella época, la mayoría de mis amigos pensaban que los guerrilleros eran los malos, yo no, porque mi padre, que era un peronista de base militante, nos había dicho a mí y a mi hermano (siempre advirtiéndome que guardara silencio) que la cosa no era así, que “esos muchachos equivocados” hacían lo que hacían por amor al pueblo y nada más. Por eso yo me habré hecho a la idea de que no podía ser una casa de guerrilleros, por el olor, porque yo confiaba en esas cosas, y aún confío, aún creo en la maldad. Fue contando una de las historias que nos contaba el Cazulli, un chico mayor y fantasioso, que pasó lo que pasó. Nos decía que ahí se criaban a esas cosas que no pienso (no puedo) nombrar, y que las alimentaban con los cuerpos de los raptados. Contaba eso mientas él, cuatro amigos más y yo explorábamos con las linternas. Y fue entonces cuando pasó, al abrir una puerta: no vimos nada, ojo, no fue eso, fue algo peor, escuchamos. Un sonido espantoso, inconfundible, el sonido de lo que, forzosamente debían ser, miles de esos miserables seres del infierno. Y corrimos, a más no poder, y nunca más volvimos a entrar.

Desde esa vez soy fóbico a ellas. Sufro de alucinaciones auditivas en las noches y por eso es que elijo el día para dormir. Llamarlas por su nombre sencillamente me paraliza, y me paralizaría ahora y no podría escribir. Me pone demasiado alerta, me pone paranoico. Levantaría los pies, miraría para todos lados y luego la glotis sería una piedra; la cabeza, un volcán de dolor como si me diera el bogotanísimo soroche, y las manos, un mar de sudor helado. Soy fóbico a ellas en todas su versiones, aunque a ellas (las versiones), sí puedo nombrarlas. Los terrestres roedores (chigüiro excluido) y los aéreos murciélagos y palomas. Con estás últimas la cosa empeora y sé que, dentro de poco tiempo, tampoco voy a poder llamarlas por su satánico nombre.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.