Creo que nací para ser adicto, porque probé la marihuana y me gustó ahí mismo… Desafortunadamente, claro, porque la hierba me la cobró caro, y tuvo que pasar mucho tiempo antes de que volviera a ser el Wílder Medina que me gusta: el sobrio, el que juega a la pelota.

Hoy puedo decir que soy ese mismo niño feliz que se crió en Puerto Nare, Antioquia, y recorrió sus calles con un balón pegado al pie; el que tenía un padre orgulloso que alardeaba con que algún día su hijo iba a ser futbolista profesional; el mismo joven que empezó a jugar en las inferiores del Deportivo Rionegro y que clasificó al Deportes Tolima a una final en 2010, cuando le marcó un gol agónico a Santa Fe en el minuto 89; ese mismo Wílder que, por esas cosas que tienen el fútbol y la vida misma, luego pasó precisamente a Santa Fe y lo metió por primera vez a una semifinal de Copa Libertadores, tras marcar un tanto contra el Gremio de Brasil.

Pero no fue fácil volver a ser yo. Empecemos por el principio: mientras viví en Puerto Nare, nunca fumé nada: ni marihuana, ni cigarrillo, nada. Era muy joven cuando llegué a Medellín, donde probé la bareta por el afán de entrar al grupito del barrio. Y ahí me quedé. A uno no lo obligan a hacer nada, uno hace las cosas porque quiere. Yo fumaba porque me gustaba. Fumaba, incluso, cuando ya jugaba fútbol profesional, porque no sabía que fuera ilegal, que contara como doping. No me parecía una sustancia de esas que lo hacen a uno rendir mejor. Al contrario, en vez de ayudar a sacar ventaja, la marihuana adormece, produce hambre y sed. Eso no quita, sin embargo, que sea una sustancia prohibida por la Fifa, y cuando me di cuenta de esto ya tenía el problema muy encima.

Salí positivo por marihuana dos veces cuando jugaba en el Tolima, y ambas me sancionaron: la primera, durante tres meses y la segunda, durante un año. Me endurecieron el castigo por reincidir. Me acuerdo perfectamente de ese día, el de la segunda sanción, cuando me informaron del fallo de la Dimayor. Para más rabia fue un lunes, después de un partido contra el Cali en el que había hecho doblete. El mundo se me vino encima. Un año sin jugar es una eternidad. Y en mi caso fue aún más: pasé año y medio antes de volver a pisar un estadio, mientras cumplía el tiempo y me rehabilitaba.

Cuando uno toca fondo con una adicción es como cuando está en el área, solo frente al arquero: hay que tomar decisiones contundentes. Y yo tomé la mía. Sí, en ese momento tuve que aceptar mi problema y entrar a un proceso muy duro de desintoxicación.

En este punto debo agradecer a César Pastrana, el presidente de Independiente Santa Fe. La prensa me había dado tan duro que era probable que nadie me volviera a contratar, pero él lo hizo: se me acercó cuando no veía salida, me tendió una mano, me ayudó con toda la logística de la rehabilitación y me dijo que quería tenerme en Santa Fe cuando estuviera bien. Me dio esa segunda oportunidad que nadie más fue capaz de ofrecerme. Me habló de varios jugadores que pasaron por la Selección Colombia y llegaron a tenerlo todo, pero por malos manejos, por el alcohol, por la droga, se quedaron sin nada. Me dijo que yo valía mucho como persona, que era uno de los mejores jugadores que había visto en el país, que quería ayudarme a entrar de nuevo a la sociedad y al fútbol. César Pastrana encontró al ser humano de bien que hay dentro de mí, no el que tenía la cabeza llena de basura.

Era la última oportunidad en mi vida para jugar fútbol y reencontrarme con el Wílder Medina que soy en realidad. Por eso, me interné en una finca en Subachoque, alejada de los medios, para desintoxicarme. Nadie sabía bien dónde quedaba. Durante dos meses estuve prácticamente aislado, solo con especialistas. Lloraba mucho. En ese tiempo me di cuenta de todo lo que había perdido por el vicio, por la marihuana, por el alcohol también.

El primer mes fue difícil, me estaba limpiando y la bajada es complicada. Aunque siempre fui libre de irme si quería, tenía un objetivo que no estaba dispuesto a abandonar: recuperarme sí o sí. En las madrugadas hacía ejercicio, a las 9:00 de la mañana tenía que estar bañado para desayunar y, después, empezaban las terapias. Escribía mucho, veía videos que me motivaban, llevaba un diario de todo lo que hacía y todo lo que pensaba: escribía si recordaba las fiestas locas que me había metido antes o los goles que había marcado y le leía cada palabra a un terapeuta.

El segundo mes fue aún más duro. Salía los fines de semana y me encontraba con la tentación: la rumba. Eso hacía que crecieran los momentos de ansiedad. Cuando terminé y me enfrenté definitivamente a la realidad, me di cuenta de que esto es una lucha de todos los días, una batalla interior que nunca termina.

Hoy, por fortuna, entiendo que Dios lo tiene a uno para cosas grandes, y a mí me ha dado tanto… Por ejemplo, mi primer partido tras la rehabilitación fue la final de la Superliga, en la que quedamos campeones con Santa Fe; ese semestre del regreso, además, salí goleador de Colombia, alcanzamos un subcampeonato y llegamos a la semifinal de Copa Libertadores. Para completar, poco después abrí una escuela de fútbol que lleva el nombre de mi padre, donde tengo casi 400 muchachos que no pagan nada, el único requisito para formarse con nosotros es que estudien.

Como ven, no me ha ido nada mal después de la desintoxicación, he podido cumplir mis sueños. Bueno, todavía me faltan un par: llegar a Selección Colombia y, más a futuro, cuando deje el fútbol, ser técnico de Santa Fe. La idea entonces será aconsejar a los muchachos para que escojan el camino adecuado y no vivan lo que yo viví. Ellos deben saber que hay que aprovechar cada momento que le da a uno la vida. Y no lo dice cualquiera, lo dice alguien que cayó muy bajo, pero volvió a nacer.

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