En un pequeño patio en el que la luz es poca y solo dos bombillos de ojo de buey alumbran, las señoritas —los señoritos— tratan de ocultar tras las sombras la curva brutal que hace su sexo dentro de la tanga. Se ponen de cuclillas, abren las piernas y hacen un movimiento rápido de doblez. El bulto se hace más pequeño, ya no parece un miembro capaz, solo el de un niño. Una de las señoritas —los señoritos— pone la mano cóncava para explicar el giro. Dice que no duele, aunque para mantenerlo en posición use un Parche León. Solo calienta un poquito, explica.

Se sabe: el parche alivia dolores de espalda, de cuello, y muchos de los que lo usan en las noches tienen que quitárselo porque el calor se vuelve insoportable, quema. La empresa que lo distribuye dice en su página web: “El Parche Térmico Terapéutico le ofrece un calor placentero, penetrante y constante durante 8 horas”, “los parches de suave tacto alcanzan, tras un máximo de 30 minutos, una temperatura aproximada de 40 °C”.

Buscar la belleza, algo de estética, ocultar algún defecto, tiene sacrificios. Como prueba están los entrenamientos de las modelos de Victoria’s Secret: boxeo, ballet, ejercicios militares interminables… Pero acá, en este patio mal iluminado, el sacrificio es de campeonato.

Son las 8:00 de la noche de un jueves en Leticia, capital del Amazonas, y el calor que supera los 35 grados centígrados lo envuelve todo. Se celebran las Fiestas de la Confraternidad Amazónica. Los seis candidatos que aspiran a la corona de Miss Gay Colombia sudan copiosamente mientras se arreglan no solo la virilidad, sino también los vestidos, el maquillaje, las uñas. Entre los candidatos —las candidatas— hay dos indígenas orgullosos; tres que tienen rasgos, pero los niegan, y un muchacho huilense de una palidez sibilina que vino apenas se enteró de que en medio de la selva se hacía un reinado que le podría dar una corona internacional de triple frontera, pues el ganador, al año siguiente, representará a Colombia en un certamen en el que participan un candidato peruano y otro brasileño.

Los departamentos representados fueron escogidos al azar: Amazonas, Antioquia, Meta, Putumayo, Huila y Sucre. Habrían sido 14 si ocho indígenas de diferentes comunidades de Puerto Nariño —el segundo municipio más importante del departamento— hubieran llegado, pero no lo hicieron porque no tenían los 20.000 pesos del pasaje en lancha.

El reinado se realiza a las puertas del Centro de Convivencia Ciudadana, una especie de salón comunal donde se hacen fiestas varias. Hay una carpa de ron Viejo de Caldas, que tiene amarrada una bandera con el arcoíris, símbolo de la libertad y la diversidad sexual. Una alfombra roja y gastada cubre el pavimento. Hay alrededor de 100 personas en el público, pero al final de la jornada serán más de 300.

Primero desfila la Señorita Colombia actual, la que entregará la corona. Tiene la espalda ancha y lleva un vestido amarillo, cruzado por una banda rosada que reza Miss Colombia Gay 2015. Mueve los dedos con coquetería rígida mientras se contonea con sus caderas estrechas. Aunque esta noche entregará la corona, en dos días representará a Leticia en el reinado de la triple frontera, título que terminará ganando. Antes de que empiece su desfile, dice unas palabras con una voz masculina, pero zalamera. Con ese mismo tono me dijo esta tarde, cuando nos vimos por primera vez, que no podía hablar porque se tenía que organizar; no llevaba peluca y vestía unos pantalones cortos y una musculosa.

La Señorita Colombia saluda al público y lee: “Qué año tan maravilloso el que he pasado, no puedo creer que el momento de la despedida se acerque. Miro atrás y me lleno de satisfacción y de nostalgia… Esta elección me dejó miles de enseñanzas, cientos de valores. Llevar sobre mis hombros la palabra Colombia no fue fácil, pero sí que vale la pena, pese a la presión que tuve como reina”. Dice más, habla de las raíces amazónicas, todos aplauden.

Miss Colombia Gay 2015 se llama Jesús Alberto Miranda García, nació en Leticia y desde siempre quiso jugar con niñas y muñecas. A los 14 años empezaron los toqueteos con un compañero del colegio al que le dijo que quería iniciar su vida sexual gay. Pero fue difícil. Su madre había llegado de Villavicencio a Leticia con tres meses de embarazo y se enamoró de un indígena con el que tuvo un romance de pocos años. Una vez separados, el hombre se quedó con el pequeño Jesús, a quien llevó a vivir a una comunidad nativa de Brasil. El niño se volvió temeroso: le daba miedo salir y que los ancianos trataran de ‘curarlo’ con bebedizos y jornadas interminables de azotes. Fueron dos años en los que rara vez dejó la casa, prefería quedarse encerrado mientras cocinaba o fantaseaba con amores imposibles. Su padrastro, preocupado, lo mandó a estudiar al internado de Leticia.

—Allá empecé con un muchacho… así fue, y vea, hoy soy señorita gay—, gaguea Jesús en el restaurante La Cava, donde es cocinero.

Los temores que tenía cuando niño no eran gratuitos y se extienden hasta hoy. Hace unas semanas, un joven gay murió en una comunidad indígena brasileña en medio de una ‘curación’. Los azotes fueron tantos que no aguantó.

—El muchacho era colombiano, pero la mamá lo había mandado al Brasil, donde unos familiares, por miedo a que en su comunidad lo trataran de curar—, dice Érik Morales Fernández, presentador del reinado y representante hasta hace poco de la población LGBTI. Érik sabe de ‘curaciones’, aunque nunca se las practicaron en la comunidad Morilla Mena, en Puerto Asís, Putumayo, donde nació.

—¿Corren muchos riesgos los homosexuales indígenas?

—Hay comunidades que los azotan horrible, pero hay otras que están entendiendo que esto es normal. Ahora los verdaderos riesgos son la explotación sexual y la prostitución.



***

—Y qué, parcero, ¿conociendo el Amazonas? —pregunta el hombre que maneja el motocarro. Tiene el pelo claro, los ojos verdes y un acento paisa con el que claramente quiere vender algo.

—No, ya conocía. Pero vos no sos de acá —le digo.

—No, nací en Medellín, pero me crie en el Eje Cafetero. Ya llevo dos años acá, es que el trabajo en Armenia estaba muy duro.

—¿Y todo bien?

Responde en portugués algo que no termino de entender, entonces le comento que el Amazonas por lo menos le ha servido para aprender un idioma nuevo.

—Me conseguí unos amigos en Tabatinga, así aprendí. Eu falo um pouco. Así se lo pude pedir a las brasileñas, porque ellas no son como las colombianas, que hay que regalarles la luna y después las estrellas. Con las brasileñas es de frente: ¿Fazer amor comigo? Y ellas dicen de una, no se ponen con rodeos, si usted les gusta les presta el juguete.

Con su acento paisa de comerciante, el motocarrista es evidente, así que pico:

—¿Muchos turistas buscan sexo?

—Pues yo les hago contacto, por si necesita algo. Las brasileñas son muy arrechas, eso sí. Vea, tengo una reinita, le cobra 150.000 pesos, pero es muy buena, porque a las mujeres de acá no se les caen las tetas. Claro, hay más baraticas, pero si uno va a pagar, pues paga algo bien bueno.

—¿Y también hay indígenas gais?

—Esos les gustan mucho a los turistas. Hay unos que cobran 80.000 pesos.



***

Algunos intentan responder la pregunta: ¿por qué hay indígenas gais? Muchos, entre ellos Diego, que es administrador de un hotel, culpan al aguaje, fruto de una palmera amazónica repleto de hormonas femeninas, muy apetecido por los indígenas. Otros dicen haber visto un demonio o un espíritu que venía de Perú. Unos más aseguran que todo empezó con las costumbres brasileñas, pues en las fiestas de Tabatinga los hombres se disfrazan de mujeres y la práctica fue imitada pronto por los indígenas. Martín Cruz, motocarrista y candidato al Concejo de Leticia, recuerda que de Armenia llegó hace diez años un hombre que se hacía llamar La Leona, motilaba y arreglaba uñas, y lo acusa a él de haber traído la homosexualidad. Y el ticuna orgulloso Aquilino Armas Díaz, candidato al reinado gay por Amazonas que usó como traje típico una especie de bikini con semillas y plumas de guacamaya, cree que todo puede venir del aguacate, fruto que germinó por primera vez en las cenizas de un hijo rebelde de los ticuna.

—Pero también dicen que viene del juego de las lisaderas, y es que los niños se tiran por una pendiente de pantano hasta caer en un charco. A nosotros no nos dejaban jugar eso en la comunidad porque decían que empezábamos a sentir por la cola —cuenta Aquilino.



***

La conversación se alarga porque el mambe está fuerte y fresco.

En la maloca de Leticia, justo ahora, un hombre termina de mezclar el polvo de la hoja de coca con el polvo del yarumo. El Mayor, líder de la maloca, encargado de dar consejo, de iluminar los senderos oscuros de la vida espiritual, me pide que compre cinco cucharadas para poder charlar. Son las 4:00 de la tarde. Habíamos tratado de hablar más temprano, pero él estaba ocupado pensando algo en su hamaca, algún misterio se le escurría o tenía pereza; su padre, anciano de una comunidad en Putumayo, acostado en otra hamaca, jugaba no sé qué en el celular mientras su mujer veía una telenovela mexicana.

El Mayor, que se llama Wilson y es de la etnia yucuna, explica que sin mambe no hay conversación, entonces se mete una cucharada a la boca e inhala un poco de tabaco. La coca está amarga y se vuelve una masa que entumece la lengua, el paladar y la garganta. No logro entenderle bien porque tiene la boca muy llena, pero la historia es más o menos así: dios creó a los hombres y a las mujeres en una barca, y se encargó de hacer los suficientes como para que pudieran reproducirse con rapidez. Allí, desnudos, dios les ordenó que se tiraran al río: los primeros que se lanzaron salieron blanquísimos y con los ojos claros, y pudieron sacar con ellos ropas, armas sofisticadas, vehículos, eran los blancos; el segundo grupo saltó, pero el agua ya estaba un poco sucia y solo pudieron sacar arcos, flechas, lanzas y taparrabos, era indígenas; del tercer grupo que se metió al río salieron todos negros, sin nada.

—¿Y los homosexuales dónde estaban?

—No estaban, por eso nosotros no sabemos qué hacer con eso, porque no viene de la creación, eso es muy occidental.

Occidental, dijo, y repitió la palabra varias veces.



***

Los señoritos —las señoritas— están histéricos en este patio en el que solo alumbran dos ojos de buey. El precio de la belleza —de algún tipo de estética— los tiene corriendo. Cada uno cuenta con un grupo de ayudantes: los indígenas, de a dos indígenas; los mestizos, de a dos mestizos. Todos, hasta los subalternos, quisieran llevarse la corona, una gran diadema que sube en triángulo de bisutería. En el primer desfile, el de gala, pasaron vestidos rojos, rosados, amarillos, negros con azul, de flores, satinados, con adornos de croché, de algodón. Todos hechos con el esfuerzo de la carencia.

Érik, el presentador del reinado, no para de recitar medidas durante el desfile en vestido de baño: 87-55-78, 90-73-70… Y mientras los candidatos desfilan por la pasarela, unos niños corretean por la alfombra. El público es cada vez más numeroso: hay señoras que cargan bebés, hombres barrigones y jovencitos indígenas con las cejas depiladas, peinados al rape a los lados y copetes que caen sobre la sien.

Y llegan las preguntas.

—Señorita Amazonas: ¿Si usted llega a ser elegida como reina gay de la Confraternidad, qué haría para que se protejan los recursos ambientales de la Amazonía colombiana?

—Primero que todo, tengan muy buena noche, querido público. Con relación a mi pregunta, quiero responder sí, porque nosotros como personas somos una población unida y podemos trabajar con nuestros gobernantes por una misión y una visión. Gracias.

—Señorita Antioquia: ¿Si llegara a ser elegida, cuál sería su estrategia para impulsar el reinado?

—Buenas noches. Impulsaría el reinado en muchos lugares de los tres países con el apoyo de los gobernantes y de ustedes, querido público, porque sin ustedes esto dejaría de ser.

—Señorita Sucre: ¿Qué importancia tiene para usted la asociación LGBTI?

—Somos un gran ente representativo de diferente interpretación social y podemos ser partícipes de la sociedad.

—Señorita Huila: ¿Para usted qué significa diversidad de género?

—Muy buenas noches, jurado, muy buenas noches, lindas candidatas, gente linda. La diversidad es algo muy importante y muchas gracias.

—Señorita Putumayo: ¿Cómo

protegería a la población LGBTI víctima de la explotación sexual?

—Buenas noches. Protegería a los adolescentes con proyectos para que así se puedan enfocar en la cultura, esto con el apoyo de la Alcaldía.

La gente grita con la respuesta y una mujer se tira para abrazarla, pero un hombre que acompaña a Érik la detiene.

—Señorita Meta: ¿Si quedara reina, qué haría en defensa de los derechos de la comunidad LGBTI?

—Formular muchos proyectos con el presidente de la república.

Terminan las preguntas. Las señoritas —los señoritos— llevan varios minutos en tacones y se les ve incómodas, parece que los talones van a romper los tacos. Todas gaguearon durante las respuestas, muchos se burlaron, y ahora, mientras sale el veredicto, el público grita un solo nombre: Putumayo.

Y gana ella, la favorita. Al día siguiente, sin embargo, perdería la corona, porque la encontraron borracha en un bar en Tabatinga, dormida sobre una mesa. Las demás candidatas me confiesan que no habían quedado contentas con la elección.

—Es que es una responsabilidad muy grande y hay que llevar la corona con altura—, dice Jesús, ya con la corona entregada, en el restaurante donde trabaja.



***

El malecón de Leticia es, sobre todo, olor a pescado y colores cálidos. A las 8:00 de la mañana, los carniceros reciben un pez pirarucú y los indígenas suben las escaleras que empiezan en el río y llegan a una plataforma que cada año, en marzo, se inunda. Están cargados de plátanos, bananos y baldes con pirañas. Algunos traen ají del Perú: pequeños frutos rojos, verdes, amarillos. Por todas partes suena una música dulzona brasileña. A medio camino entre el malecón y la plaza de mercado, un pastor evangélico me trata de explicar por qué hay indígenas homosexuales. Dice que los últimos años han transcurrido como en los días de Noé: son tiempos de borrachos, de fornicarios, de hombres que se echan con hombres, y esas cosas son como un virus, se le pegan a cualquiera.

Así son los últimos tiempos, dice, como si el Amazonas estuviera lejos de lo que el mundo sabe hacer: escupir todo tipo de hombres, todo tipo de gustos.

—Usted tiene que ir a Nazareth, una comunidad que está a media hora por el río, allá encuentra lo que está buscando —me dice otro señor en el malecón.

Para llegar a Nazareth, se sube contracorriente por el Amazonas, hasta que la lancha entra a un bosque inundado. Dos mujeres lavan ropa en la orilla y un par de ancianas hacen un caldo de piraña sobre una ladera. El hombre que me guía cuesta arriba dice que en Putumayo vio cómo un indígena se ‘sanó’ después de la quinta toma de yagé.

—Ya se le quitó esa bobada y se casó. Él abrió los ojos y dijo: “Ya, se me quitó”. Es que ahora hay muchos niños así porque se juntan con otros más dañados. Venga lo llevo donde el gobernador.

El gobernador se llama Daniel Martínez y es adusto. Está contando costales. Dice que es ticuna y que los homosexuales no son normales, pero que al menos en su comunidad no se visten de mujer ni se casan: se visten así, como uno, dice, y cuando pronuncia la palabra “uno” señala el bluyín, la camiseta, su motilado corto.

—Mire, hable con él.

Cuando lo señalan, Darío Manduka levanta la mano. Me pide que vayamos a la cancha de baloncesto.

—Tengo 35 años y soy homosexual. No me he podido curar, porque esto no se cura. Vivo con mis papás, pero quisiera vivir con el hombre que quiero. A veces jugamos voleibol y nos saludamos, y él se me ríe, pero no más.

Manduka es panadero en la escuela y todos dicen que sus panes son los mejores de la comunidad, aunque la mayoría coincide en que es mejor motilando.

—Le cuento una cosa —dice Manduka, mientras se ríe y mira al piso—: aquí hay hombres que tienen familia y a veces, de vez en cuando, me buscan.

Manduka quiso participar en un reinado, pero durante su juventud nunca se enteró de que organizaran uno. No sabe nada del dolor que sienten las señoritas —los señoritos— al amarrarse el miembro con un parche caliente y nunca se ha vestido de mujer. Igual, ya se resignó:

—Eso de los reinados es para los más jóvenes, para los que se fueron de aquí más rápido, yo nunca me fui.

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