“Fish”, he said softly, aloud, “I’ll stay with you until I am dead.”
Ernest Hemingway, The Old Man and the Sea


La corriente los arrastraba sin rumbo y el frío era cada vez peor. Eduardo Meza no cesaba de toser. Temblaba mientras las olas y el viento de la madrugada azotaban su cuerpo. Juan Livingston arrastraba tras de sí el salvavidas amarillo sobre el cual su compañero yacía acostado. Se había encalambrado tres veces y había estado a punto de desistir en varias ocasiones. El batir constante de las olas resentía sus ojos y sentía un incómodo ardor mientras pataleaba. La luz de una luna casi llena iluminaba el océano a través de un velo de nubes. Livingston amarró el chaleco salvavidas de uno de los muertos alrededor de su pie derecho, para evitar hundirse.

—Tyson, ¿cuánto falta?

—No, Meza, estamos cerca, estamos cerca —respondió su compañero—. Estamos del Nene’s al muelle. Ya vamos a llegar.

Habían pasado casi 24 horas desde que la motonave Miss Isabel —una pequeña embarcación transportadora de casco blanco y techo rojo que semanalmente cubría la ruta entre San Andrés y Providencia— zarpó desde el muelle departamental, cargada con un automóvil, cuatro motocicletas, centenares de botellas de gaseosas, frutas, alimentos varios, tres cerdos y un perro en un guacal. Cinco tripulantes y dos pasajeros se embarcaron hacia las cinco y media de la mañana del 5 de enero de 2012, y los siete se vieron obligados a saltar al océano luego de que un incendio consumiera el puente del barco pocas horas después de su partida. Solo dos de ellos permanecían con vida tras alrededor de 20 horas en el mal llamado mar de los siete colores: Juan Livingston, un musculoso marinero cuarentón, de estómago holgado, pelo corto y bigote negro al ras; y Eduardo Enrique Meza Caballero, un mecánico naval de 56 años, de contextura maciza y aplomo militar.

—Tyson, ¿dónde?

— Estamos del Sena al muelle, Meza. Ya casi.

Juan Livingston —Tyson, para sus amigos, en honor a un encuentro pugilístico callejero— en realidad no sabía puntualmente dónde diablos estaban. Alcanzaba a ver las luces de la isla de San Andrés más allá de las olas, pero luego de horas a merced de la corriente, el viento y la lluvia, no era capaz de ubicar su posición exacta por más que lo intentara. Deseaba darle ánimo a su compañero de naufragio, pues Meza, el ingeniero del barco, su amigo desde hacía años, estaba cada vez más débil. Ya inerte, seguía vomitando sangre y no era capaz de nadar. Tiritaba acostado sobre el pequeño salvavidas en forma de anillo que el capitán había logrado salvar de la embarcación en llamas. Yacía en silencio, flotando al compás de las olas de la madrugada, mientras Livingston se esforzaba por alcanzar los puntos de luz en la oscuridad.

Alrededor de 16 horas antes, Emerson Bowie, un delgado obrero de 47 años de edad, de hablar pausado y gestos nerviosos, y Aristides Salinas, un maestro de obras de 49 años que viajaba frecuentemente a Providencia por cuestiones de trabajo, se separaron del grupo y partieron nadando en busca de ayuda.

Livingston ignoraba qué ocurrió con ellos e intentaba no pensar mucho sobre el tema. Tal vez llegaron a la isla sin contratiempos, aunque, si ese fuera el caso, ¿dónde estaban los Guardacostas y la Armada? Si lograron alcanzar la orilla, ¿dónde estaban los equipos de rescate? ¿Por qué él y Meza permanecían a la deriva?

—¿Cuánto? —su voz estaba más débil—. ¿Cuánto?

Quizás los tiburones dieron cuenta de ellos tal y como sucedió con sus otros compañeros. Un pequeño escualo gris mordió dos veces a Meza, pero no alcanzó a causarle mayor daño. Los demás no corrieron con la misma suerte. Livingston y Meza presenciaron cómo uno a uno caían en las fauces de esos malditos animales. Charles Manuel Whitaker, Charlie, aquel gigante bonachón que no podía terminar una frase sin incluir un “fucking this” o un “fucking that”, fue el primero en morir. Gritó de repente al atardecer y el mar a su alrededor se tiñó de rojo. Se desangró en poco más de media hora y las olas se llevaron su cuerpo. Otro tiburón, o quizás el mismo, mordió al capitán en un brazo. Livingston se quitó su camisa y formó un torniquete alrededor de la herida. No sirvió para nada, pues lo atacaron de nuevo. Sombras que emergían en menos de un segundo para rasgar músculos. Livingston cerró los ojos sin vida de Andy, un hombre que se convirtió en capitán luego de que su abuela, siguiendo una tradición de la isla, descubriera la figura de un barco en una clara de huevo oreada bajo el sol de mediodía de un Viernes Santo. Robert Bent, Bubba, un flaco y jovial solterón que solía beber aguardiente hasta el amanecer, le siguió al poco tiempo. Los tiburones devoraron sus piernas y su cadáver se lo tragó el océano.

—De la ferretería al muelle. Ya estamos cerca, Meza.

Ninguno debía estar muerto. Los naufragios son sucesos relativamente comunes en San Andrés y las autoridades usualmente respondían rápidamente a los llamados de auxilio. El propio papá de Andy sobrevivió varios días en una balsa en mar abierto, y Livingston conocía a varios pescadores isleños que permanecieron horas o días a la deriva. Solo en 2007, la Armada rescató a más de 20 náufragos en cercanías del archipiélago.

La tempestad era un problema, por supuesto, y pocos navíos se atreverían a lidiar con las olas de ocho y diez metros que los vapulearon durante horas. Pero Livingston estaba seguro de que si el Miss Isabel hubiera sido una lancha rápida transportando droga —una de esas que las autoridades a menudo detenían en las inmediaciones del archipiélago— los Guardacostas o la Armada habrían enviado un avión o un bote en cuestión de minutos. Todos estarían vivos en ese caso, y él y Meza estarían en sus respectivas casas con sus esposas y sus hijos, protegidos de la interminable lluvia y de los gélidos vendavales que pocos asocian con el trópico caribeño.

—¿Cuánto, Tyson? ¿Cuánto?

***


La motonave Miss Isabel zarpó el 5 de enero a las 5:35 de la mañana bajo un cielo nublado. Olas de varios metros de altura golpeaban con fuerza las barcazas olvidadas en la bahía mientras el barco avanzaba en la oscuridad de la madrugada.

A bordo, Aristides Rafael Salinas charlaba con Andy James, el capitán, isleño con fama de buena gente a quien conocía desde la infancia, cuando ambos se reunían para jugar béisbol en un terreno baldío del barrio Juan XXIII. Charlie Whitaker dirigía el barco desde una pequeña cabina de mando elevada sobre la cubierta, y Juan Livingston preparaba un arroz con espaguetis y atún que ninguno de los demás alcanzaría a probar.

El viaje transcurría tranquilo a pesar del oleaje. El capitán bromeaba sobre un spray para la boca que un amigo le había encargado, y Aristides se divertía con las anécdotas de su amigo mientras el Miss Isabel dejaba tras de sí la bahía de San Andrés.

Hacia las nueve de la mañana, un grito de alerta llamó la atención de los navegantes. Livingston y Charlie fueron los primeros en percibir el olor a quemado. Una columna de humo negro se elevaba sobre la popa. Sin previo aviso, en la parte trasera de la cabina se prendió fuego. Las llamas se extendían rápidamente por el techo, amenazando con quemar la carga y el resto de la cubierta.

Alarmado, el capitán reunió a la tripulación para apagar el incendio. Entre todos utilizaron los diez extinguidores del barco sin resultado alguno. Frenético, el capitán envió mensajes de SOS por la frecuencia 16 —mensajes que luego las autoridades de Miami afirmarían haber oído— y Charlie utilizó su celular para llamar al 123 de la policía. No hubo respuesta.

Fue entonces que Aristides observó al capitán abrirse paso hasta la cabina para bajar el bote salvavidas. El fuego alcanzó la carga y el perro empezó a ladrar en su guacal. Aristides siguió a su amigo escaleras arriba. Las llamas avanzaban sobre la cubierta, engullendo poco a poco los alimentos y los vehículos cargados de gasolina. En la parte superior del barco, el capitán luchaba por soltar el bote cuando una caldera explotó y una llamarada lo embistió de frente.

Herido, Andy abandonó el puesto de mando y se dedicó a repartir los chalecos salvavidas entre los navegantes. El barco se movía de lado a lado y el fuego no dejaba de avanzar. Emerson y Livingston arrojaron algunas de las botellas de agua y gaseosas hacia el océano, siguiendo las instrucciones de los tripulantes. En cuestión de minutos, las llamas consumieron gran parte de la cubierta. Las botellas explotaban y el ruido recordaba los disparos de un arma. Los cerdos chillaban y el perro ladraba desde su tumba. Vencido, el capitán dio la orden de abandonar el barco.

Aristides se sumergió en aguas frías y agitadas. Las olas lo empujaban hacia los lados mientras se esforzaba por nadar hasta donde estaba el capitán. En un par de minutos, el grupo se reunió alrededor de Andy. El capitán se había acomodado sobre un pequeño flotador amarillo en forma de donut que había logrado salvar de las llamas. Aristides se aferró de la cuerda que rodeaba el borde y se acomodó al lado de Charlie. En la lejanía, cuando la cresta de olas los elevaba sobre el océano, podían distinguir las formas de la isla.

Su mejor opción era no perder de vista la motonave, afirmó Andy. Alguien debía haber oído el SOS y, en caso de que no fuera así, de cualquier modo verían el humo que se alzaba sobre la embarcación en llamas.

Asintieron en silencio y luego observaron las quemaduras del capitán. Andy no podía evitar gestos de dolor con cada golpe de agua salada. Emerson nadó en busca de botellas de gaseosa y entregó una a cada uno para mantenerse hidratados. Aristides guardó una Coca-Cola de dos litros en la parte delantera de su pantalón y, confiado, les dijo a sus compañeros que se la llevaría a una de sus hijas, Nikeysha, la mayor, la que siempre lo llamaba durante sus trayectos para reiterarle que no sabría cómo sobrevivir si a él le pasaba algo.

Se mantuvieron cerca del barco durante un par de horas hasta que el cielo se oscureció y una fuerte lluvia veló la isla. La corriente los alejó de la motonave y su silueta se perdió entre la bruma. El océano condujo al Miss Isabel hacia el sur del archipiélago. Un par de horas más tarde, una familia lo vería atravesar el horizonte seguido de una estela de humo negro.

Cuando la tormenta cesó, los náufragos se encontraban cerca de Johnny Cay, un pequeño islote a una milla de San Andrés cuyo principal atractivo es una playa de arenas blancas. Pataleaban inútilmente, pues la corriente les impedía avanzar, pero la tierra estaba tan cerca que no tenían otra opción.

Fue quizás en ese momento cuando la condición del capitán empeoró. Sus manos estaban hinchadas y el rojo encendido de sus extremidades se le había extendido al pecho y los brazos. Andy no aguantaba más. Sollozando, les rogó que fueran en busca de ayuda. La corriente los había arrastrado al norte del cayo y los mejores nadadores quizá podrían llegar hasta la isla para alertar a las autoridades.

Aristides se ofreció de inmediato. Había aprendido a nadar a los 6 o 7 años, cuando la chalupa en la que pescaba con varios compañeros se volteó en las playas de San Andrés. En Barranquilla, donde vivió durante su juventud, ir al río se había convertido en una costumbre. No tenía miedo de ahogarse, pues contaba con el chaleco salvavidas y con la botella de Coca-Cola, que también lo ayudaba a mantenerse a flote. La cuestión ahora era quién lo acompañaría. Tras pensarlo un momento, le propuso a Emerson, ya que aparte de Livingston, quien se negaba a dejar al capitán, ninguno de los demás sabía nadar.

A regañadientes, Emerson partió a su lado pasada la una de la tarde. Braceaban, descansaban, braceaban y descansaban en medio de un mar intranquilo. Se tomaban las manos para no perderse y de vez en cuando se detenían para beber de sus gaseosas.

Tal vez una hora o una hora y media después, un calambre paralizó a Aristides. Le gritó a su compañero que lo esperara, pero a través de las olas llegó una respuesta contraria: “No, yo tengo que ir por ayuda para el capitán”.

Atónito, Aristides se encogió sobre sí mismo, luchando contra el dolor de sus músculos entumecidos. El mar lo golpeaba y no tenía manera de evitar que la corriente lo empujara en la dirección opuesta de su compañero. No quería lidiar más con esto. Al carajo el dolor de su pierna, la brisa helada, la lluvia, el océano, la isla y el hombre que lo acababa de abandonar. Paralizado, la botella de Coca-Cola de dos litros presionando su estómago, Aristides observó cómo Emerson desaparecía en el devenir de las olas.

***

—Estamos del Bienestar al muelle, Meza. Un esfuercito más.

Desde hacía un tiempo, su compañero ya no hablaba. Se mantenía callado, temblando sobre el anillo salvavidas, sus ojos perdidos en el reflejo de la luna sobre el mar.

—De la ferretería al muelle. Ya estamos cerca, Meza.

¿Por qué carajos no los habían rescatado, entonces? Apenas empezó el incendio, el capitán envió un SOS por la radio del barco y Charlie llamó a la policía desde su teléfono celular. Es cierto: nadie contestó. Pero alguien tuvo que percatarse de que algo andaba mal. Después de todo, la motonave nunca llegó a Providencia.

—Ya, Meza, ya.

Las luces de San Andrés resplandecían a menos de treinta metros cuando una ola los impulsó hacia adelante y la cresta de otra más los lanzó hacia las rocas de la orilla. Livingston sintió que algo rozaba la planta de sus pies y por un momento imaginó un nuevo ataque de tiburón. Ignoraba que estos animales generalmente huyen de las personas, que anualmente solo se presentan alrededor de 80 ataques de tiburón a nivel mundial y que el número de muertes en un año rara vez alcanza una docena. En San Andrés, en su juventud, abundaban las historias sobre tiburones que acechan a náufragos y a pescadores, y tras haber presenciado cómo los escualos dieron cuenta de sus compañeros no pudo evitar un escalofrío.

Solo después de sentir el roce nuevamente se dio cuenta de lo que sucedía: tierra. Tierra por fin. Livingston soltó el salvavidas y avanzó un par de pasos sobre rocas afiladas entre cuyos resquicios se escondían cangrejos y erizos de mar.

—¡Meza! ¡Párate que estamos en tierra! —gritó.

Levantó a su compañero y lo tomó de la mano. Agradecieron a Dios y avanzaron un par de pasos. Se olvidaron por un momento de las olas, y una de estas los golpeó por detrás. Una muralla de agua derribó a Meza y lo arrastró hacia mar abierto.

—¡Párate! ¡Vamos!

Lo ayudó a ponerse en pie una vez más, y tomados de la mano, en silencio, lograron dar otro par de pasos. Una nueva ola los embistió y esta vez ambos cayeron de bruces sobre las rocas.

Livingston se incorporó y se volteó justo en el momento en que Meza volvía a derrumbarse. Luchando contra una barrera de agua, condujo a su amigo hasta una piedra cercana y lo sentó.

—Meza, un poquitico de fuerza. Mira acá esta piedra y allá está la carretera—dijo señalando un poste de luz cercano.

Meza se desplomó, inconsciente. Livingston reunió los chalecos salvavidas que se encontraban junto al anillo amarillo y formó una base sobre una roca para que las olas no pudieran tocar a su amigo. Tenía que ir por ayuda. A menos de 20 pasos podía ver el débil resplandor que iluminaba las desgastadas líneas blancas y amarillas de la vía que rodea a San Andrés. Allí, seguramente, podría detener a alguien y llamar una ambulancia. Dejaría a Meza sobre los chalecos, protegido, y después volvería por él. Entonces podrían descansar y abrazar a sus esposas e hijos. Todo saldría bien.

***

Aristides Salinas no sabe cuánto tiempo permaneció acalambrado. El mar lo movió de lado a lado como un muñeco de trapo hasta que sus músculos se relajaron y su cuerpo dejó de traicionarlo. Tragando agua, rezó hasta que por fin pudo nadar otra vez. Recuerda que pensaba en regresar con vida, en abrazar a sus seis hijos y a su esposa, en dejar atrás el fuego, la lluvia, los llantos, las olas y el sabor de la sal.

Nadó y nadó durante horas hasta que empezó a oscurecer. La corriente y la marea se burlaban de él. Sus esfuerzos se perdían con cada oleada, y su suerte parecía recaer por completo en la voluntad del mar.

Hacia las seis y media, la corriente lo arrastró hasta un área rocosa a un par de metros de la isla conocida como Villa Helen. Finalmente estaba cerca. De hecho, estaba tan cerca que estaba dispuesto a nadar a pesar de las olas y las piedras. Quería pisar tierra firme, salir del agua de una vez por todas. Un envión más en medio de la oscuridad y tocaría la barrera de rocas que lo separaba de la orilla.

La luz de una moto iluminó la carretera cuando Aristides se disponía a intentar una aproximación. Tras escuchar los gritos del náufrago, el motociclista lo alumbró y le advirtió que no se acercara. Si trataba de nadar en línea recta, las olas lo reventarían contra las piedras. La única manera de sobrevivir era dar vuelta atrás y enfilar hacia mar abierto una vez más, mientras los Guardacostas acudían en su ayuda.

Contra todos sus instintos, Aristides decidió seguir el consejo de la persona cuyo nombre olvidaría días después. Se alejó resignado de la orilla, y se rindió nuevamente a los caprichos de la marea y la corriente.

Los Guardacostas lo rescataron alrededor de media hora después. Aún sujetaba la botella de gaseosa cuando lo trasladaron al hospital público Amor de Patria, donde Emerson Bowie lo aguardaba inconsciente.

Emerson había sido arrastrado por la corriente hasta una zona cercana a Villa Helen, hacia las seis de la tarde. Mientras el sol se terminaba de ocultar, el náufrago se arrastró en cuatro patas hasta la carretera. Un hombre lo vio atravesar el asfalto. Trastabillaba como un zombi. Vecinos de la zona lo socorrieron y Emerson narró a las autoridades su experiencia. Les imploró que fueran en busca del capitán y los otros náufragos, y luego colapsó en una ambulancia.

***

Pasadas las dos de la tarde del 5 de enero de 2012, Hortencia Thyne Archibold, una amable mujer de 56 años que opera un restaurante en el sur de la isla, oyó gritos provenientes de la playa. Su cuñado Elliot Lever, un ebanista sanandresano de 58 años que por aquel entonces vivía en Miami, deseaba saber el número de la policía. Había visto en el horizonte un barco que parecía estar en problemas. La embarcación estaba rodeada de humo y parecía encontrarse a la deriva.

Hortencia salió de su casa, ubicada a pocos metros de la carretera que rodea la isla en un área conocida como Elsy Bar, y se encaminó hasta el océano. Tras comprobar lo dicho por Lever y reconocer al Miss Isabel, llamó al 123.

—Amor, necesito por acá a ver si pueden mandar una lancha, acá afuera en todo el frente de Elsy Bar por el sector de San Luis, porque el barco Miss Isabel está bordando mal por acá— le dijo al auxiliar bachiller de turno—. Parece que se dañó el motor porque está arriba en el mar. Se varó, sí, señor. Mándela, pero que no sea mañana, ¿okay?

Tras colgar, Josid Flórez Martínez, el bachiller que habló con Hortencia, le pidió el favor a Colón Crizon Kelvin, otro auxiliar bachiller de la policía, que informara a los Guardacostas. Colón habló por el canal 16 de su radio —el mismo por el que horas antes Andy Nelson envió una señal de SOS— con las autoridades marítimas, quienes respondieron que verificarían la denuncia.

Una patrulla de policía confirmó el avistamiento del Miss Isabel poco después de las tres de la tarde. Una lancha de los Guardacostas se acercó hasta la motonave y comprobó que no había nadie abordo. El fuego en la cubierta, el clima y las olas no permitieron remolcar el barco hacia el muelle. La patrulla marina anotó las coordenadas y empezó a diseñar un plan de búsqueda.

El primer avión que despegó para hacer un reconocimiento alrededor de la isla salió a medianoche, cerca de seis horas después de que Emerson y Aristides tocaran tierra, y regresó dos horas más tarde, luego de que las condiciones meteorológicas se deterioraron. El piloto y las demás personas en la cabina no vieron nada. El segundo avión salió a las seis de la mañana del 6 de enero, hora y media después de que Livingston y un débil Meza entraran a San Andrés.

—A ellos los mataron, los dejaron morir —dijo Ilona O’Neill, la viuda de Charlie—. Nadie los ayudó.

Las demás viudas llegaron a conclusiones similares, y muchos isleños repitieron el mismo mantra durante los meses en que el incidente del Miss Isabel ocupó las primeras páginas del Archipiélago Press, el diario principal de la isla.

La historia de Livingston y sus compañeros capturó la atención de San Andrés durante más de un mes. La prensa y las retardadas acciones de las autoridades llevaron al defensor del Pueblo a abrir una investigación preliminar sobre el incidente. Representantes de la Capitanía de Puerto, los Guardacostas, la Policía y la Armada ofrecieron declaraciones. Con estas en mano, Livingston, las familias de los muertos, Aristides y Emerson Bowie interpusieron dos demandas en contra del Estado por varios miles de millones de pesos. (Las autoridades han dicho que hicieron todo lo posible por rescatar a los náufragos y por el momento las acciones legales en su contra no han progresado).

Con el tiempo, el Miss Isabel asumió una importancia simbólica para todos los isleños involucrados en la tragedia. El fallo de la Corte en La Haya a favor de Nicaragua revistió lo ocurrido de un nuevo significado y para algunos de los amigos de los sobrevivientes, la motonave se convirtió en una muestra más de la indolencia de los gobernantes, en una alegoría de lo que significan los habitantes de San Andrés para todo el país.

—Lo que sucedió no es una sorpresa —Elliot Lever dijo una tarde de agosto mientras observaba el mar desde el restaurante de Hortencia Thyne—. Me da ira, eso sí. El gobierno central no se preocupa por la isla. La quiere tener en sus manos, pero no le interesan sus habitantes.

Livingston asintió en silencio. Observaba atento nubes oscuras en el horizonte y de cuando en cuando se volvía para demostrar que aún prestaba atención a las palabras de Lever.

—¿Para qué están acá las autoridades? ¿Están solo para lo de la droga o para cuidar de los seres humanos? ¿Sabe por qué no se hizo nada? Porque somos negros y nos quieren quitar la isla. San Andrés es de nosotros, los nativos, los raizales.

Una llovizna oscureció la carretera. Livingston asintió de nuevo, sin volver la cabeza.

***

Una tarde nublada de agosto, Juan Livingston se montó en su moto azul tritón y manejó hasta un poste de luz cerca de la Cueva de Morgan, una atracción turística en la que se dice que el pirata Henry Morgan enterró parte de su tesoro. Era la primera vez que se detenía en ese lugar desde la madrugada del 6 de enero del año anterior. Algo animado, empezó a recorrer las rocas y a narrar lo sucedido.

—Por allá fue que bajamos— dijo apuntando hacia el noroccidente. Dio un par de pasos hacia el océano y dio la vuelta.

Un par de días después del naufragio, Livingston se despertó sudando en la mitad de la noche. Al igual que Emerson y Aristides, empezó a sufrir ataques de nervios y se vio obligado a visitar un psicólogo un par de veces al mes. Más de año y medio más tarde, las pesadillas aún le impedían dormir. En sueños, inmóvil en su cama, revivía apartes de la noche del 5 de enero, mientras el quedo murmullo del océano arrullaba a marinos y pescadores en la bahía. Recordaba a los difuntos, las sombras bajo el agua y el batir infernal de las olas en medio de la tormenta.

—Esa era la luz que yo veía mientras le hablaba a Meza. Ese poste de ahí, donde está la moto.

Desde hacía meses tomaba pastillas para dormir y algunos de sus familiares decían que su temperamento había cambiado desde el incidente. Decían que ya no era el mismo de antes, que era más callado, quizás un poco más agresivo, algo que también le sucedía a Emerson.

La bruma de las olas que reventaban contra las rocas humedeció su camiseta. Impávido, Livingston caminó hasta una pequeña zona resguardada por salientes de rocas coralinas.

—Ahí, ahí fue donde acosté a Meza —se agachó y formó una torre con chalecos imaginarios—. Acá lo traté de sentar.

Se levantó y miró el mar antes de subir a la carretera. Tras cerca de un minuto, continuó con su recuento.

Meza yacía inconsciente sobre los salvavidas de los muertos. Livingston acercó dos dedos húmedos y arrugados al cuello de su amigo. No tenía pulso. Se inclinó sobre el cuerpo inerte de su compañero e intentó reanimarlo dándole respiración boca a boca durante cerca de diez minutos. Con el índice y el corazón buscó nuevamente alguna señal de vida. Nada. Ni un latido. De esa manera, tras luchar casi 20 horas contra el océano, y luego de ver cómo varios tiburones devoraban a tres de sus compañeros, Eduardo Meza murió a escasos metros de la carretera debido a complicaciones causadas por una hipotermia.

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