LLEGAMOS TARDE, LA GENTE YA ESTÁ MUERTA

“No pude leer tus mails porque acabo de llegar de Timor Oriental y allá no es fácil comunicarse”, me dijo Luis Fondebrider cuando lo llamé por teléfono. Acordamos una entrevista y viajé seiscientos kilómetros para verlo en las oficinas del Equipo, en la avenida Rivadavia y a unas cuadras del Congreso de la Nación. Cuando me recibió, Luis tenía la cara de un universitario que se pasó la noche estudiando.

¿Quién sabía algo de Timor Oriental hasta 1999? Ese año el ejército indonesio desató su furia contra los timorenses porque éstos habían votado ser una nación independiente, aunque no supieran muy bien de qué se trataba. Durante cuatrocientos años Timor Oriental había sido una colonia portuguesa, hasta que en 1974 Portugal intentó establecer un gobierno provisional y una asamblea popular que determinaran su situación. Estalló una guerra civil entre los que estaban a favor de la independencia y los que querían integrarse a Indonesia, país que era un sobrino querido del Tío Sam. Portugal no pudo controlar la situación y en agosto de 1975 el gobernador se fue. A los cuatro meses Indonesia invadió Timor Oriental, esa ceja de tierra ubicada el norte de Australia, y la convirtió en otra de sus provincias.
La agresión generó insurrección y un movimiento guerrillero. Ese conflicto produjo 200 mil muertos y decenas de miles de desplazados. Uno de los caídos fue el luchador por la independencia Sebastiao Gomes, asesinado por fuerzas de seguridad indonesias. Mientras se realizaba su entierro el 12 de noviembre de 1991 en el cementerio de Santa Cruz, ciudad de Dili, el ejército disparó directamente contra los participantes y mató a cerca de doscientos. Se calcula que además hubo unos trescientos heridos y centenares de desapariciones. Fue la Masacre de Santa Cruz y eso investiga el Equipo.
Luis me explicó que están tratando de ubicar una fosa común donde podrían estar algunos de los asesinados aquel día. El probable lugar está ubicado en algún punto a diez kilómetros de la costa, cerca de un río y en una zona de bosque bajo. El viaje que hizo fue para entrevistar a testigos, familiares de las víctimas, jueces y políticos, y así tener más precisiones. No hizo excavaciones en el posible sitio, sólo miró.

El sufrimiento de los timorenses no terminó en lo de Santa Cruz. En 1999 pudieron hacer un referéndum, en el que ganó la opción por la independencia. Eso desencadenó la ira de las milicias paramilitares y del ejército indonesio. Según la ONU, en esa oportunidad murieron más de mil personas, el setenta por ciento de las infraestructuras de Timor Oriental fue destruido y unos 250 mil timorenses se refugiaron en Indonesia. Después de tanto padecimiento, los timorenses lograron tener su día de la independencia, el 20 mayo de 2002.

Le pregunté a Luis si desde que empezó a trabajar en esto ha notado algún tipo de perfeccionamiento en los exterminadores, de cualquier país, para ocultar sus crímenes. Me dijo que no. “Tiene que ver con los recursos con los que cuentan. Hay Estados que son más ricos o tienen más recursos y pueden contar con máquinas excavadoras que les permiten hacer las fosas más profundas. No se toman el trabajo de ver cómo contrarrestan la posibilidad de que se busquen los cuerpos después. No hay un pensamiento de qué puede pasar dentro de veinte años”.
Uno cree que el asesino siempre se preocupa por esconder el cadáver, aunque tal vez solo pase en las películas. Según Luis, los verdugos usan lo que tienen a mano para tapar sus desastres y listo, a otra cosa. No parece que enterraran los cuerpos con el miedo de que algún día un grupo de argentinos (¿de qué?) vaya, los exhume y diga: ustedes los mataron. “No creo que sirva para disuadir”, aclara Luis respecto del trabajo del Equipo. “No creo que nuestro trabajo los disuada de matar gente o de torturar o de secuestrar. Quizás los puede disuadir más la posibilidad de un tribunal internacional” ¿Eso genera impotencia? “No, porque nuestra tarea no es disuasoria, nosotros llegamos tarde, la gente ya está muerta”.

SE PUEDE MATAR MUY RÁPIDO CON MACHETE

Esa mañana de diciembre le pregunté a Luis si las formas de matar variaban mucho entre culturas. Me respondió algo vago, diciendo que dependía del contexto cultural y político, y de la intención. Pero después afinó el tiro. “La diferencia más importante es la masividad. En varios países africanos donde ocurrieron este tipo de cosas el fenómeno es mucho más masivo y continuado. Sucede muy habitualmente. Quizás en algunos lugares ha habido mayor sofisticación, como en la Argentina, en el sentido de que no se mataba a la gente de forma masiva sino muy específicamente... científicamente, por decirlo de alguna manera.

Se hacía un trabajo de inteligencia importante antes de secuestrar una persona, no secuestraban a todo un barrio o un pueblo. En otros países, como en Centroamérica o en África, entraban a un pueblo y mataban a todo el mundo sin discriminar demasiado. Los métodos son más o menos parecidos. Hay países de África donde es más fácil matar a machete que con un arma de fuego, se usa mucho más eso. Es gente que usa los machetes como herramienta de trabajo, y es como un arma para ellos y lo manejan muy bien... se puede matar muy rápido con machete”.

Luis señaló que en la Argentina la guerrilla era urbana, no rural como en otros países donde se la podría enfrentar con grandes operaciones en el campo. “No podían entrar a un barrio y matar a quinientas personas para buscar a uno. Tenían que cuidar formas y procedimientos. Desde el punto de vista del impacto no era lo más elegante y prolijo.
Era secuestrar a la gente, torturarla, extraerle información, ir a buscar nuevas personas, en un proceso de alimentación que hacía que solamente se llevaran a algunas personas. Y en la Argentina hay una concentración urbana importante. La mitad de la gente desaparecida en este país desapareció en Buenos Aires. Salvo en Tucumán, no hay gente desaparecida en el campo”. En esa provincia del noroeste argentino hay selva y sierras, un paisaje que algunos vieron muy parecido al de Sierra Maestra.
En estas tácticas de contraguerrilla tuvieron algo que ver los franceses. Indochina y Argelia fueron los laboratorios en los que el ejército francés desarrolló muchos de los métodos de inteligencia y represión que usaron años después los militares sudamericanos. Sobre todo la tortura y la desaparición de los cuerpos. Marie-Monique Robin, una documentalista francesa, escribió el libro “Escuadrones de la muerte. La escuela francesa”. Ahí dice que además de lo que podría llamarse el aspecto práctico de la desaparición -“librarse de los cadáveres embarazosos”-, la desaparición también puede aterrorizar a la población, para así poder dominarla. La desaparición generaría miedo en los familiares y amigos de las víctimas, con lo que se iría impidiendo la movilización colectiva. En concreto, ¿para qué sirve enterrar cuerpos sin nombre en lugares ocultos? Primero, para sacárselos de encima; y segundo, para meter miedo en los que quedan vivos. Contra esto lucha el Equipo.

Releyendo una entrevista que le había hecho a Luis unos años atrás, veo que intenté con timidez conocer qué pasaba adentro suyo por hacer lo que hacía.

-¿Cuánto les cambia la visión de la vida este trabajo? ¿Los hace más duros o más sensibles?
-Es un poco de las dos cosas. Te endurece por algunas cosas y por otro lado te sensibiliza más, especialmente el contacto directo con familiares de las víctimas. Te hace ser más sensible. Además, manejar los cuerpos de los muertos nos hace tener una conexión especial con los familiares.

-¿Y en qué cosas los hace más sensibles?
-Quizás en ser menos prejuicioso, en escuchar más otras opiniones y en valorar más la vida, notar que cosas que uno piensa que son importantes por ahí no lo son tanto. Te hace valorar cosas que por la vorágine y el estrés te pasan por delante. Es muy difícil racionalizar ese tipo de cosas, pensar, ¿cómo alguien pudo hacer esto? Te hace pensar mucho sobre la sociedad, hacia dónde vamos y sobre los métodos para cambiar las cosas.

Más acá, en la entrevista de 2005, insistí un poco. “¿Qué precio se paga por trabajar en esto?”, pregunté. Amagó a decirme “ninguno” pero cambió en el aire. “Quizá las dificultades de la vida familiar por la cuestión de los viajes, por estar fuera del país”. Pero no creo que sea igual que ser un ejecutivo de una empresa de telefonía celular que viaja mucho; él se ataja. “Nosotros estamos muy en contacto con la gente, no estamos todo el tiempo con cadáveres o en la morgue. Pasamos más tiempo con gente viva que con gente muerta. Eso da muchas satisfacciones, porque estás ayudando a gente que hace muchos años que está en la incertidumbre y la angustia sobre lo que pasó y nuestro trabajo es devolverles algo de paz y de tranquilidad”.

Por último, puse a consideración de Luis las que yo consideraba entonces como las tres patas necesarias para cometer un asesinato masivo: una excusa (racial, política, religiosa, histórica), un gobierno dispuesto a matar, y una población civil que lo apoye. “Esa es una buena descripción de lo que hace falta -me dijo-. Quizás un cuarto sería cierta aprobación, cierta complacencia de la comunidad internacional. Principalmente de los países centrales”.

Cuando nos despedimos me dio un video documental en el que se muestran algunas de sus misiones. Se llama “Tras los pasos de Antígona” y en una parte está él en Etiopía, con la gorra azul de la ONU con la visera para atrás, investigando unos crímenes. Y fue raro verlo en ese lugar ubicado a once mil kilómetros de Buenos Aires, donde quizás después de charlar conmigo se fue a comer una pizza a la avenida Rivadavia. La intriga que me genera, y creo que es uno de los ejes de este artículo, es ¿cómo diablos llegó un argentino a investigar un crimen en suelo etíope?

QUERÍA SER COMO ELLOS

Clea Koff es morena y delgada, hija de una tanzana y un estadounidense que filman documentales. Nació en 1972 y pasó su infancia en Tanzania, Kenia, Reino Unido y Estados Unidos. Ha confesado que el trabajo del Equipo la inspiró para trabajar en antropología forense orientada a los derechos humanos. Incluso Luis y ella trabajaron juntos en una fosa común en la ex Yugoslavia. Me comuniqué con ella a través de su página www.thebonewoman.com, y de esto hablamos.

-¿Qué opinas del Equipo?
-Fue el equipo el que me inspiró para trabajar en lo forense relacionado con los derechos humanos. Cuando leí acerca de ellos en ““Witnesses from the Grave: The Stories Bones Tell” (Testigos desde la tumba: las historias que cuentan los huesos”), de Eric Stover y Christopher Joyce, que me dio mi padre cuando yo tenía 18 años, admiré mucho a cada uno del Equipo. Quedé impresionada con Clyde Snow, un estadounidense que fue a otro país para aplicar lo que había aprendido y tuvo el carisma para meter a los entonces estudiantes en un equipo que tendría un trabajo muy difícil y potencialmente peligroso para ellos.

Mientras leía ese libro, podía sentir la humanidad y la compasión de los miembros del Equipo, y traté de imaginar qué se sentiría al destapar esas primeras tumbas y ver de primera mano la evidencia de lo que se había hecho con los desaparecidos, en sus propias ciudades. En pocas palabras: quería ser como ellos y trabajar con ellos.
Gasté varios años tratando de adquirir destrezas en antropología forense antes de hacer contacto con Mimí (Doretti) y decirle que quería trabajar con ellos como voluntaria. Recuerdo haber ido a Nueva York para encontrarla y yo estaba muy nerviosa esperando la reunión. Llegué unas tres horas antes y tuve que esperar en un café, calle abajo de su departamento. Realmente los idolatraba. Luego dejé la universidad, cuando tenía suficientes habilidades para ayudar al EAAF, y para juntar plata para viajar a Buenos Aires.

Fue en ese proceso que fui consultada para ir a Ruanda con la ONU, y entonces me encontré con Luis Fondebrider y Clyde. Viendo el trabajo de Luis en Ovcara, en Croacia, todo lo que creía sobre el EAAF fue comprobado: sentí que sus habilidades eran insuperables en exponer restos esqueletarios, en interpretar tumbas, en analizar material óseo, y quizás más que todo eso: hacen el trabajo con el objetivo humanitario en su corazón.

-¿Cuál es el comienzo de una masacre? ¿Es la sed de poder y riqueza?
-En los lugares donde he trabajado –Ruanda después del genocidio de 1994, y en la ex Yugoslavia después de la guerra 1991-1995, y Kosovo después de las expulsiones de 1999- he detectado el tema común de la competencia a nivel gobierno sobre los recursos, y esa competencia precedía a las masacres durante varias décadas.
Todos los países afectados están rodeados de tierra, forzados a depender de un negocio de exportación/importación que no incluye el acceso a un puerto marino. También hay una población que crece y que sobrepasa la explotación de esos recursos naturales que generan dinero para el país.

Miembros del gobierno comienzan a apoyar selectivamente a parientes o compinches con contratos y tierras, y se desarrolla una real división entre ricos y pobres. Eso lleva a una situación donde la masa general siente los efectos de una discriminación real y eso es incentivado por propaganda sobre diferencias étnicas o religiosas entre “los-que-tienen” y “los-que-no-tienen”, ¡aún cuando eso puede no tener ninguna base real!
Eventualmente, comienza una política de gobierno para desembarazarse de toda la oposición, y de todos los que supuestamente apoyan a la oposición, por medio del asesinato. Y esa directiva es llevada a la práctica tanto por gente voluntaria como por reclutas del populacho, quienes han aceptado la propaganda con la que se los ha alimentado durante años.

Solamente hay unos pocos que planean y organizan esos asesinatos -y se pueden beneficiar mucho de ellos, en términos de poder y dinero-, pero dependen de mucha más gente para ejecutar esos planes. Esa gente también se beneficia; en Ruanda, se les ofrecía como recompensa la tierra de su vecino; en Bosnia, a las milicias se les permitía saquear cualquier cosa que quisieran o apropiarse de las casas de la gente; pero nunca podrían beneficiarse en el nivel de los que están en el poder.

Hemingway parece coincidir con Clea. En 1922 mandó un artículo desde Europa al Toronto Daily Star que decía: “La causa de todas las guerras justas es una cuestión de tierra, de campos de trigo y tabaco amarillento, de rebaños de oveja y de ganado, de montones de calabazas amarillas sobre los haces de trigo, de bosques de hayas y humo de turba de las chimeneas, una cuestión de mío y tuyo... y nunca podrá haber paz en los Balcanes mientras un pueblo posea la tierra de otro pueblo, cualquiera que sea la excusa política”. Querido lector, ¿matarías a tu vecino por “una cuestión de mío y tuyo”? Mejor sigamos con Clea.

-¿Cómo convivís con los estados de pánico?
-No estoy segura si quieres decir las veces que me he despertado de pesadillas y siento miedo y que me falta el aire.
Esas pesadillas en su mayoría están relacionadas con recibir disparos o pisar minas. Casi siempre están ambientadas en Ruanda o Bosnia. Creo que se originan en haber sido testigo de una ejecución en Kibuye, Ruanda, durante la cena en una casa de huéspedes donde nuestro equipo forense estaba parando. Dos hombres fueron arrojados por los militares ruandeses al lago Kivu, no muy lejos de donde estábamos nosotros, y luego fueron abatidos por ametralladoras mientras pataleaban.
Aunque fue claramente una ejecución de esas dos personas, una o más de las balas rebotó en el agua y pasó lo suficientemente cerca de nosotros para que yo escuchara el silbido. En ese punto, yo no podía decir si a continuación no nos iban a disparar a nosotros. Esa fue la clave de las pesadillas. El estrés de ese momento y la consternación por los dos hombres asesinados frente a nosotros dejó una especie de marca indeleble en mi psique.

-¿Crees que tu trabajo es un factor de disuasión para evitar futuras masacres?
-Cuando era más joven, tenía la esperanza de que el trabajo forense que exponía las violaciones a los derechos humanos pudiera prevenir futuras masacres de civiles o no-combatientes. Hasta ahora, ese no ha sido el caso.
Lo que ha pasado, sin embargo, es que algunos ejecutores no escatiman esfuerzos para “esconder” la evidencia, los cuerpos. Y en ese esfuerzo, dejan atrás más evidencia relacionada con el trabajo del ocultamiento. Y una vez que lo detectamos, podemos mostrar que sabían que las víctimas eran gente que podría estar protegida por leyes humanitarias, internacionales o la Convención de Ginebra ¡Porque no necesitás esconder los cuerpos de gente que fue legalmente asesinada durante un conflicto legal! Por eso, aunque los crímenes no paran, los ejecutores están revelando su culpabilidad en ese esfuerzo de ocultar los cuerpos.
Hemos visto esto en el Congo, en Kosovo, y en diferentes escenarios en Bosnia: tratando de quemar cuerpos, moviéndolos y llevándolos a otras regiones, desenterrando tumbas meses después del hecho. Este es un nuevo comportamiento y para mí eso es promisorio. El trabajo forense en la escena internacional está teniendo un efecto y creo que podemos esperar que siga evolucionando.

La entrevista se la hice en 2005. Mientras escribía estas líneas en 2006, Clea me avisó que había cumplido un sueño: Estaba trabajando para el Equipo en Chipre.

SUS RESTOS SON MIS RESTOS

Veo el video que me dio Luis, “Tras los pasos de Antígona”. Veo a una mujer, que da la impresión de estar hablando con un nudo en la garganta, medio abatida, quizás por el calor. Está vestida como si estuviera haciendo trabajo de campo, pañuelo al cuello, podría ser en El Salvador, el video no lo aclara.

“...ahí sí, ya era como que los huesos con los que yo estaba trabajando en la carta arqueológica habían sido asesinados, esas personas me estaban contando una historia terrible. Y eso me afectó muchísimo. Tampoco es que no sienta la muerte trabajando en esto. Durante el trabajo no. Durante el trabajo en la arqueología, durante el trabajo de la investigación preliminar no siento esa angustia. Ahora, cuando hacemos una identificación y devolvemos los restos y acompañamos a los familiares en el duelo, ahí lloro, y creo que todo el Equipo llora, y creo que es sano, porque es como que descargamos toda esa tensión que significó haber trabajado en eso”.

Es Anahí Ginarte, uno de los miembros del Equipo.
Veo a otra mujer, algo transpirada y con apariencia de estar haciendo un alto para descansar. Es Patricia Bernardi, que está en el Equipo desde 1984.

“...cuando tuve la oportunidad de hacer este trabajo, no lo descarté, pero indudablemente sí que se me presentó esa duda y el miedo. El miedo de decir: lo hago ¿y después qué pasa? ¿Qué pasa en este país? ¿Qué pasa conmigo? ¿Estoy preparada para hacerlo?, no sé qué pasaría si levanto el esqueleto de un humano. No tengo familiares desaparecidos, no tengo amigos directos desaparecidos, sí conozco de gente... pero también me costó porque los primeros años, cuando trabajaba estaba tan inmersa en el trabajo que la persona a la cual estábamos exhumando resultaba ya como un amigo mío, entonces eso me ocasionaba muchos problemas internos. Porque cuando se producía la restitución yo sentía realmente mucha amargura como si fuera un familiar mío. Ya había tenido muchas pérdidas, mi mamá, mi papá, y no encontraba la diferencia entre las pérdidas de mis padres con las pérdidas de estas personas a las cuales yo jamás había conocido”.

Su cara, más lo que dice, me recuerda una frase de Osvaldo Soriano: “Hay días terribles que se quedan incrustados para siempre alrededor de los ojos”.

A fines de 2005 el Equipo llevaba identificadas a unas doscientas cincuenta personas que habían sido desaparecidos de la dictadura argentina. En esos están tanto los restos que fueron devueltos a sus familiares como los que se pudieron identificar pero no se encontraron los cuerpos, y cuya identidad se conoció por medio de documentos o de huellas dactilares. A veces comparan las huellas de los dedos de un cadáver que le tomó la policía cuando lo encontró, con la huella archivada en el Registro Nacional de las Personas, donde están las fichas dactilares de todos los argentinos. Muchas veces esa tarea la hacía la misma policía que los había matado, porque la burocracia es la burocracia y la institución debía hacer lo que se llama la “instrucción”.
En democracia, el Equipo ha podido acceder a dos fuentes valiosas, ambas de la provincia de Buenos Aires, donde se produjeron la mayoría de las muertes: el Registro Provincial de las Personas, con su acopio de actas de defunción por causa violenta; y los expedientes iniciados en los juzgados penales y en los federales cuando se encontraban cadáveres en la calle o en baldíos.

En otro video, “Tierra de Avellaneda”, de Daniele Incalcaterra, una cámara sigue a los miembros del Equipo mientras trabajan en su sede de la calle Rivadavia y en el cementerio de Avellaneda, a comienzos de los ’90. Cuenta el caso de un hombre, una mujer y su hijo de 8 años que fueron asesinados y enterrados como NN durante la dictadura, y la espera de dos hijas sobrevivientes. Una de ellas dice “Ahora empieza mi vida” cuando Alejandro Incháurregui, integrante del Equipo en ese entonces, le dice que los huesos encontrados en ese cementerio son los de sus padres y su hermanito que murieron cuando ella tenía 4 años y se salvó por un pelo.


META PALA HASTA ENCONTRAR EL CRÁNEO

“Tendríamos que hacer la entrevista después del 6 de noviembre porque estoy en Uganda”, me escribió Eric Stover.

Leyendo el libro “Tumbas Anónimas”, del argentino Mauricio Cohen Salama, y el de Clea Koff, advertí que Stover es un personaje muy importante en esta historia. Vino a la Argentina en 1984 como director del programa de ciencia y derechos humanos de la Asociación para el Avance de la Ciencia de Estados Unidos (AAAS), a pedido de Abuelas de Plaza de Mayo. Con él traía al santo de esta historia, Clyde Snow.
A todos los había invitado la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), a pedido de Abuelas. Ellas querían que los científicos les explicaran dos cosas: cómo era eso de que se podía identificar a un nieto (apropiado por otra familia) con un análisis de sangre de sus cuatro abuelos; y también lo de la antropología forense, con la que se podía saber si una mujer había dado a luz, estudiando sus restos. Las abuelas querían saber más cosas para recuperar a sus nietos y esos dos interrogantes fueron la semilla de la que nació el Equipo.

Encontré la dirección de e-mail de Stover en internet y le propuse hacerle algunas preguntas, sintiendo una leve culpa motivada por García Márquez, porque para él en una entrevista no hay que usar ni grabador. Un cuestionario por correo electrónico me garantiza entonces ser excomulgado de la iglesia periodística, porque se pierden todos los detalles físicos del personaje y del ambiente. ¿Pero cómo intercambiar palabras con alguien que está en el centro-este de África, en la orilla norte del lago Victoria?
Le mandé un correo sin muchas esperanzas y al otro día me respondió, en inglés, con lo de Uganda. Llegó la fecha y le envié mis preguntas. Según me contó, estaba ahí ayudando a Unicef a armar una base de datos para la infancia vulnerable en el norte ugandés. No me explicó qué quiso decir con “vulnerable”, pero seguramente tienen que ver los cerca de veinte años de conflicto armado entre el gobierno y el Ejército de Resistencia del Señor. Y según Unicef unos 20 mil niños y niñas se infectan con el HIV todos los años por transmisión de madre a hijo.

En algunos textos había visto que se lo menciona como periodista, pero él me aseguró que no era ni eso ni científico, sino un experto y un activista de los derechos humanos. Es uno de los autores del libro en inglés “Testigos desde la tumba”, que está agotado. La obra cuenta los primeros tiempos del trabajo de Snow como promotor de la antropología forense a nivel mundial e incluye la historia de la formación del Equipo. Y Clea Koff dice que ese libro le sirvió para decidirse y abrazar definitivamente su profesión.

De aquel viaje de 1984 lo que más recuerda es una morgue de la provincia de Córdoba, donde docenas de bolsas con huesos estaban guardadas en una habitación a la espera de ser analizadas. En esos tiempos, cuando se ubicaba una fosa común, los que sacaban los huesos eran obreros con palas pero ninguna capacidad al respecto y maquinistas que operaban excavadoras para levantar decenas de esqueletos de una vez. En el video “Tras los pasos de Antígona” hay un fragmento que muestra a unos morochos argentinos vestidos con ropa de trabajo verde que tiran huesos y calaveras en bolsas transparentes, como cuando se juntan los restos de una comilona en una bolsa de basura.

Esa ignorancia en cómo manipular los restos de los NN fue una de las cosas que generó la necesidad de contar con un grupo de profesionales que supiera hacerlo, para devolverlos con nombre y apellido a sus familiares y para tratar de averiguar quién los había asesinado. “¿Para qué se toman todo este trabajo? -les preguntó por esos días un médico forense-. Nosotros lo hacemos a la criolla, hablamos con el sepulturero y le decimos que meta pala hasta que encuentre el cráneo”.

Sobre su papel en la formación del Equipo, Stover me indicó que él y Snow consiguieron los fondos para organizar en 1984 el primer seminario de entrenamiento en ciencias forenses para los jóvenes antropólogos. Snow aportó además su experiencia y ayudó al grupo “a ponerse de pie financieramente”. Después, a principios de la década del ‘90, cuando los dos empezaron a llevar equipos de trabajo al Kurdistán iraquí, Bosnia y Ruanda, pidieron la participación del Equipo.
Sobre sus miembros opina que son gente “extraordinariamente talentosa, dedicada, y compasiva”, y que “centrándose sobre todo en las necesidades de las familias de los desaparecidos, desarrollaron un acercamiento que era sensible al sufrimiento de los parientes mientras que mantenían un alto grado de rigor científico. Ahora han ampliado su trabajo sobre más de doce países en nombre de las familias de los desaparecidos y en cortes criminales nacionales e internacionales”. En realidad, el Equipo ya ha pisado más de treinta países.

Como Stover trabaja desde hace tiempo en el tema de las violaciones masivas de derechos humanos, le pregunté acerca de qué elementos son necesarios para cometer una masacre. ¿Una mezcla de excusa étnica, política, religiosa o histórica; un gobierno dispuesto a matar; una mayoría de la población que lo apoye; la indiferencia de los países centrales? Todos esos, respondió.

DIOS EXISTE PERO NO EN EL SALVADOR

El infierno existe, claro. Es como una nube de humo espeso suspendida sobre el mundo y cada tanto una de sus puntas toca la tierra. Una de esas veces pasó en 1981, cerca de la navidad, cuando en El Salvador más de cien niños fueron asesinados. Fue en el departamento de Morazán, al este del país, y duró tres días. Hoy se la conoce como la Masacre de El Mozote, tomando el nombre de uno de los caseríos donde el ejército se cebó con la sangre de chicos, mujeres y ancianos.

Acá tenemos el sitio Uno, con cientos de esqueletos de niños y entre ellos muchas puntas de balas. Allá, en el sitio Dos, están las cápsulas de esas balas. Eso significa que del sitio Dos dispararon hacia el Uno, donde estaban los niños. Debajo de nueve de los esqueletos, hay por cada uno una punta de bala. ¿Hay que explicar que están ahí porque esos chicos fueron rematados de un tiro? Eso pasó en El Mozote y revuelve las tripas investigarlo, pero alguien tiene que hacerlo. Y el Equipo lo ha hecho desde 1992, once años después de los hechos. “Nosotros llegamos tarde, la gente ya está muerta”, me había dicho Luis. Esa vez encontraron los restos de 143 personas, 131 de ellas niños menores de doce años y una mujer embarazada. En 2002 cumplieron una segunda etapa del trabajo, y encontraron los restos de treinta y siete víctimas, de las que veintitrés eran de menores de 14 años.

El principal verdugo fue el Batallón Atlacatl del ejército salvadoreño, enfrentado a la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional durante la guerra civil, que llovió muertes de 1980 a 1992. Algunos de los muchachos del Atlacatl habían sido buenos alumnos de la Escuela de las Américas, de Georgia, Estados Unidos, donde aprendieron cómo matar a un maldito comunista al calor de la Guerra Fría. La escuelita fue creada en 1946 y entrenó en tácticas militares, operaciones psicológicas, servicios de inteligencia y contrainsurgencia a más de 60 mil soldados y oficiales de América latina.

Marie-Monique Robin, en su libro “Escuadrones de la muerte”, ubica el origen de estos métodos de exterminio en el desarrollo de la guerra contrarrevolucionaria que Francia empezó en Indochina y que continuó en Argelia. “Enfrentado (el ejército) a un enemigo interno, imposible de identificar puesto que se halla diseminado en la población, conviene promover una amplia limpieza o rastrillaje, apelando a grandes medios”, describe. Y agrega: “Puesto que los rebeldes son como ‘peces en el agua’, se decide acabar con el agua”. Para la autora, esta idea Made in France se aplicó con esmero durante la temporada de huracanes dictatoriales latinoamericanos.

El trabajo de los miembros del Equipo es bajar a los infiernos, sin metáforas. Desde ahí vuelven otros, ellos mismos pero siendo tan otros cada vez, con su carga de esqueletos sobre las espaldas. Y luego vuelven a bajar. Es que todavía quedan muchos, tantísimos huesos allá abajo esperando que un antropólogo forense los acerque a la luz.

VEA LA PRIMERA PARTE

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