En Dinner in the Sky —un restaurante suspendido en el aire que recorre el mundo— a uno le dicen que si tiene ganas de ir al baño no hay problema, que pueden hacer descender la mesa muy rápido. Pero eso es completamente falso: el personal se asegura muy bien antes de subir de que todos los comensales estén livianos. También de que ninguno tenga síntomas de indigestión estomacal severa y necesite salir corriendo de repente, o volando, en este caso.

Aparte de esa restricción, es maravillosa la experiencia de comer gallina de Cornualles a 50 metros del piso, sujetado con firmeza por cuatro cinturones de seguridad cruzados —como si fuera una camisa de fuerza— en una silla de carro de Fórmula 1. La mesa es elevada por una grúa enorme —y muy lenta, por cierto— en la que se sirve una comida, usualmente para eventos promocionales de empresas. Claro, uno no podría reservar una mesa de características tan elevadas, pues toca alquilar todo el lugar y cuesta más de 15.000 dólares diarios. Por eso la mayoría de eventos son patrocinados por grandes compañías.

Mi experiencia fue durante el lanzamiento en Toronto, Canadá, de este exótico restaurante inventado por una compañía belga. Éramos 22 personas, la mayoría periodistas. Durante el ascenso tuvimos unos dos minutos para disfrutar de la bonita vista. Es bonita, digo, pero definitivamente no tan espectacular como la de la CN Tower de Toronto, que tiene 550 metros de altura. En últimas, mucha expectativa, mucho paisaje, pero cero vértigo.
La mesa en el cielo tiene todos los elementos de lujo de un restaurante cinco estrellas, aunque en vez de piso de mármol o madera fina, los pies descansan sobre una pequeña tabla. Yo me sentí muy segura. Las sillas giran, sí, pero uno no tiene la sensación de estar flotando a menos que se mueva lo suficiente como para tener los pies en el aire y no sobre la tabla, como un niño chiquito en una silla alta. La verdad, la mesa es bastante estable, y si no lo fuera uno tampoco podría quejarse con el mesero porque su mesa está ‘bailando’.

El área debajo de nosotros estaba acordonada, probablemente para evitar accidentes por si a alguno se le caía algo. Ese día estuvo soleado y cálido. Lo ideal para Dinner in the Sky es vestirse abrigado y usar pantalones. Si usted es mujer —o le gustan los atuendos escoceses— evite las faldas: un viento repentino puede ser motivo de burlas o un mirón con una cámara potente puede estar pendiente de un descuido.

La comida fue preparada por Mark McEwan y Anthony Sedlak, dos de los chefs más famosos de Canadá, quienes prefirieron no darnos entradas ni guarniciones chiquitas y pomposas porque hubieran salido volando. Además de la gallina, el menú incluía un delicioso zucchini terrine (paté de calabacín) y champaña. Parte de la comida fue preparada en tierra y cocinada arriba. Tal vez eso fue lo mejor: ver a los chefs trabajando allá arriba, con sus arneses puestos para minimizar los riesgos. La verdad es que las cosas saben exactamente igual en el suelo que a 50 metros de altura.

A pesar del posible vértigo, nadie se mareó y la gente se comió todo. Estuvimos suspendidos alrededor de una hora. Y, así como en la subida, el descenso fue lento, como el final de una montaña rusa después de que pasa lo divertido. La experiencia en general fue bastante entretenida, pero los amantes de las emociones fuertes podrían salir decepcionados porque no es nada extremo. Eso sí: ahora puedo decir que comí en el cielo.

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