La primera advertencia fue con respecto al uso del baño: si tenía ganas de entrar debía hacerlo de una vez. Lo otro, previsible: que apagara el celular, que no podría ingresar la cámara. Si esto no se acata, lo dice la carta, lo dice su sitio web y me lo dijo la hostess en buena onda, tanto la propia experiencia como la de los demás sufrirán menoscabo. Me hicieron sentar en una mesa vacía, me pasaron la carta y me informaron que el mesero vendría por mí en cualquier momento. A esa altura de la noche yo no sabía que los meseros que trabajan en Opaque son ciegos y, para ser honesto, me lo estaba tomando todo de manera deportiva. Ordené lo que menos me atraía: como entrada, la ensalada de tomates reliquia y pepino; de plato fuerte, el salmón atlántico braseado, y como postre la panna cotta de mango. No leí las descripciones de los platos, pero me enteré de que tanto de ensalada como de postre se presentan dos opciones. Hay cuatro platos fuertes: uno con pollo, uno con carne, uno vegetariano y el salmón, el cual debo reconocer es el más sabroso que he probado en la vida. Terso, jugoso y perfectamente acompañado, lo comería todos los días. Lo dice alguien que nunca ordenaría pescado en un restaurante. Cualquier combinación que se escoja del menú tiene un precio de 99 dólares más impuesto. Esto sin contar la bebida —vino, cerveza, bebidas frías o calientes—, que oscila entre los tres y los nueve dólares. Estamos hablando de alrededor de 120 dólares por persona por comer en la oscuridad. Y hay que reservar, desde luego.

El brochure no se anda con rodeos: “La experiencia Opaque permite que usted se sumerja voluntariamente en un mundo de sensibilidad que nunca antes sintió, lo llevará en un recorrido de gusto, sonido y tacto, todo en la oscuridad”. El concepto de privar a la gente de la vista con el objeto de disparar los otros sentidos viene de Europa. En Estados Unidos hay sucursales en Los Ángeles, San Francisco y Nueva York. Abren los fines de semana y pueden sentar hasta 35 personas al mismo tiempo; en una noche atienden en promedio a 65 clientes. Para inspeccionarlos, el distrito tuvo que procurarse varios sets de gafas infrarrojas. Los únicos ciegos son los meseros, por si usted se pregunta lo que yo pregunté una y otra vez.

Opaque no tiene fachada. La dirección corresponde a un bar, el V Lounge. Ingresé al sitio: un bar normal, con cierta onda a David Lynch, aunque algo prosaico. Esa noche tendría lugar una fiesta de Halloween, y el personal se había disfrazado. Las empleadas no estaban nada mal, tengo que reconocerlo. De hecho, estaban bastante buenas. Pregunté si me encontraba en el sitio correcto y me señalaron un pequeño atril al lado de la barra. Allí estaba la hostess, allí estaba Opaque.

Al cabo de unos minutos, el mesero salió de una puerta ubicada en la pared trasera. Bajo, macizo, negro, con gafas oscuras y un aparato auditivo de los que usan los escoltas, me preguntó si estaba listo. Asentí, me dio la espalda y me pidió que posara mi mano derecha en su hombro derecho. En esa formación nos adentramos en la oscuridad.

Caminamos unos treinta pasos hasta llegar a mi sitio. No sé qué esperaba yo de un restaurante cuyo estribillo es “comer en la oscuridad”, pero era verdad: no se veía nada, absolutamente nada. Cero. Con delicadeza me ayudó a sentarme y me dio una rápida capacitación de la geografía de la mesa: en dónde estaban los cubiertos (a mi izquierda), en dónde estarían la canasta del pan (allende los cubiertos), los platos (en todo el frente) y las bebidas (al norte de los platos, siempre tocándose). Puesto que no tenía nada que hacer, intenté quitarme la chaqueta. Liberé el brazo derecho y algo cayó al piso; sentí como si se hubiera escuchado en todo el estado de California. Desistí de esta idea, con cuidado me vestí de nuevo y opté por medir la mesa: un cuadrado perfecto de cuatro cuartas. Por alguna razón, estaba encorvado, y cuando cobraba conciencia de ello me erguía sobre la silla para, a los pocos segundos, encorvarme de nuevo. Así fue toda la noche. Se oían voces a lo lejos pero era imposible reconocer palabras. Sin ningún motivo específico, las gafas que llevo siempre comenzaron a pesarme. ¿Por qué razón había entrado con ellas?

—Juan… Juan —siempre que se aproximó, Michael lo hizo pronunciado mi nombre.

—Señor.

—Prueba esto —y, tras tocar mi mano, dejó algo en ella—, es una sorpresa.

Cerré los ojos y me lo metí a la boca, cuidando de no morder el papel que lo sostenía. Tenía más de un queso, ¿tomate?, y solo me di cuenta de la aceituna hasta que le di un mordisco franco. Siempre he odiado el sabor de la aceituna, y esta era por mucho la más fea que había probado en la vida. La mastiqué largamente: hacia el final me supo bien.

Michael me trajo el pan y la ensalada, me sirvió agua y me trajo la gaseosa. De entrada fijé que no tenía objeto intentar nada con el cuchillo. Me defendería con el tenedor, con el pan y con las manos.

Fue una buena estrategia, si bien en algún momento del plato fuerte rompí el récord mundial de chupar el tenedor sin que este trajera nada. Hasta siete veces lo hice; más o menos hacia la quinta o sexta golpeaba la mesa con el puño cerrado, soltaba alguna mala palabra y lo intentaba de nuevo. También reía, ¿qué más iba a hacer? La unión del tenedor con un trozo de pan probó ser el mejor mecanismo de alimentación, aunque tuve que usar las manos para comprobar que ya se me estaba acabando la ensalada, y que todavía quedaba comida en los extremos del plato. Para cuando terminé el plato fuerte ya casi había perfeccionado mi sistema. El postre, delicioso, lo comí con propiedad. Mientras lo hacía, sentaron a una pareja a mi lado. Espié su tímida conversación. La muchacha dijo en algún momento: “¿Cómo se supone que me debo comer algo que no estoy viendo?”.

“Principiantes”, pensé con desdén.

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