Como sé que voy a un café-restaurante para y de sordos, lo mejor es que cuente cómo entró un tipo que no sabía. No podía saber, porque el restaurante Signes es, por fuera, idéntico a cualquier bistró de barrio de París, ventanales amplios, una carpa para las mesas “de terraza” y una puerta que da frente a la barra. El hombre parecía de prisa, se paró frente al mesero y mientras miraba su reloj dijo: “Un café”. Luego repitió: “Un café”. El mesero señaló con el dedo su oído derecho y levantó las cejas. Otro mesero salió y se señaló también el oído. El hombre apuntó su dedo hacia la máquina del café e hizo con las manos un gesto de “pequeño”. Los sordos sonrieron. Habían comprendido.

El hombre también había comprendido.

El café Signes abrió en el 2003; los trabajos para acondicionarlo tomaron cuatro años desde finales del 98 cuando a Martine Lejea-Perry, fundadora del centro de rehabilitación ESAT Jean Moulin, se le ocurrió utilizar el local del restaurante vecino que acababa de quebrar.

Ahora, Signes sirve cincuenta almuerzos diarios. Siempre hay que reservar, pero he tenido la suerte de encontrar una mesa. Junto a los cubiertos hay una cartilla con breves instrucciones sobre el lenguaje de manos. Para llamar la atención del mesero hay tres opciones. La primera es golpear la tabla. No la escuchará, pero la madera es hueca y trasmite la vibración al suelo. La segunda es levantarse, como hace el pensionado de una mesa vecina, que viene varias veces por semana e insiste en que los meseros del Signes son los únicos amables de todo París.
 
Lo que puede ser cierto.

La tercera, oprimir un botón en la pared que activa una lamparita verde sobre la mesa.

El mesero que viene se llama Alex y para vocalizar su nombre se esfuerza mucho menos de lo que yo me he esforzado para preguntárselo con señas. Cuando pasan tiempo juntos, los sordos se nombran con atributos de su personalidad o de su físico. Uno de los presentes es ‘Papas-fritas-en-la-cabeza’ porque hasta se fijaba el peinado con gel. Su compañero es ‘Tímido’, porque es tímido.

En la cartilla están las señas para carne, pollo y pescado. Así que hago ‘no-carne’, ‘no-pollo’, ‘no-pescado’. Alex sigue parado junto a mí, con la libreta en la mano. En ninguna parte del folleto dice ‘ensalada’ o ‘alcachofa’. Tampoco ‘vegetariano’. Me las arreglo para hacer la seña de ‘sopa’. Alex toma nota. Lo que llega es una crema de ahuyama, seguida de un plato que contiene puré de papa, arroz y un puré de arvejas.

Mientras lo han preparado, yo he estado aprendiendo a decir. ‘gracias’, ‘por favor’, ‘vaso’ y ‘vino’.

Entretanto, Alex ha ido a la cocina y llegan más clientes. Algunos son de barrios cercanos, que saben que los precios, alrededor de 10 euros por un almuerzo completo, están incluso un poco por debajo de los de otros restaurantes del sector. Cuando mi sopa y mi plato están listos, el encargado de la cocina acciona un botón y Alex siente una vibración en su cinturón. Gracias a un aparato del tamaño de una caja de cigarrillos, los meseros saben que la orden está lista. Yo hago ‘gracias’, ‘vaso’ y ‘vino’. Alex, la de ‘de nada’.

No entiendo su siguiente pregunta, pero repito la seña de ‘vaso’. Es temprano para una botella.

Alex me da dos opciones, pero no sé a qué se refiere. Le digo que la segunda. Cuando se va, comprendo que quiere saber si ‘tinto’ o ‘blanco’.

Lo alcanzo en dos pasos. Hago ‘blanco’. ?Alex llega con un vaso de tinto. Miro en la cartilla, el error es mío.

Almuerzo terminado, las señas de ‘café’, ‘té’ y ‘chocolate’ son sencillas. Las primeras como de tomar en un pocillo o pocillito. La tercera, me parece, como de quien le echa mantequilla al pan con el que se tomará el chocolate. Cuando termino mi café no tengo problemas: en Francia, como en Colombia, la cuenta se pide con el mismo gesto.

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