Tras mi breve tránsito por esa sagrada institución y luego de un largo camino en el que he encontrado a muchísimas mujeres que pincharon en el intento, he confirmado que mi aversión por el matrimonio es comparable a la que profeso por la leche, el queso de cabra, los verbos colocar y escuchar, el lenguaje políticamente correcto, las palabras con ‘ch‘ (chorizo, chulo, chicha, chinche, chanchullo, chancla, chueco, chumbo...), los chismes de farándula, el jet set, los cocteles del jet set y los lagartos de coctel, las feministas de mochila, el compromiso de género, los almuerzos de señoras, las morisquetas de las Barbies que cierran los noticieros, los tipos que usan medias tobilleras, los vegetarianos, los entierros, las telenovelas, los realities y los libros de autoayuda.
No nos digamos mentiras, el matrimonio es fatal, quedó mal inventado. Es más aburrido que un toque de queda con un militante del Opus Dei, que unos retiros espirituales, que los seminarios de integración de las empresas, las fiestas de oficina, las reuniones de padres de familia y los bazares de colegio. Es odioso porque fue diseñado para toda la vida y eso, de entrada, hace que la apuesta sea muy arriesgada. Nada más enredado que el ser humano ni más aterrador que la perspectiva de que solo la muerte nos pueda separar.
Considero que echar reverso es un derecho inalienable. Hasta los ríos pueden cambiar su curso.
Sin embargo, y aun a sabiendas de que el matrimonio es tan azaroso como una lotería, buena parte de las mujeres -yo, entre ellas- resolvemos en algún momento, por amor, apostarle al gordo. A nuestro gordo. No faltan las muy pragmáticas -y no muy enamoradas- que resuelven chulear al tema para incorporarlo a la hoja de vida; las muy quedadas que rapan la mano a la primera propuesta y se meten en ese berenjenal por el terror de quedarse solteronas, o las muy convencionales que se lanzan al agua por el deseo de tener hijitos con todas las de la ley, como cualquier Susanita que se respete.
No bien termina la luna de miel, quedamos notificadas del fin de nuestro reinado. De ahí en adelante, la poco o mucha autonomía de vuelo conquistada con esfuerzo queda hipotecada a la inveterada creencia de que los hombres nacen con las manos consagradas al Sagrado Corazón. "Hay que cambiar el bombillo del baño", "hay que vacunar el perro", "hay que llevar la ropa a la lavandería", "hay que pagar el teléfono", y mil "hay que..." adicionales, que el dueño de los muebles supone que su media naranja debe traducir en realidades porque él vive muy ocupado y esas son cosas de mujeres. No importa que ella también trabaje y esté tan atareada como él, la división social del trabajo en el hogar juega a favor del pequeño tirano que la suegra ha cultivado con esmero. En esa lucha soterrada de poder, las mujeres acabamos perdiendo hasta el control de la televisión.
Uno tras otro, ciertos pequeños detalles -o la total falta de ellos- convierten el matrimonio en una especie de servicio militar obligatorio. ¿Qué tal los ronquidos que nos hacen creer que a nuestro lado duerme el león de la Metro? ¿Qué tal el ritual de la mañana, el penoso espectáculo de ese hombre barbado, desmirriado en su piyama azul de rayas, los ojos hinchados y un tufo que se siente desde la cocina? Ni qué hablar del baño compartido, los pelitos de la barba en el lavamanos, el bizcocho salpicado, la crema de dientes aplastada por la mitad, la toalla húmeda en el suelo, los calzoncillos y las medias en un rincón, los cajones y las puertas de los clósets de par en par... Los roces a propósito de nada.
Y a la hora de vestirse, las preguntas que se repiten como letanías: "¿Dónde está mi camisa azul?", "¿dónde pondrían mis mancornas?", "¿qué se hicieron mis medias grises?". Debemos dar cuenta de todo. En cambio, a ninguna mujer se le ocurre pensar que su marido deba responderle por el lugar donde reposan unos calzones rosados de encaje, los aretes de perlas o las llaves del carro. Nosotras o sabemos dónde están nuestras cosas o las buscamos.
Si en el matrimonio hay algo que se aplica al pie de la letra es la ley del embudo. Eso lo aprendí en ese colegio donde fui educada religiosamente en "la filosofía del ala de pollo": la pechuga para el marido, el proveedor; piernas y perniles para los hijos, en proceso de crecimiento, y la alas... a esos descarnados apéndices debíamos aprender a sacarles gusto. Y así es con todo. Si hay dos carros, el más perrata tiene destinación específica: ella. El de tirar pinta: él. ¿Qué programa de televisión ver? El partido de fútbol que a él le gusta. ¿Los almuerzos de familia? Imperativo si es donde su progenitora, porque madre no hay sino una: la suya. ¿Si para colmo de males es golfista? No solo la mujer se vuelve viuda en forma prematura, sino que debe sufrir con resignación cristiana las conversaciones monotemáticas con los amigos de juego sobre los berdies, bogeys y aires que han hecho y, por instinto de supervivencia, mantener la boca bien cerrada. Si la abre, aun para bostezar, corre el riesgo de que le metan hoyo en uno. ¿Y las fiestas? Basta que ella esté animada y en vena porque, justo ese día, el marido quiere salir corriendo. Si el copetón es él -¡güepa jé!- ni soñar con hacerle ojitos para insinuarle que es hora de partir. Y, además, se ve obligada a presenciar el espectáculo cursi de sus coqueteos con las separadas de ambiente o las modelitos de turno, esas con carita de ángel y actitud de zorras. ¿Quién lo convence de que no es obligación raspar fiesta?
Ni qué decir del martirio que significa la espera cuando Romeo no va a comer a la casa. Es la agonía de ver cómo pasan las horas, la eterna duda: ¿me estará poniendo los cuernos? La pregunta salta como gato al cuello. Los ánimos se revuelven, los instintos asesinos se despiertan, dan ganas de largarse para la Patagonia. No es la primera vez. Pero... ¿y si el pobre ha sufrido un accidente, si le han hecho el paseo millonario o le han dado burundanga? De pronto, el sonido de las llaves... Ha sobrevivido, mejor no decir ni pío. Sería como arar en el desierto. La solución es dar la vuelta hasta que el hombre caiga fundido. Los
ronquidos confirmarán, una vez más, que al lado yace el rey león. Llegaremos como pasadas por trapiche a la cita de las ocho de la mañana.
Para completar el cuadro clínico, los maridos
están convencidos de que su posición en el matrimonio es el de marcadores de punta: ¿por qué no estabas en la casa cuando llamé?, ¿a dónde fuiste? ¿con quién almorzaste?, ¿por qué no contestaste el celular? Pero basta que uno abra el signo de interrogación para que broten sindicaciones como reacción en cadena: celosas, controladoras, sobonas... Es que las mujeres -dicen- somos posesivas y no dejamos espacio. Y por eso, por esa asfixia que supuestamente causamos, es que un buen día deciden irse con su música a otra parte.
Día a día, poco a poco, el matrimonio se va convirtiendo en una jaula, de oro en algunos casos, pero jaula al fin y al cabo. Por eso odio el matrimonio con todos su rituales, sus grillos y sus cadenas. Me gusta dormir en diagonal, atravesada en la cama, tener el control de la televisión, pasar los domingos en piyama, no tener que compartir el baño ni hablar antes de las 10 de la mañana. En fin, disfrutar mis pequeñas neurosis, no sentirme culpable por mis mañas y mis antojos y mi manía por el orden. No tener que responder por mis prolongados silencios. A estas alturas de la vida, con las riendas de mi vida en las manos, nada más delicioso que la autonomía de vuelo. Por fortuna, el hombre que quiero y que también comparte la filosofía del ‘mejor juntos pero no revueltos‘, lava -mejor dicho, le lavan- los calzoncillos en su propia casa.

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