Se me aguan los ojos por cualquier cosa, pero solo lloro de verdad en las películas en las que ocurre una reivindicación. Si me acuerdo vivamente de alguno de mis muertos, si me dejo invadir por la idea de que todo esto se va a acabar alguna vez, si me pongo a pensar más de la cuenta en mi buena suerte, si me quedo mirando fijamente a la gente que me tocó cuidar, a mi familia, me conmuevo —como dicen— “hasta el borde de las lágrimas”, pero siempre me evito a mí mismo llorar. Por supuesto, he llorado cuando he tenido que hacerlo (“me caí”, “me dolió”, “se acabó”, “se va”, “se fue”), porque a veces no hay otra manera de responderles a los hechos, pero si no se trata de una cuestión de vida o muerte hago lo mejor que puedo para no llorar.

Una tarde, a los 10, lloré por primera y última vez al final de un partido de fútbol. Es un extrañísimo episodio de mi vida, sí, pues mantuve la compostura cuando la Alemania de Rummenigge salió eliminada del Mundial del 82, cuando con razón fue cancelado el Campeonato de 1989 justo antes de que mi equipo del alma se llevara la estrella 14, cuando conseguimos ganarle al onceno de un técnico que nos gritaba “¡maricos!” e “¡hijueputas bobos!”, en 1991, con un equipo milagroso de siete bajitos, y cuando logré ir de la decepción a la vergüenza que sabemos unos días después del fracaso colombiano en el Mundial del 94 (me limito a reproducir el titular: “Asesinado Andrés Escobar por hacer un autogol”), pero el día que digo no fui capaz de contenerme.

Y, no me pregunten por qué, desde entonces he querido convertir esa escena en un relato ficción: un poema épico para lectores de 7 a 12, una película interpretada por un hato de niños gritones, una miniserie, El dueño del balón, que no soporte ningún gerente de la televisión.

Fue en quinto de primaria. Era claro, a los 10, que yo era —ya sé, ya sé— un mediocampista que tendía hacia la izquierda: un zurdo difícil de vencer. Era además el dueño del balón. El que elegía los jugadores, el que mandaba el juego, el que condenaba al que se comía el gol en la boca del arco. El fútbol me había traído una imagen favorable del 85 % en los campos del colegio: pregunten por ahí si no me creen. Hasta que un par de amigos míos me expulsaron de mi equipo “porque no nos gusta que usted sea el número 10” tres días antes de que empezara el torneo de la primaria. “Yo sé lo que se siente”, me dijo uno de ellos en un arrebato de compasión, pero ya era demasiado tarde. Dije “está bien…”. Me fui. Salí dignamente, despacio, como un rey derrocado en una tragedia, con mi balón debajo del brazo. Y me fui al salón de quinto con los ojos aguados, sí, pero no lloré ni cerca ni lejos de los conspiradores: faltaba más.

Esa noche les conté mi revés de fortuna, “¡qué traición!”, a los tres honorables miembros de mi familia: mi papá, mi mamá, mi hermano. Y al día siguiente, siguiendo sus consejos, llegué al colegio decidido a inventarme un equipo nuevo para alcanzar a participar en el campeonato. En honor a la verdad, conseguí un aliado desde el bus. Y fue con él, con Vesga, que era mi amigo de chistes —y lo es—, que tomamos la decisión de armar una selección de renegados: de basquetbolistas, de gordos, de torpes, de vagos. Le pusimos Cosmos porque así se llamaba el equipo gringo de Pelé. Y sí, nuestro arquero se ponía a hablar con sus papás mientras le llegaba el balón, nuestro lateral izquierdo cabeceaba con los ojos cerrados, nuestros centrales hacían “piedra, papel y tijera” para decidir cuál de los dos marcaba a mastodontes enemigos en los tiros de esquina.

Pero, por alguna extraña razón, ganamos todos los partidos del campeonato, todos.

Yo nunca recuperé la corona porque ya no la quise, pero los conspiradores tuvieron que felicitarme por haberlos derrotado en la final.

Y no me puse a llorar enfrente de nadie, no, faltaba más, pero sí lloré y lloré detrás del kiosco del colegio porque nunca en la vida me había sucedido una reivindicación: una escena suficiente.

Vesga me vio como si fuera un miembro más de mi familia. Pregúntenle a él si no me creen.

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