Juan Román Riquelme no habría sido capaz de alejarse más de dos cuadras de San Jorge, el barrio de invasión donde sus pies descalzos descosieron por primera vez un balón. Pero ahora, el ‘Nene’ está alistando maletas para cruzar el Atlántico a finales de julio —después del Mundial de Clubes— e instalarse a más de diez mil kilómetros de distancia, en la tierra de Gaudí y de las ramblas.

Román sueña con unas maletas grandes, en las que quepan sus nueve hermanos menores, sus padres Cacho y María, su mujer Anabella, su hija Florencia, sus amigos del barrio, el mate, el asado y los chorizos a la pomarola. Si fuera por él se llevaría todo: la tienda de la esquina en la que toma Coca-Cola, los potreros en los que todavía descresta a los amigos cuando se trata de un picadito, el jardín de la casa de su madre donde se arman las interminables partidas de cartas, el asador de su padre y las cumbias en los vestuarios, antes de pisar la gramilla. Si fuera por él, no se iría nunca. Se quedaría haciendo pases, túneles, goles y gambetas. Se quedaría oyendo latir La Bombonera cada vez que sorprende con un nuevo truco que sale del sombrero. Pero el ‘Nene’ se hizo grande y Boca ya no puede con tanto peso. El 29 de marzo Mauricio Macri, el presidente de Boca, anunció la casi segura venta de Riquelme al Barcelona por 64 millones de dólares (22 netos para el Club), la cifra más alta que se ha pagado por un futbolista que juegue en Argentina.

Ese día, bien temprano, comenzó una telenovela de varios capítulos y protagonistas que estuvo, como buen drama, repleta de infidelidades, intrigas, pactos traicionados, chismes, peleas y reconciliaciones. Mientras el presidente del Barcelona Joan Gaspart intentaba —entre discusiones y pactos de silencio— ponerse de acuerdo con el representante de Riquelme, Marcos Franchi, y con Mauricio Macri, muchos querían jugar algún papel en el culebrón. Los hinchas en las tribunas quedaban roncos de cantar: “No se va, Riquelme, no se va”. Maradona, el bostero número uno que no duda en declarar que Román es un grande que supo cargar con la diez de Boca —esa diez que tanto le debe al Pelusa—, trató de persuadirlo: “En Barcelona se encontrará con una jaula de leones”. Bianchi, en cambio, con su característico tono paternal se encargó de animarlo, diciéndole que no se podía quedar en Boca, que tenía que marcharse, crecer, que era hora de abandonar el nido.

Es más, ‘El Virrey’ que no suele conceder muchas entrevistas, le dijo, con el pecho inflado de orgullo, al diario Sport de Barcelona: “Riquelme es el mejor diez del mundo. Es un centrocampista cerebral que dirige el juego y marca muy bien los tiempos, a diferencia de Aimar que se apoya más en la velocidad”.

Y entre todas estas intervenciones, el único que parecía no querer estar en el show, era la estrella. ‘El Romy’ siguió con su rutina sin darle la cara a las cámaras, bajándose apurado de su Mercedes polarizado, corriendo tarde a los entrenamientos en las canchas de Casa Amarilla, gambeteando periodistas como si no se hubiera estudiado el libreto: “No sé nada, mi representante es el encargado de la negociación, yo no hablo”.

Sólo fútbol
A Román no le gusta la prensa. “No tengo nada de qué hablar. Mi vida no tiene ningún misterio. Me gusta jugar a la pelota, estar con la familia y comer asado con los amigos”, ha dicho, enfático en varias oportunidades. A la prensa, en cambio, le encanta hablar de él: de sus peleas con Macri por el contrato, de los goles, de Bielsa que no lo llama a la Selección. “Bielsa parece ser el único que no se da cuenta de lo grande que es Riquelme”, aseguró para la cadena CNN en español Carlos Salvador Bilardo, en un programa especial en el que se analizaba al equipo argentino.

Para Antonio Serpa, el periodista del diario deportivo Olé encargado de cubrir Boca desde hace cinco años, “Riquelme no es un jugador normal, es de esos que aparece muy pocas veces en la historia de un club, cuando aparece. Ha sido el único capaz de aguantar el peso de Maradona y convertirse en ídolo con la diez de Boca. “Hay que ver cómo se mueve, cómo se desenvuelve, cómo acaricia el balón. Es un jugador exquisito, un estratega”, afirma Mariano Hámilton, el editor de El Gráfico.

Riquelme dejó la escuela en quinto de primaria para dedicarse exclusivamente a “jugar a la pelota”. Cacho, su padre, un albañil que era el entrenador de La Carpita —el equipo de San Jorge— se puso feliz. Había sido el entrenador de Román casi desde que aprendió a caminar y confiaba plenamente en las capacidades de su hijo, un chiquitín a quien hacía llorar en todos los partidos. Cacho, como entrenador, no se caracterizaba por su buen carácter pero sí por su buen ojo. Y no se equivocó. A los 11 años Riquelme ya formaba parte de Argentinos Juniors y a los 18 Boca desenbolsillaba 800 mil dólares por su pase.

Cuatro años después el hombre que cargó con una decena de amigotes de San Jorge a Villa Gessel para que conocieran el mar, el padrazo que no duda en afirmar que el mejor día de su vida fue cuando nació su hija Florencia, el amante del billar y los juegos de mesa, le sigue los pasos a Maradona y después de pasar, como Diego, por Argentinos Juniors, la Selección Juvenil y Boca, se lleva sus gambetas y sus goles al Barça, con un contrato a cinco años en el que recibirá cerca de 38 millones de dólares.

Cuatro años después el hombre fanático del grupo de cumbias Trinidad, que prefiere jugar fútbol en el barrio que en La Bombonera y que lo único que quiere hacer cuando termine su carrera es comer asado todos los días, está a punto de cumplir con un sueño: jugar al lado de Kluivert. El otro sueño, el de ponerse la camiseta azul y blanca, parece que tendrá que esperar un poco. “Ojalá pueda ser titular en la Selección. Es lo más lindo que hay salir a la cancha con la remera del país”, dijo cuando lo eligieron, en diciembre, el mejor jugador del año., "no tengo nada de qué hablar, me gusta jugar a la pelota": Riquelme,,

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