Robert Carmona había acompañado a su hija al shopping center para comprarle un libro para el liceo. Entraron a una librería y Robert hizo lo que nunca: tomó un libro. Era el Libro Guinness de los Récords. Buscó en el índice y fue directo a las páginas que le importaban, las de fútbol. Vio quién tenía el gol más tempranero, el jugador expulsado más rápido y quién hizo el gol desde más lejos, hasta que llegó al futbolista más veterano que todavía jugaba oficialmente. Cuando vio que ese récord lo ostentaba Marco Ballota, volante de Lazio, con 43 años, se sorprendió como Caperucita Roja cuando vio a su abuelita tan distinta. “Si yo me pongo de nuevo los cortos el año que viene, con 49, y jugando en el club decano de Uruguay, ese récord es mío”, pensó.

Así nació la quijotada de este hombre que nació para ser futbolista en la medianía, aunque él se sienta tan feliz y su rostro lo demuestre tan poco. Desde ese día, Carmona tiene una idea fija: sacarle el récord a Ballota y que en el mundo entero se hable de él.
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Carmona es el director deportivo, mánager, entrenador, preparador físico, équipier y hasta aguatero de Albion Fútbol Club, un club malhadado de la divisional C de Uruguay que se jacta de ser el verdadero decano del fútbol uruguayo, para romper las discusiones histéricas de Peñarol y Nacional. Desde 2010, también es futbolista del cuadro, un volante de creación lento pero criterioso.
Hoy Carmona no corre, trota. Cuando le pasan el balón, da la impresión que piensa más de la cuenta, que debe esforzarse para rematar y que se esmera en ser atinado con el destino del mismo. Los rivales lo marcan como con un respeto excesivo, como con miedo a lesionarlo y cortar su dilatada carrera en un santiamén. Desde afuera, la tribuna lo alienta con tibieza y hasta candor. A Carmona no se lo insulta, se lo mima.
Albion fue fundado el 1 de junio de 1891 y, dicen, la selección uruguaya jugó por primera vez con la camiseta azulgrana de este equipo fundacional antes de la era celeste. Desde entonces, milita en su reducto histórico: la tercera división del fútbol uruguayo, un gran agujero negro donde los jugadores llegan de sus trabajos para ponerse a jugar malcomidos y les rezan a todos los santos para que los vea un cazatalentos.
El DT y hombre orquesta de Albion llegó en 2004 para “hacer y deshacer”, tal lo que acordó con el presidente del club, Fernando Chaínca. Lo increíble es que no arregló una paga, por el contrario: Carmona pierde plata con el cuadro, unos 500 dólares mensuales entre pagar fichajes de jugadores, comprar pelotas, pagar traslados y comidas a los jugadores una vez por semana. En Albion se siente cabeza de ratón.
Carmona se parece al actor Viggo Mortensen, pero más triste. Ha vivido, desde que tiene memoria, por y para el fútbol, pero este ha sido muy ingrato con él. O eso parece. Él dice que no, que siente que ha cumplido y se siente realizado. La última vez que cobró un sueldo como futbolista fue en 1997, en un equipo de la ciudad de Young.
En los ochenta jugó en varios equipos de Montevideo, pero siempre en tercera o cuarta división, luego pasó al Municipal Limeño de El Salvador hasta que en 1988 se fue a jugar a Estados Unidos. Esa fue, según él, su época dorada: en el fútbol semiprofesional gringo jugó en el Boys Club de la liga de equipos portugueses, pero donde más se lució fue en Los Imperiales de Nueva Jersey donde, dice, fue elegido como “uno de los mejores” jugadores del torneo en 1993.
Un año después jugó en la selección uruguaya… de inmigrantes de Nueva Jersey. “Por aquellos años jugaba allá porque se pagaba muy bien, a veces mil dólares por partido más viáticos, y cuando había receso me venía a jugar a Uruguay, a cuadros del interior. En la Liga Fernandina (del departamento de Maldonado) me pagaban 300 dólares por partido en aquel momento. Así pude comprar mi casa, mi auto, ayudar a mi esposa para que se recibiera”, dice él con orgullo.
Hoy su mujer es pediatra neonatóloga y es la que mantiene el hogar, porque Carmona no tiene ingresos del fútbol, y no quiere dedicarse a otra cosa. Quiere seguir dirigiendo y jugando en un equipo que lleva treinta personas —los familiares de los jugadores— a las canchas, que tienen más barro duro que césped y más policías que aficionados. En la C no hay alcanzapelotas ni vendedores de chorizos al pan.
Carmona se consuela con pequeños logros que, para otro, podrían ser frustraciones. Ascendió a Deportivo Colonia a la primera división de Uruguay, pero luego de la clasificación lo echaron (“cosas del fútbol”, explica enigmáticamente) y ha representado a jugadores que sí llegaron al profesionalismo, “como Heber Collazo, que ahora está en Peñarol, y lastimosamente lo perdí”. 
No solo eso. Una vez con Albion dejaron afuera de la lucha por el título a Platense al ganarle 3 a 2, otra vez le ganaron 4 a 2 a Boston River y lo obligaron a jugar finales contra Oriental de La Paz. Dirigiendo a la cuarta de Albion una vez llegó a la final. Y perdió.
En su hoja de vida suma otros asteriscos de dudosa reputación: fue captador de talentos durante seis meses en Tristán Suárez de Buenos Aires junto a Diego Maradona (una foto lo muestra a él sonriendo frente a la cámara, Diego mirando para otro lado), trajo al hijo de un conocido periodista chimentero argentino a jugar a Albion y apadrinó a jugadores japoneses, que fueron a La Luz en la divisional B y Racing, en la A. Los jovencitos nipones que pasaron sin pena ni gloria por Uruguay fueron el arquero Ryota Zama y el delantero Hideki Kakita, a quien todos llamaban por su apellido.
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En julio de 2009 lo entrevisté para una crónica sobre la segunda división amateur, como pomposamente se llama la ex C. Le pregunté cómo estaba el histórico Albion, uno de los ocho clubes más añejos del mundo, y me contestó: “En el horno. Está arruinado, impresentable, destruido. Es una vergüenza que en este país futbolero dejen morir a la institución fundadora del fútbol uruguayo. Sería bueno que el ministro de Deportes y las autoridades no miren solo a la A o a la B e hicieran valer en la FIFA el nombre del club más antiguo del país”, se despachó.
Su equipo iba último y estaba por enfrentar al primero, Coraceros Polo Club. Carmona me dijo: “Está vivo gracias a que Carmona hace lo que hace con un grupo de muchachos”. Ese día al entrenador le faltaban seis titulares: algunos estaban sancionados, otros lesionados y otros no habían podido ir porque tenían que trabajar.
En el vestuario les dio a sus dirigidos algunas indicaciones. “Tenemos que parar la línea de cuatro, como dijimos. Los dos puntas no pueden dejar que ellos salgan con soltura. Tenemos que manejar el cero en nuestro arco, ¿eh, Torena?”, le dijo al arquero. Se jugaba el Clausura, era el partido revancha del Apertura en el que habían caído 8 a 0. Mientras los jugadores entraban a la cancha, Carmona hizo una predicción, esa tarde perderían 15 a 0. No le erró por mucho: su equipo cayó 12 a 0, y —se sabe— Torena no supo “manejar el cero” en su arco. El chico se fue desconsolado; quería llegar a jugar en Peñarol en algún momento.
Al año siguiente y con Carmona ya como jugador (DT, y sus otros roles), Pablo Torena ya no estaba en el plantel. Es que en un partido tuvo el tupé de rezongar a Carmona porque se comió un amague de un delantero rival, en una jugada que terminó en gol. “¡Marcá, Carmona! ¡Acá sos uno más, eh!”, le gritó el chico al veterano futbolista. “No, te equivocás, sigo siendo el técnico”, le contestó, y lo sacó del equipo en ese instante.
Al terminar la temporada 2010 Albion ya no iba último como el año anterior sino tercero, contando desde el último hacia arriba. Pero Oriental, uno de los dos colistas, estaba allá abajo porque le quitaron varios puntos por una sanción administrativa. Carmona dice que lo que cambió de un año al siguiente es que “ahora juega Carmona”, y manda desde la cancha.
 Me lo dice mientras vamos por la rambla portuaria de Montevideo en su auto rumbo al penúltimo partido del campeonato. Estamos llegando tarde, faltan 15 minutos y todavía tiene que pasar por su casa a buscar la indumentaria de los jugadores. Mientras maneja llama por su celular a un defensa, le da la integración y luego le pregunta quién es el juez. “Bueno, decile que me aguante que Carmona está llegando con las camisetas y la ficha de ustedes, que no lo suspenda, por favor”.
Ese día él decidió no ponerse entre los titulares por estar lesionado. Llegó faltando cinco minutos para el comienzo del partido e intentó reunir a todos, que se alternaban para orinar a último momento. Repartió las camisetas, que en lugar de patrocinador tienen una leyenda autopromotora; delante dicen “R. Carmona. World Record Guinness 2010” y en la espalda “Facebook Carmonayalbion”. “¿Qué querés? Si yo mismo no me doy para adelante, no lo va a hacer nadie”, se justificó.
Nuevamente me permitió escuchar la charla técnica en el precario vestuario. “Muchachos, lo importante es no entrar como locos. Tenemos que ser conservadores por nuestro físico, porque no tenemos un buen entrenamiento. Andrés, ponete las pilas hoy. ¡Que no te echen hoy, te pido! Has hecho cosas buenas, pero te has mandado muchas cagadas. Vo’, no puede ser que siempre que viene alguien de la prensa nos comemos ocho o nueve. ¡No me hagan pasar vergüenza! Que hoy el periodista se vaya y diga: ‘Mirá vos, los de Albion, empataron 0 a 0’…¡por lo menos!”.
La explicación de las catástrofes esperadas quizás tenga que ver con el estilo Carmona como seleccionador de jugadores. “Conmigo han jugado gorditos, ha jugado cada uno… Para mí lo importante es que sean buenas personas, que tengan valores, que sean gurises de familia; si juegan bien, mucho mejor. Pero lo mío es una obra social”, me había advertido en el trayecto a la cancha (decirle estadio al Parque Suero de Colón sería una hipérbole).
“Yo me iba a cambiar hoy para jugar, pero estoy recaliente, estoy requemado, así que prefiero dirigirlos”, les dijo a ellos, minimizando su tirón muscular. 
Se puso al lado de la línea de cal para esperar el comienzo del partido y un hincha gritó: “¡Pongan a Carmona, che! ¿Dónde está el 10?”. Él giró y le levantó su pulgar al padre del arquero de Albion, que dio más órdenes que el propio técnico.  
El primer tiempo terminó solo 1 a 0 en contra, y entusiasmado, Carmona les dijo en el entretiempo que estaban jugando bien y debían seguir así. Al zaguero que le había pedido que no se hiciera expulsar, ahora le dio otro consejo: “Meté un suelazo en alguna pelota dividida, que no tenés ni amarilla”. “¿Viste cómo es esto?" Nos llegaron una sola vez y fue gol. Esa es mi historia, mi karma, me patean una vez al arco y es gol”, me dijo. El partido terminó 4 a 0.
En la vuelta a casa, Carmona me fue contando su vida como jugador, técnico y dirigente de entrecasa: contó que había abandonado el secundario para dedicarse al fútbol, que desde chico siempre le pedía a Papá Noel una pelota, que en el semiprofesionalismo estadounidense la “rompió” (“tenía buen dominio del balón y una buena pegada, que aún conservo”) y desde 2004 con Albion quiso liderar una obra social para recuperar chicos de la droga.
Al llegar a un semáforo, un hombre que limpiaba parabrisas le pidió a los gritos una moneda y le hacía gestos elocuentes. “Ese muchacho jugó conmigo en Estados Unidos, mirá vos… Ni paré porque me tiene una hora hablando”.
Las cosas del fútbol, pensé.
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Mientras esperaba el último partido del campeonato para ver jugar a Robert Carmona, les di un vistazo a los videos que su mujer había editado con imágenes de algunos encuentros en busca del récord y las entrevistas que había concedido a diversos medios. Noté en la cancha lo mismo que en sus palabras: una nobleza encantadora, sacrificio y buenas intenciones.
Además de cinco videos me dejó dos biblioratos llenos de recortes de diarios, fichas de los partidos con las integraciones, los cambios y las tarjetas sacadas, y hasta el correo de respuesta que le dio el Record Management Team del Guinness World Records, una respuesta automática que dejaba constancia de haber recibido su pedido y que, prometían, atenderían oportunamente. En una de las carpetas decía que Carmona había convertido 65 goles en su carrera, que había ejecutado 59 penales (44 transformó en gol y erró 15) y lo habían expulsado cuatro veces.
Por esos días hablé nuevamente con el volante, que en abril de este año cumplió 49 años y, asegura, seguirá jugando. Me contó de su proyecto social “Hacele un gol a la vida” (inicialmente “Hacele un gol a la droga”): él le pidió apoyo al Estado para salir al interior del país a predicar su ejemplo de profesionalismo ante los niños. La idea madre es contarles a los más pequeños que se puede llegar a tener casi cincuenta años y seguir jugando semiprofesionalmente al fútbol si durante la carrera se evitaron la noche, el alcohol y las drogas, como él hizo. En sus palabras: “Quise volcar mi experiencia para que tengan la oportunidad de ver al jugador más viejo del mundo en busca del Guinness, sin necesidad de sustancias. Doy charlas, les firmo autógrafos y me saco fotos con ellos. Después transporto una canchita portátil de 20 x 8 y hacemos un picadito. Carmona y sus muchachos se visten y pateamos al arco, hacemos jugadas, pateamos penales y hasta discutimos con un juez, como si fuera un show, para que se diviertan”. 
Para tal iniciativa, Carmona contó con el patrocinio de Presidencia de la República (el presidente José Mujica lo felicitó por carta) y la Junta Nacional de Drogas, y fue declarada de interés ministerial por las carteras de Deportes, Trabajo y Transporte. Él no gana nada, dice, más que ofrecer su testimonio. A las intendencias de los departamentos que visita solo les pide una sala para brindar la conferencia y firmar autógrafos, una comida para los jugadores y un cuarto de hotel para él, porque los muchachos se vuelven a Montevideo tras el show en césped sintético.
El domingo 19 de diciembre era el gran día para ver en acción a este 10 “de buena pegada”. Cuando íbamos camino a La Bombonera, la cancha de Basáñez (que solo en el nombre se parece a la de Boca), me hizo su confesión reprimida. “Mirá que no vamos a jugar, no nos presentamos”. Carmona había tenido una discusión con el presidente Chaínca, quien no le quiso dar dinero para llevar a almorzar a los jugadores después del partido, y él, harto de los problemas, decidió no presentar a Carmona y sus muchachos.
Así las cosas, mientras los jugadores iban llegando a la cancha ignorando la noticia y esperando las camisetas con el doble patrocinador de Carmona, aprovechó para hablar, dentro del auto.
—¿Alguna vez quisiste llegar a ser otra cosa?
—Jamás. Yo digo que nunca trabajé, y después aclaro que soy futbolista. Me tracé esa meta desde chiquito. Yo era elegido en la escuela, en el liceo, en los cuadros de barrio.
—¿Te sentís frustrado por no haber llegado más lejos, considerando que siempre fue tu vocación?
—Creo que hice todo bien. Quizá no tuve la suerte, no acerté cuando fui a algunos equipos que no debí haber ido, pero nunca me dijeron que jugaba mal. Por el contrario, elogiaban mi juego, mi zurda, era endiablado. Siempre fui profesional, me dediqué por entero. 
—¿Qué te faltó para llegar al profesionalismo, a un equipo importante?
—Contactos y suerte. Y hay mucha competencia en mi posición, yo soy 10. Pero estoy feliz con mi carrera. Hoy me mantiene mi esposa, pero mis hijos van a colegio privado. Lo que tengo lo logré con el fútbol, y los viajes que hice también. 
—¿Por qué seguís jugando?
—Porque es mi vida, es mi pasión. Yo veo que estoy bien. El día que lo deje, voy a extrañar. No sé qué hacer un domingo si no voy a una cancha de fútbol. Dejé bailes, salidas, cumpleaños, todo por esto.  
—¿Cuándo pensás retirarte?
—Eso lo dejo en manos de Dios. Mientras el cuerpo aguante, jugaré. Hoy cumpliría el partido número 13 y de acá me voy al médico para comenzar un tratamiento para las piernas, en las que tengo muchas operaciones, para ponerme a punto para el torneo que viene. 
—¿Qué pasó con el Guinness? ¿Qué te han vuelto a decir?
—Mi señora, que sabe inglés, habló con ellos. Le dijeron que acumulara información y siguiera compitiendo. Así lo hicimos. Dos meses después me pidieron más material y se lo envié. Hasta que un día me dijeron que sinceramente los torneos de la UEFA en Europa tenían mucho más peso que Uruguay en lo político. Me dijeron que necesitaría el apoyo institucional de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Le pedí una entrevista a Sebastián Bauzá, el presidente, pero todavía no me la dio. Guinness es muy importante, pero ahora quiero llegar a la Confederación Sudamericana de Fútbol y después a la FIFA. Hasta la FIFA no paro, porque no hay un jugador de fútbol en actividad con 49 años de edad. Me lo merezco.
 Terminó de decirlo y bajó del auto para comunicarles a sus muchachos que no se vistieran, que ese día Albion no se presentaría a jugar porque no había plata para llevarlos a comer.
Cosas del fútbol… tercermundista, más que subdesarrollado, en el país que salió cuarto en el mundo.

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