Fue por esos días cuando oí por primera vez la anécdota de David Stivel, célebre director argentino de televisión, quien entonces dirigía el rodaje para RTI de la adaptación para telenovela de La tregua, de Mario Benedetti. Stivel era famoso por la manera en que trataba tanto el zoom de la cámara como a los pobres ‘extras‘. Era tan agresivo con el movimiento de acercamiento y alejamiento de la imagen a través de la acción manual del lente, que los asistentes de cámara ya habían bautizado la acción de traer y regresar las imágenes como "Stivel in" y "Stivel out".

Frente a los ‘extras‘ —esos abnegados aspirantes a actores que esperan horas bajo el frío, el calor o la lluvia durante horas, simplemente para pasar por fracciones de segundo y posiblemente de espaldas ante una cámara— la actitud de Stivel era también recia. Su estilo lo retrata muy bien la anécdota que circulaba entonces. Cuentan que el libreto de una novela establecía que un ‘extra‘ debía aparecer en escena y tropezarse accidental y levemente con uno de los protagonistas, pedir perdón, seguir y desaparecer. Pero el tipo quería que se notara su paso por la escena y de un movimiento que debía hacía algo demasiado visible. Stivel, cada vez más irritado, hacía repetir los movimientos y le pedía al ‘extra‘ por el altavoz que dejara de sobreactuarse. Ante la decisión tozuda del ‘extra‘ de no matizar el tono de su actuación, David salió como una fiera de la cabina de dirección, se acercó al pobre actor y le gritó frente a todos: "Decime: ¿ganás poco?", a lo que el ‘extra‘ asustado —y seguramente imaginando el magro salario que acostumbraba a recibir— le contestó: "Sí, don David; gano poco". Y ahí se escuchó el célebre grito del director: "¡Entonces, hacé poco!".

El cuento era famoso por allá en 1980, cuando fui extra en dos o tres telenovelas, gracias a Darío Vargas Linares, asistente de dirección de algunos programas de RTI.

Estaba desempleado por la quiebra de la revista Alternativa, donde era redactor, y no veía posibilidad de empleo en el futuro inmediato. Germán Vargas Cantillo, padre de Darío, se había retirado de la dirección de Inravisión y me llamó para que trabajáramos en un libro sobre la historia de los periódicos colombianos. Sin embargo, después de varias semanas de tinto cargado y cigarrillos Pielroja en su apartamento de Pablo VI, en Bogotá, la empresa que nos contrató nunca mandó la plata para la investigación y quedamos varados. Germán se fue entonces a cumplir su sueño dorado de pasar el resto de sus días en Barranquilla, y lo hizo hasta su muerte con su columna diaria en El Heraldo. Yo, en cambio, quedé jodido, en la calle y con una experiencia laboral demasiado corta como para entusiasmar a algún jefe de redacción.

Entonces, mientras Germán Vargas me palanqueaba un puesto de redactor judicial en El Heraldo (que por fortuna logró conseguirme más tarde), un día Darío me dijo que faltaba un ‘extra‘ para hacer bulto en una escena de la telenovela La abuela, en la que una pequeña turba le tiraba piedras a la casa de la protagonista, que era la inmortal Teresa Gutiérrez.

Mi actuación como ‘extra‘ fue magistral. Seguí al pie de la letra el mensaje del maestro argentino ("¿Te pagan poco? ¡hacé poco!"). Tan bien lo hice que pasé desapercibido para los televidentes. El antecedente me permitió un segundo papel, esta vez en La tregua, que protagonizaban Pepe Sánchez y Celmira Luzardo, como asistente de funeraria en una escena en un cementerio. En esa telenovela también hice poco y gané poco. Darío Vargas insiste en que mi papel más descollante y por el que habría ganado un premio si hubiera premios de actuación para los ‘extras‘ fue después, en una escena que ocurre en una taberna simulada en un estudio, en la que yo estaba sentado en una mesa de póquer, escondido detrás de una baraja de naipes y al lado de otros tahúres, entre quienes estaba el músico Leonardo Álvarez, también en calidad de ‘extra‘.

La discreción de mi actuación en este caso debió ser ejemplar, pues ni yo mismo me acuerdo.

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