¿Por qué perder el tiempo odiando a Jerry Lewis o a Jim Carrey o a Roberto Benigni o a Jack Black o al próximo inevitable comicastro gesticulante? Ese engendro que —mientras yo escribo esto, mientras ustedes lo leen— ya está torturando a sus compañeros de curso en algún colegio secundario de los Estados Unidos provocando en alguno de ellos el deseo incontenible de algún día acudir a clase con una ametralladora y... ¿Por qué distraerse con nombres efímeros y muletillas y tics enervantes pero pasajeros cuando se puede detestar al verdadero culpable, al Alfa y el Omega, al Big Bang y al Great Crash de la especie?

¿Por qué no concentrarse única y exclusivamente en Robin Williams quien, no en vano, nada es casual, lleva el nombre de pila de ese siempre molesto y educado en un circo Robin junto a Batman?".

Robin Williams (Chicago, 1951) es, para mí —y, me consta, para muchos otros—, el actor más detestable de la historia desde que supimos de él y de su "arte" gracias a ese extraterrestre infradotado llamado Mork que nos hizo comprender que no solo no había vida inteligente en otros planetas: tampoco la había en la cadena ABC y en millones de hogares de los Estados Unidos y alrededores.

Y es que nadie está a su bajísima altura. Nadie ha caído más bajo.

Alguna vez definí a Williams como "un mimo que habla" y me reafirmo en la idea. Si hay algo más odioso que un mimo, pienso, sería un mimo parlante y atronador. Alguien que todo el tiempo nos grita "¡Soy un mimo!" o "¡Miren qué gracioso que soy!" o "¡Aquí estoy y no pienso irme!" o "¡Qué cara más graciosa que estoy poniendo!". Conocido por arruinar películas que podrían haber sido muy buenas (Dead Poet‘s Society, The World According to Garp, The Fisher King, The Final Cut o Insomnia, entre otras) o por protagonizar filmes espantosos que solo podrían haber sido pensados para él (la inexplicable Jack, de Coppola, y la sentimentaloide y vomitiva Patch Adams son apenas un par de ellas), Williams tiene una tercera línea de actividades en la que se muestra particularmente repugnante e intragable: las muchas entregas de premios (a otros) y las contadas aceptaciones de trofeos (para él) donde parece sentirse obligado a robar cámara con improvisaciones infradotadas y una retahíla de chistes malos de los que se ríe él solo. Ya saben: Williams se pone de pie, avanza sonriendo hasta el proscenio, se apoya en el atril y —indiferente al premiado o al tiempo asignado para recoger lo suyo— decide que ha comenzado The Robin Williams‘ Show. Y ahí estoy yo, gritando al televisor que no tiene la culpa de haber sido abducido por semejante alienígena y, aún así, imposibilitado de cambiar de canal. Yo he perdido el más remoto control de mis actos. Yo estoy ahí: odiando a Robin Williams con toda la fuerza de mi mente y de mi corazón y de mi alma tal vez intuyendo que —al odiar a Robin Williams— dejo de odiar a tantas otras cosas y cosos. Eso sí, por favor: que nunca le ofrezcan ser anfitrión de los Óscar y algo me dice que jamás se lo propondrán. Una ancestral inteligencia judía y cabalística aún hoy gobierna a Hollywood y sus sabios saben que sería algo así como abrir la puerta al Apocalipsis.

Dicen que alguna vez Williams tuvo problemas con la cocaína. Viéndolo rehabilitado y "limpio", da miedo pensar lo que sería este engendro con dos o tres rayas blancas en su nariz. Dicen que no tiene problemas en apropiarse de material ajeno. Quién sabe, qué me importa. Lo que sí me importa es que el surgimiento de Robin Williams coincida con el de genios como John Belushi (a quien, parece, Robin Williams abandonó a su suerte en su última noche blanca), Steve Martin y Bill Murray. Supongo que la naturaleza es sabia, que alguien cuida de nosotros o que tiene un particular sentido del humor: "Amiguitos, aquí tienen a John y a Steve y a Bill pero atención... nada es tan sencillo y aquí viene el pequeño Robin con su cargamento de alegría".

Me enviaron un e-mail, me propusieron escribir sobre odiar a alguien, no dudé un instante a la hora de escoger blanco móvil y, mientras ordenaba estas palabras, recordé que no es la primera vez que escribo sobre Robin Williams. Busqué el archivo en el disco duro de mi memoria y no lo encontré. Pero sí recuerdo que había sido un texto más reposado, menos iracundo.

Nada me hace pensar que no volveré a odiar a Robin Williams por escrito y que, entonces, mi furia será mayor y mi texto —cada vez más parecido a ese cuadro de Edvard Munch— será un grito.

Y Robin Williams —tan absorto en sí mismo, tan feliz de ser Robert Williams— tal vez me escuche aullar pero, seguro, pensará que se trata de una carcajada. .

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