UNO. La primera vez que estuve en El Cairo ni siquiera tuve tiempo de decirme "Nunca más volveré a El Cairo". Era, recuerdo, el año 1983. Y recuerdo poco más. El Cairo no era más que otra cruz en el mapa y otra muesca en el pasaporte de un viaje largo y neobeatnik por toda Europa antes de regresar a la Argentina para cumplir con la obligación supuestamente patriótica pero inequívocamente dictatorial del servicio militar obligatorio.

Hasta entonces, El Cairo era para mí un sabor exótico y pegajoso y una receta difícil de definir, porque rebosaba de especias diversas que incluían a Boris Karloff y Christopher Lee envueltos en vendas, una canción de Madness y una de Jonathan Richman y una de The Bangles, maldiciones antiguas, un álbum de Tintín y, de pronto, yo ahí durmiendo en el lomo de la esfinge. Y si me piden que dé más detalles de esa visita se me hará muy difícil porque, por entonces, El Cairo no fue más que un espejismo o una alucinación en una travesía donde los paisajes y las ciudades eran apenas un telón de fondo sobre el que yo me movía casi sin descanso. Uno de esos viajes donde más que llegar a cada ciudad yo me iba de cada ciudad.

La segunda vez que estuve en El Cairo —principios del año 2000— fue cuando, sí, me dije que ya nunca volvería a El Cairo.

DOS. La segunda (y última) vez que fui a El Cairo yo era el mismo de la primera vez que fui a El Cairo, pero ya era otro. Adiós al joven aventurero con mochila colgada en su espalda (el joven que ya era escritor pero inédito) y hola al joven escritor editado (lo que equivale a profesional de mediana edad en cualquier otro oficio) que llegaba a la ciudad invitado por el Instituto Cervantes local para dar una conferencia sobre la muerte en la obra de Jorge Luis Borges y las mujeres en la obra de Adolfo Bioy Casares. Y —a menudo lo que vamos a hacer contamina todo aquello que ya es— mi primera impresión adulta de El Cairo (poco y nada, ya lo dije, recordaba de la primera) tuvo algo de Aleph y de trama celeste en dimensión alternativa. Y tengo que admitirlo: tal vez la culpa no haya sido de El Cairo. Tal vez todo haya tenido que ver con que cada vez me cuesta más viajar a cualquier sitio que no sea Nueva York, donde siento que vuelvo a casa luego de unas demasiado largas vacaciones. Tal vez sea porque cada vez me cuesta más salir de Barcelona, donde creo haberme construido un ecosistema ideal compuesto por una buena casa a pocos minutos (pero a años luz) del centro y de un par de excelentes librerías.

La cuestión es que —desde el aire— El Cairo ya me pareció una eficaz y lograda aproximación terrestre al infierno que yo pronto recorrería como un Dante sin ningún talento para la rima epifánica. Y me acuerdo exactamente de lo que sentí entonces porque yo tomé notas de ese viaje y vuelvo a temblar un poco al leer esto otra vez: "Vista desde arriba —uno de esos lienzos gigantes de Jackson Pollock—, El Cairo ofrece el mismo aspecto que ofrecerá desde abajo: El Caos como forma de vida. Diecisiete millones de habitantes. Tránsito siempre congestionado o en cámara lenta dirigido por policías que mueven los brazos como si espantaran moscas de metal. Hoteles cinco estrellas comulgando con casas casi prehistóricas y un sonido ensordecedor (ese sonido de las cataratas del Iguazú, o de Año Nuevo, o de un clásico Barça/Real Madrid) que no cesa y que está hecho con bocinas, gritos, calor, arena en suspensión, el rumor maxilar de comidas que solo pueden llevarse a la boca con la mano derecha y las voces ululantes que se desprenden de los minaretes. Llego a El Cairo días antes de que se sacrifiquen los corderos y las calles se cubran de vísceras sagradas y calientes. Todavía los corderos se pasean por las veredas con esa mirada del que se sabe importante, pero prefiere no pensar por qué. Muchos gatos (adorados) y pocos perros (constante blanco de patadas en nombre de Alá el Misericorde y Todopoderoso). Al caminar por El Cairo esquivando personas y cosas que yacen horizontales con pocas ganas de levantarse, la sensación es de peligro inminente, pero es una sensación engañosa: El Cairo es más segura que Bogotá. Las mujeres se mueven tranquilas y los hombres fuman sin apuro sus pipas de agua. No se sirve alcohol y el único peligro es ser atropellado por un auto viejo que no supo entender los códigos de un semáforo que funciona así desde hace años. Pensar en el destino mutante y devaluado de esas metrópolis edificadas sobre los cimientos de civilizaciones imperiales: El Cairo, Atenas, el Distrito Federal. Hay algo de estigma y de resignación en el hecho de saber imposible de superar lo que alguna vez fue y ya no será. Tal vez por eso optan por esta especie de Apocalipsis en constante desarrollo. De noche, vista desde la limpieza del desierto, El Cairo parece emitir un sucio resplandor radioactivo contra el cielo contaminado: una especie de alarido intimidante contra la limpia serenidad de las pirámides que ofrecen, como toda respuesta, la sonrisa de piedra de una esfinge que no es mujer sino hombre, sépanlo".

No creo que nada, difícil que mucho, haya cambiado desde entonces.

TRES. ¿Y qué será exactamente lo que hace que pensemos que rechazamos a una ciudad cuando en realidad es la ciudad la que nos rechaza? Supongo que debe tener que ver con químicas irreconciliables, con polaridades opuestas, con momentos tan distintos en la historia milenaria de una metrópoli y las pocas décadas de quien pasa por ella. Recuerdo, sí, chapotear por las calles cubiertas de sangre de los amigos del cordero dibujado de El Principito. Recuerdo que todas las alumnas mujeres y veladas se pusieron de pie y, ruborizadas, dejaron el anfiteatro cuando yo aludí al poderoso apetito sexual de Bioy. Recuerdo carteles en las calles ("Bienvenidos a Egipto, la Cuna de la Civilización", "En Egipto encontrarán felicidad, larga vida e inmortalidad", "Un sentimiento ancestral: beba Coca-Cola"). Recuerdo que —para colmo, casado hacía poco menos de un año— yo me había llevado para leer Young Hearts Crying, de Richard ‘Revolutionary Road‘ Yates (una de las novelas más deprimentes jamás escritas sobre la vida y la muerte matrimonial). Recuerdo asomarme a los bordes del sarcófago de Tut-Ank-Amon (prisionero en una moderna caja fuerte en las tripas de un museo anticuado que me recordó a las aventuras de Indiana Jones y en cuyos sótanos, me dijo alguien, hay tesoros que nadie ha visto y catalogado incluida una pieza casi secreta y sorprendente: la maqueta milenaria de un avión. Ciertos técnicos alemanes construyeron una réplica y la hicieron volar, me confiaron entre susurros). Recuerdo que alguien ofreció llevarme a un bar en un oasis de la frontera con Libia donde te vendían momias por debajo del mostrador: de perros, de niños, de mujeres. Recuerdo haberme metido en un cine para escapar a las plegarias que bajaban desde los tejados (Programa doble: El juicio final con Arnold S. y El guerrero número trece con Antonio B. Las películas empezaron una hora tarde. Nadie se quejó. Nadie desconectó sus móviles durante la proyección y nadie se privó de mantener largas conversaciones con novias y amigos en la distancia mientras, en la pantalla, Arnold combatía contra el demonio. Más tarde, cuando Antonio B. proclamó que "el único dios es Alá", el cine se vino abajo). Recuerdo que salí de allí, desesperado, en busca de una dosis de cosmopolitismo occidental y recorrí a pie tres kilómetros —casi me atropellan varias veces— hasta alcanzar el puesto de revistas del Hotel Intercontinental y me lancé sobre el último número de Vanity Fair (Madonna y Rupert Everett en la tapa; justo lo que necesitaba) con la misma mirada febril con que el malhadado Lord Carnarvon alguna vez miró por ese agujerito de una pared virgen, dijo "¡Veo maravillas!" y compró. Y pagó caro. Y recuerdo que yo también pagué caro por esa revista y caminé como un egipcio otros tres kilómetros hasta mi hotel al otro lado del Nilo y abrí mi revista y, con un escalofrío, vi que le faltaban varias páginas. Artículos que empezaban y no terminaban. ¿Qué he hecho yo para merecer esto, gemí. Recuerdo que fueron otros tres kilómetros y el tipo del Intercontinental que me mostró —con una de esas sonrisas no se sabe si de simpatía o desprecio— que todas las revistas estaban iguales. "Censura", me dijo. Recuerdo, como en una fiebre, un breve crucero/cena en el que los comensales/pasajeros gritaban y cantaban mientras odaliscas un tanto rollizas sacaban a girar japoneses al ritmo de La copa de la vida, de Ricky Martin y, a la hora de los postres, a un derviche que giraba y giraba mientras yo, como en uno de esos thrillers turísticos de Agatha Christie, me debatía entre los impulsos de matar a alguien o arrojarme por la borda a esas aguas marrones tan parecidas a arenas movedizas.

CUATRO. En cualquier caso, allí, muy cerca pero tan lejos de El Cairo, al mismo tiempo pero en otra era, yo fui feliz, fui todo lo feliz que podría llegar a ser allí. La culpa, estaba claro, no era de El Cairo sino mía. No había sido maldecido sino que había llegado aquí, maldito, con fatiga de materiales. Descubriéndome que me adentraba en mi dinastía privada donde los viajes ya no serían lo que fueron. Donde, a partir de entonces, primarían los desplazamientos mentales de alguien que se sabía sedentario, feliz de serlo, yendo de la cama al living. Alguien que a partir de entonces —en viajes "de trabajo" relámpago, ida y vuelta en el mismo día de ser posible— contemplaría con una mezcla de nostalgia y alivio, en las chasqueantes pizarras automáticas de los aeropuertos, los horarios de vuelos rumbo a El Cairo que ya nunca lo incluirían.

Y, tranquilo, recuerdo ahora haber sido feliz —o no haber sido infeliz— en el desierto ese, en las afueras de la ciudad, donde todavía hoy se busca la tumba de Alejandro Magno. Recuerdo que subí y bajé por pirámides mientras mi guía me comentaba que los egipcios sabían poco y nada sobre su pasado. No les interesaban ya sus dioses y que preferían pensar en un futuro faraónico antes que en un pasado momificado mientras recibían a las migraciones extranjeras adictas a la arqueología con la misma resignación con que los nativos de Los Ángeles observan a los viajeros fotografiarse junto a la tumba de la emperatriz Marilyn I. Recuerdo que fue entonces —Ra caía, rojo y circular, sobre las tumbas y los obeliscos— cuando me dije "Nunca más volveré a El Cairo" y abrí una lata de Coca-Cola y me la bebí de un trago con ancestral sentimiento mientras, por el cielo, podría jurarlo, se alejaba volando una aeronave diseñada por los sabios a sueldo de Nofer Hotep, Dinastía 13, siglo más, siglo menos.

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