UNO. Así, mejor en inglés: check-out. Con un sonido que recuerda un poco a las onomatopeyas de los cómics. O algo así. En cualquier caso, suena mucho mejor que el hispano y tanto más traqueteante y espasmódico “chequeo médico anual”.

Y, sí, este año cumpliré los 50 de edad. Anguloso número redondo si lo hay. Cifra sin atenuantes que ya no ofrece el temblor/respiro de los 40 cuando nos decíamos que estábamos en el Ecuador de nuestras vidas, en la mitad de nuestra novela. Ahora ya no: cumplido el medio siglo, todo indica que el pasado ya es más grande que el futuro; que el horizonte queda más cerca; y que, sí, hay que hacerse, obligatoriamente, un chequeo médico cada doce meses porque, parafraseando a aquella frasecita de película, “tu mente emite cheques que tu cuerpo ya no puede cobrar”.
DOS. Y yo me había prometido empezar —por las dudas, para no llegar a esto— con todo el asunto hace diez años. O a los 43, cuando nació mi hijo. Pero no. Promesas rotas y propuesta demorada. Rito de paso y de iniciación que —si soy responsable— asumiré hacia el próximo julio y que sea lo que Hipócrates quiera. Teniendo bien claro que soy de esos que piensan que los hospitales y clínicas son focos de alto poder de contagio infeccioso y que es en el momento exacto en que el doctor contempla los huesos de una radiografía es cuando —¡shazam!— se activa el virus y la bacteria y cualquiera de esas enfermedades raras e incurables con doble apellido. Ahora no la ves y ahora la ves. Y, sí, uno entrando allí impaciente y sano y saliendo enfermo y paciente. Y, para colmo de males, esa foto de esa enfermera con el índice en los labios exigiendo silencio en un sitio donde se gime, se grita, se llora.
TRES. Y próstata, por supuesto, es la terrible palabra mágica. ¡Ábrete, Sésamo!
CUATRO. Aunque, me dicen, ahora hay un nuevo procedimiento menos “invasivo”. Pero yo no les creo. Es otra estrategia para atraparme. Para que entre allí, a ese sitio al que hasta ahora entré para dar el último adiós a amigos agonizantes y lanzarle el primer hola al hijo antes mencionado. Toco madera. Acaricio madera. Lamo madera. Mastico madera. Y me acuerdo de mi padre, fumador sin tregua (yo nunca fumé, pero eso no significa nada), acudiendo a cada una de sus citas con el destino y saliendo de allí, como rejuvenecido por el don de una reválida y postergación de sentencia aullando cosas como que “el tabaco no hace mal; hace bien”. Así, una y otra vez, hasta la última visita sobre la que no contó nada porque ya sobraban las palabras cuando se trata del lenguaje mudo y jadeante e internacional del enfisema.
CINCO. Así que aquí estoy ahora. Buscándole la parte buena al lado malo. Recordando esa entrevista al rocker noir Warren Zevon en la que —ya condenado y con inapelable fecha de vencimiento— recomendaba a sus fans, desde un sillón junto a su gran valedor David Letterman, que “no hagan como yo y vayan más seguido al médico, ¿sí? Y disfruten de cada sándwich”. Me acuerdo también de Philip K. Dick, quien supo ver en su hijo una dolencia de riesgo que se le escapó al instrumental médico más sofisticado de la época. Y cómo olvidar al inexistente tumor terminal que convirtió a Anthony Burgess en una virtual máquina de escribir non-stop. Y evoco los últimos y crepusculares poemas de John Updike (uno de sus cuentos que más me gusta es el hospitalario “The City”, recopilado en Trust Me) contando sus idas y vueltas por salas de espera en las que ya sabía que lo que le esperaba no era nada nuevo. Y al protagonista de Cosmópolis de Don DeLillo y el check-up diario de su “próstata asimétrica”. Y las páginas crepusculares cerrando los Diarios de John Cheever. Y tantos capítulos inverosímiles de House; porque en Estados Unidos ninguno de sus maltratados casos se hubiese perdido la oportunidad de demandarlo y dejarse a sí mismo y a su familia en inmejorable situación. Y los malvados héroes de Breaking Bad y Boss, a quienes la enfermedad convierte en seres nuevos y casi invulnerables en su amoralidad porque, total, nada importa ya. Y —acabo de releerlo; porque el casi 50 % del centenario es esa época donde uno empieza a releer bien todo aquello que leyó más o menos mal— ese gran personaje que es el condenado primo Ralph Touchett en The Portrait of a Lady, de Henry James, sabiéndose terminado desde el principio y, aún así, empeñado en aguantar un poco más porque no puede dejar de sintonizar a su prima Isabel Archer como si se tratase de su serie de TV favorita, de una enfermedad que lo mantiene vivo y coleando por un rato más.
SEIS. Lo que me lleva a pensar en qué libro me llevaré, como quien elige lectura para un largo viaje, para sostener y que me sostenga mientras —ese cada vez más próximo Día D o Día X— me desplace de un consultorio a otro, entre y salga de aparatos/escaneadores que suenan exactamente como el sonido entre una canción y otra en un disco de Pink Floyd, tal vez metido dentro de una de esas batas de papel que te dejan con el culo y la dignidad al aire. No lo sé aún pero sí sé que será título contundente y denso y sólido que solo miraré allí dentro. Algo de donde agarrarse fuerte, más fuerte todavía. Lo llevaré a mi check-out dentro de una bolsa de plástico con cierre tipo zip-lock. Y, de regreso en casa, ni tocarlo, por las dudas. Se me ocurre, por ejemplo, un inmenso volumen de fragmentos con el cuasi galénico título de The Anatomy of Melancholy, de Robert Burton, y, ah, ese sentimiento. O tal vez uno de los tres tomos de mi edición en Penguin de Las mil y una noches y su infinita posibilidad de un después y un mañana. O uno de los seis de The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, de Edward Gibbon, y, oh, ruinas, ruinas eternas. O La novela de Genji, de Murasaki Shikibu, y sus ambientes cortesanos y controlados. O The Varieties of Religious Experience, de William James, y que Dios nos ayude. O, es más que posible, algún best seller pésimo y actual que me obligue a pensar que vivimos tiempos terribles así que, después de todo, si sale nuestro número en el sorteo… No lo sé aún, hay tiempo. Siete meses son como una eternidad que dura tan poco. Pero, seguro, será cualquier cosa donde esconder el rostro y fijar la vista para no mirar a todos los demás, ahí, como yo, esperando oír su apellido y ponerse de pie para acostarse, sufriendo como cautivos de Casablanca a la espera de un visado que los ayude a salir de allí.
SIETE. Escribo estas líneas —a veces planas como último encefalograma, a veces sísmicas como electrocardiograma del adiós— casi a modo de cábala para neutralizar posible conjuro. La fantasía infantil (y todos somos unos niños ante la posibilidad de ser asaltado por el enemigo interno) de que si se pone algo por escrito ya no suceda, no sucede. Mutar a ficción anticipatoria (a, nunca mejor dicho, ciencia-ficción) algo que va a pasar tarde o temprano pero que —mejor tarde, tardísimo— no queremos que nos pase por un rato largo. 
Así, el check-up como un monstruo de dos caras, como un Jano bifronte, como las máscaras de la Tragedia y de la Comedia: una se ríe y otra llora, unos ojos que miran hacia el ayer siempre vigoroso y otros ojos atisbando el mañana nunca se sabe.
Y ya se sabe: la carrera espacial ha terminado (difícil que alguien ahí fuera se preocupe por salvarnos o invadirnos) para mutar a la exploración de otro espacio: el propio cuerpo. La espiral del ADN en lugar de la espiral Nebulosa de Andrómeda. Y, ahí, dentro, todos somos astronautas de nosotros mismos a la espera de que el Alien nos rompa el pecho y asome su cabeza llena de dientes y… 
“Si tienes miedo al trueno, déjate aterrar”, instruye un proverbio zen. Así, el check-up como algo que nos muestra —a extraños y a ese extraño que somos nosotros mismos— desnudos, temblorosos, frágiles, rotos. Una ceremonia privada, pero enseguida pública y socializable. Porque el “profesional” nos dice que tiene que decirnos algo que no demoraremos en decirles a tantos otros. Una efeméride íntima de la que —si todo sale bien, sabiendo que, otra vez, como en los cómics, (continuará…)— surgiremos transformados en inmortales.? Por un año.

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