Mi papá siempre se refería a sus tres hijos, en broma, de esta manera: "El mayor será político. Al segundo lo veo en el Ejército y el tercero, seguro será obispo". La verdad es que solo atinó en mi caso. Mis hermanos menores —en el sector privado el uno; administrador de empresas que cambió su vocación por los documentales el otro— siempre han preferido estar al margen de la política. Yo empecé a acompañar a mi padre a las manifestaciones del Nuevo Liberalismo, durante la primera campaña de Luis Carlos Galán a la presidencia, en 1982. Él no me estaba induciendo a elegir esa carrera, pero de ella me emocionaban muchas cosas, como el espíritu de equipo de la colectividad.

Desde los 8 años (tenía esa edad cuando lo mataron) hasta los 19, viví fuera de Colombia, y allí em-

pecé a crecer como persona, lejos de las suspicacias de quienes piensan que estoy donde estoy por ser hijo del asesinado Rodrigo Lara Bonilla. No soy de los que leen sus discursos, ni he investigado a profundidad su vida política, pues he querido encontrar el sendero por mí mismo. Debajo de un árbol grande no crece nada. Sin embargo, no se me olvida su calidad de outsider de la política, que combatió al oficialismo por igual que al crimen organizado.

Cuando uno ha compartido tan poco tiempo con su padre, es difícil recordar enseñanzas directas. A cambio de eso, su memoria me ha inspirado muchas cosas. Una de ellas es el amor al estudio, mensaje que caló hondo porque él era de la filosofía que asocia letra y sangre. Yo no me destaqué en esos primeros años por ser muy aplicado, era rebelde y tenía un serio problema con las jerarquías. Cada vez que perdía un examen o una materia, yo ya sabía que en la noche se venía un voleo de correa.

Una vez le tiré un zapato a la profesora de Religión, y en lugar de darle a firmar a mi papá el cuaderno donde me hicieron la anotación, falsifiqué su firma. En el colegio se dieron cuenta y me devolvieron. Al llegar a la casa me tuve que poner la chaqueta de invierno, para que los correazos no fueran tan tremendos. De hecho la última conversación telefónica que tuve con él, hacia las 7:00 de la noche del día en que lo mataron, fue para averiguar si ya había hecho la tarea, y yo le dije que sí. Pero no era cierto: estaba viendo el Show de Jimmy.

Toda esa lección cobró importancia luego de la muerte de mi padre. Hoy, siento intranquilidad cuando no me encuentro estudiando. Hace un par de años terminé mi maestría y tengo claro que pronto quiero empezar un MBA.

Otra enseñanza que nos dejó mi padre fue la de la sensibilidad social, la de jamás aceptar las desigualdades del país como algo inmodificable. Siempre nos enseñaron a respetar a las personas que trabajaban para nosotros, y eso se consolidó mucho más cuando nos fuimos a vivir a Suiza, un país con fuertes principios de solidaridad, en los que se alcanza una posición no por apellidos ni raza ni sexo, sino por el esfuerzo personal.

Pero tal vez la enseñanza más grande que me dejó fue su ejemplo de vida, y eso es algo que no hay que estar pregonando sino que se determina en sus actos. A sus escasos 36 años ya estaba enfrentando fuertemente lo sucedido con el Estatuto de Seguridad de Turbay, ya peleaba contra el MAS y contra Escobar. Yo no tenía claro de qué se trataba todo eso; cuando él llegaba a casa con angustia o nos prohibía salir a jugar a la calle era porque ya estaba sintiendo serias amenazas en nuestra contra. La lección es que, a pesar de que sea imposible dejar de sentir miedo, sí se lo puede enfrentar cuando se anteponen la dignidad y el sentido del deber.

Quienes me conocen saben que prefiero abstenerme de hablar en público sobre mi padre. Siempre me ha fastidiado el título de "delfín", palabra injusta y aplicable solo a quienes son llevados hasta el mandato de la mano por sus padres.¿Cómo ser delfín de un hombre que murió cuando yo apenas era un niño? Por eso, en este momento siento que Rodrigo Lara Bonilla es una especie de estrella que me orienta en el camino, un camino que yo mismo me he encargado de labrar.

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