Juan Pablo II me parecía un personaje interesante por la resistencia heroica con que había combatido al nazismo y al comunismo en su natal Polonia, y en Roma no hay espacios libres para la tristeza. De modo que no puedo decir que fue un mal día, el de aquel verano de junio de 1996 cuando visité al Vaticano y a su máximo jerarca en calidad de Canciller de Colombia, cargo que dejaría un mes después. No fue un mal día, a pesar de que tuve que hacer muchas concesiones en contra de mis convicciones.

Me sentía como el diablo entrando a la Santa Sede. Ministro de Samper, liberal de cabeza y temperamento, y agnóstico converso, me tuve que aplicar una dosis de godarria y religión que creí que no soportaría. Y no solo por el encuentro con Su Santidad. Sucede que ese preciso día el embajador ante la Santa Sede, Julio César Turbay, cumplía 80 años que se celebraron con una misa de monseñor Alfonso López Trujillo, el más ultraconservador, irascible y arrogante de los cardenales. Papa, López Trujillo y Turbay (contra quien protesté en mis años de universidad por las violaciones a los derechos humanos bajo el Estatuto de Seguridad), en un lapso de 24 horas: un día inolvidable.

Juan Pablo II me recibió con cordialidad, pero siempre me quedé con la impresión de que no sabía quién era su interlocutor, porque todo fue una rutina predecible y fugaz y sobre todo porque me miró con cara de que estaba pensando que ese niño de 37 años y rostro de bebé se parecía más a Calvin que al Ministro de Relaciones Exteriores de un país tercermundista. Sentí pena: eso de recibir cancilleres cada 15 minutos, todas las mañanas, 365 días, debe ser un oficio muy aburrido.

Juan Pablo II, como siguiendo un ritual, saludó rápido en un español elemental pero entendible, se sentó detrás de una enorme mesa de escritorio sin papeles, ni computador, ni lápices, masculló algún recuerdo sobre su visita a la Virgen de Chiquinquirá, y luego se puso de pie para el acto final: el saludo de la comitiva. Su felicitación a Turbay, por los 80 años, fue muy larga y efusiva. El cumpleaños le generó más emoción que su remembranza de Chiquinquirá y que algún argumento que trató de hacer sobre la importancia que Colombia le da a la educación. Cuando le traté de hablar sobre la intención del gobierno de reformar el Concordato, mi razón de fondo para estar allí, no me escuchó, se hizo el que no oía, o me recordó con una seña que los asuntos complejos se delegan en otros cardenales.

La parte más movida del breve encuentro ha debido ser el intercambio de regalos. Pero no hubo: yo recibí la medalla de rigor y los rosarios bendecidos para mis hijos, pero el presente que le había preparado a Su Santidad se perdió en la maleta de José Luis Ramírez, el jefe de gabinete, que Air France jamás embarcó y dejó parqueada en Bogotá. Era un precolombino nada original —en ningún sentido— escogido por el embajador Julito Riaño, el eterno jefe de Protocolo de la Cancillería. La verdad es que no me enfurecí con la pérdida del equipaje ni sentí oso ni pena por llegar sin regalo: con su entrega, la-de-un-precolombino-escogido-por-Julito-Riaño, habría quedado peor.

Hubo fotos y video, y todo lo tengo muy guardado. Todos vestimos de traje y corbata oscura —velo en la cabeza de las mujeres— para que en las imágenes resaltara el blanquísimo color de la sotana papal. Y para reiterarle al visitante Ministro de Samper, liberal y agnóstico, que tal vez estaba como en un comercial de Davivienda.

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