Como soy desmemoriado, le hice caso a la sugerencia de Carver de anotarla en un pequeño cartón y ponerla junto al computador, y ahí, a fuerza de leerla, se convirtió en el principio de lo que creía, y sigo creyendo, que iba a hacer el resto de mi vida. También era el anuncio de las dificultades que me esperaban y el consejo para enfrentarlas. Con esa frase metida entre ceja y ceja escribí mi primer libro de cuentos y mi primera novela, y luego, sin otra esperanza que aprender a partir de lo que iba escribiendo, y de disfrutarlo, escribí otra novela que me cambió la vida como persona y como escritor. La titulé Rosario Tijeras y era la historia de una mujer que surgió como una diosa en el olimpo de los mafiosos, y luego del uso, del abuso y del hastío, rodó por el mismo abismo en el que cayó Medellín.

Tardé un poco más de dos años en escribirla y terminó siendo un ajuste de cuentas con mi ciudad. Yo le debía, Medellín me debía, pero creo que en el punto final logramos acomodar las cargas. Durante su escritura gané una beca de creación de las que otorga el Ministerio de Cultura, que fue un incentivo valioso, pero muy pronto entendí que no me iba a alcanzar para abrir puertas en las editoriales importantes. Por otro lado, yo sentía que Rosario Tijeras era una historia muy local y que probablemente no le iba a interesar a nadie por fuera de Medellín. De todas maneras hice lo que hacen todos: tocar puertas. Dejar un manuscrito allí, otro allá, pedirle el favor a alguien para que se lo entregara a alguien que conocía a alguien que trabajaba en tal editorial. Finalmente llegué a un acuerdo con unos editores a los que no les interesaba mucho el aspecto literario de sus publicaciones, pero me comprometí a usar el dinero de la beca para promocionar mi libro.

La novela se editó un poco antes de la Feria del Libro de Bogotá, en 1999. Con varios libros bajo el brazo visité periódicos, emisoras, canales de televisión, en fin, dejé la novela a quien creía que podría ayudarme a promocionarla. Logré abrir un espacio en la feria para presentarla al público y mandé imprimir separadores, afiches y compré un par de cajas de vino para ver si así enganchaba a los asistentes de la presentación, que sería el primer sábado de feria. Pero un par de semanas antes, el destino se subió conmigo a un ascensor.

A ella la conocía. Se llama Jackie Urzola y era, en ese entonces, la esposa de Enrique Santos, quien era columnista de El Tiempo y el más leído del país. Ella y yo subimos en el mismo ascensor y quiso la fortuna que yo tuviera bajo mi brazo ejemplares de Rosario Tijeras. Le regalé uno y le pedí un favor: quería, si era posible, que en El Tiempo anunciaran la presentación de mi libro con la fecha, la hora y el lugar. No me atreví a más. Ella, amable como siempre, me pidió que se lo recordara unos días antes. Mientras tanto, yo seguía tocando puertas en los medios de comunicación, por aquí y por allá.

Y el día que la llamé a recordarle lo de la presentación del libro, ella me dijo: “Espera, que Enrique quiere hablarte”. Me senté en lo primero que encontré y luego de los saludos, atragantado, le recordé la petición que le había hecho a su esposa, pero él comenzó a preguntarme sobre la novela, sobre las motivaciones para escribirla, sobre Medellín. Me dijo que se la había leído de un tirón en un vuelo, y entre preguntas y charla conversamos durante 45 minutos. Antes de despedirme, en el colmo de la intensidad, volví a recordarle lo de la presentación para que lo anunciaran en el periódico. “Sí, no te preocupes”, me dijo Enrique y, la verdad, me despreocupé.

Si mal no recuerdo, su columna Contraescape aparecía los jueves y los domingos. Y ese jueves, justo cuando se abría la Feria del Libro, Enrique le dedicó toda su columna a Rosario Tijeras. No me acuerdo si primero la leyó mi esposa o si fui yo, o si alguien nos despertó para avisarnos. Recuerdo, cómo olvidarlo, que eran las siete de la mañana. La leí con emoción, sin atisbar la bola de nieve que comenzaba a rodar. Luego me fui a jugar tenis, contento y pensando que ojalá no se les fuera a olvidar el anuncio de la presentación. Cuando regresé a mi casa, vi que el contestador del teléfono había colapsado. No le cabía un mensaje más. Y entonces ahí sí comenzaron a aparecer los periódicos, las revistas, los canales de televisión y, por supuesto, los grandes editores que insistían en invitarme a almorzar.

Ya han pasado 15 años, y Rosario Tijeras aprendió a caminar sola por el mundo. Ha recorrido muchos países y aprendió a hablar varios idiomas. Ahora no necesita de su padre, ni de padrinos. Es una más, como las de las comunas, que se vuelven mujeres antes de tiempo y que sueñan con alguien que las entienda un poco “sin esperanza y sin desesperar”. Yo todavía la quiero, y ella, de vez en cuando, pasa a saludar.

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