Ahí me veo, enterrado vivo en el fango. Acabamos de trasladar 50 internos de la penitenciaría de Medellín a la reclusión de Popayán. Vamos por otros 50 y nos faltan 800 esa semana. Esa es la misión del grupo Cores del Inpec, estar listos las 24 horas del día para asegurarnos de que los reclusos más pesados del país -extraditables, guerrilleros, paras, narcos- lleguen a sus destinos sanos y salvos.
En los diez años del grupo nunca ha habido una fuga. Ni siquiera un ataque. Estamos bien protegidos y así estoy antes de despegar el avión de Aeroselva. Sentado atrás, en la silla lateral del lado derecho, sin cinturón (no hay), protegido con un chaleco antibalas, armado con pistola y fusil microgalil de asalto. Con mi goliana (la gorra) y mis botas. Nada puede pasar.
Salimos faltando un cuarto para las nueve, el 19 de abril del 2002. El piloto sale, impulsa el avión para despegar. Veo la cebra que señala el fin de la pista y no logramos coger vuelo. Me cojo a la silla con la mano izquierda y con la derecha aprieto el fusil. El piloto le pone los frenos. El avión chilla. Pienso: "Nos matamos" y se me pasa la vida como una película. Me acuerdo de mis papás y de mi abuela. El avión se parte en toda la mitad y salgo disparado en diagonal. Ni idea de los demás, de la tripulación del avión, del piloto, del copiloto, del auxiliar de vuelo, del comandante del grupo, del inspector Amaya Linares, del dragoniante Lozano Guzmán.
Pierdo el conocimiento y cuando regreso estoy fuera del avión con los pies adentro. Trato de incorporarme y no puedo. Busco mover mi brazo izquierdo y no me da. Pienso que lo he perdido. Estamos hundidos en un pantanero. Mi ojo izquierdo se apaga. Está cerrado por completo. Con la mano derecha me quito el barro de la cara. Me quito la sangre. Al fin logro medio voltearme y veo mi brazo. Con la mano derecha lo acomodo sobre un pedazo de tierra para que no me dé tanto dolor. Muevo los dedos de los pies para saber si mis piernas están bien. No lo sé. No puedo salir porque en la pierna derecha está apoyándose algo. Una caja naranja que hasta mucho después sé que es la caja negra. Desplazó una lata y me hizo esta cicatriz, una herida de 15 centímetros de largo por 12 de ancho. Ahí, en mi talón de Aquiles.
Sé que estamos cerca al aeropuerto, pero solo escucho mis gritos: ¡Auxilio, socorro, ayúdenme! Alguien sale de la cabina. Creo que es el piloto. Se me acerca, me mira. Está sangrando y me dice que ya viene la ayuda. Es lo último que oigo, pues nunca he vuelto a verme con él ni con los otros tripulantes.
Llegan los organismos de socorro. Sacan barro para desenterrarme. El avión se hunde. Yo me sumerjo en el fango con él. Mientras traen unos aparatos para abrirlo y sacarme, caigo dormido. Me quitan la ropa para revisarme, tengo mucho frío y me da hipotermina. Pido una chaqueta, me ponen una frazada y a lo que me siento cálido me empiezo a quedar dormido. Siento una paz tan relajante. Veo una especie de luz y olvido dónde estoy. Al final, muy entre sueños, escucho a un socorrista que pregunta cómo voy. "Se está durmiendo", dice alguien. "No lo dejen dormir. Es el único sobreviviente", dicen por allá. Me pegan palmadas en la cara. Quiero hablar con mi hijo, digo una y otra vez. Me alcanzan el teléfono y me lo pasan. Eso me hace despertar, el deseo de hablar con él.
Así, en el fango, me veo siempre que veo el mismo modelo de avión y todo esto lo cuento cada vez que me preguntan por mi cicatriz. A la gente le interesa más el antes que el después, pero también les digo que esto fue morir y volver a nacer. Que uno empieza a hacer cosas que nunca ha hecho y que psicológicamente queda muy afectado. Durante un tiempo me despertaba asustado. Veía una y otra vez el momento del accidente. El avión despegando y cayéndose de inmediato. Una y otra vez. Es la hora en que me subo a un avión y me cojo de la silla, agacho mi cabeza y le pido a Dios padre que ilumine al piloto. Me subo por cumplir, pero si pudiera evitarlo lo haría. El fusil que llevaba ese día se partió en la culata cuando amortiguó un golpe que era para mí. Lo repararon y está ahí en el armerillo. Se lo asignan a uno o al otro para las misiones. Yo siempre trato de que me lo den a mí. Es un amuleto.

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