Todas las personas que salen de Baum después de la 6:00 de la mañana hacen la misma expresión: entrecierran los ojos, ponen cara de fastidio, frenan durante unos segundos y luego, tras acostumbrarse a la luz del sol, continúan su camino. Y no es coincidencia. Adentro, en medio de la oscuridad y de la música electrónica han pasado las últimas horas de la noche y las primeras de la mañana. 

A Baum se puede ir sobrio, pero ni es recomendable ni es lo usual. Calle 33 con carrera sexta, en Bogotá, pleno barrio San Martín, es el sitio al que se va de rumba cuando en el resto de la ciudad se ha acabado. Y aunque abre a eso de las 10:00 de la noche, es después de las 3:00 de la mañana que se pone bueno. 

Es fácil llegar, queda muy cerca del antiguo hotel Hilton, uno de los referentes de la ciudad, pero no es barato entrar. Ni un peso de los $40.000 que se pagan de cover son consumibles, y adentro una cerveza cuesta $12.000, un trago de whisky anda por los $21.000 y para hacerse a una botella de aguardiente hay que bajarse de $110.000. La entrada no es barata, y tampoco es fácil. Aunque al sitio le caben unas 1000 personas y siempre está lleno durante los fines de semana, como todo club que se respete “se reserva el derecho de admisión”. Esto, en un país como Colombia implica la ropa que se lleve, pero también la cara, el estrato, las conexiones, el apellido y la raza. El año pasado, Baum sonó en la prensa por negarle la entrada al hijo del pintor colombiano Carlos Jacanamijoy, Tahuanty. Las razones nunca quedaron claras, y aunque nada fue confirmado o desmentido, Tahuanty declaró en un artículo que su piel oscura pudo ser la razón.

Y la verdad es que eso de reservarse el derecho de admisión no se entiende, porque adentro no es que se vea el desfile de la última colección de Armani precisamente. Hay muchos hombres vestidos con camisillas, por ejemplo, algo poco común para el clima de Bogotá. El lugar tiene tres ambientes: luego de la entrada está el salón principal, donde la música va a toda y la atmósfera es más pesada. Luego viene un corredor de unos 30 metros con paredes acolchadas y forradas en algo que podría o no ser terciopelo, el cual es una especie de etapa de descanso y conexión entre el salón principal y la terraza, donde la música electrónica también manda, pero todo es más tranquilo. Alguien me dice que por ser el corredor un sitio de paso, hay allí un dealer que surte de pepas a quienes las quieran. Me lo señalan: está acomodado de pie en una esquina. Es calvo, con barba, chaqueta de jean y gafas de marco grueso de carey tipo hipster. Uno mira sus movimientos, y sí podría ser un dealer: calmado y nervioso al mismo tiempo, mira a todos lados como atento a todo, alerta a posibles clientes y sapos también. Después de observarlo un rato todo es más claro, y no parece coincidencia que personas se le acerquen, saquen dinero de la billetera, estén un rato con él y luego se marchen por donde llegaron. 

Son las 4:30 de la mañana y no cabe una persona más. A Baum ya han llegado los raspadores de fiesta, todos los que fueron expulsados de las discotecas de la ciudad y  se negaron a ir a dormir. Tan lleno está el sitio que el corredor, la zona de paso con sillas a los costados, se ha convertido en un cuello de botella. No es solo que las sillas estén ocupadas, sino que hay gente de pie hablando entre sí o sencillamente mirando a lo lejos. La sobrepoblación del lugar entorpece la labor del dealer, o quizá la facilita, porque se puede camuflar mejor. Hay un par de tipos sentados en el piso, dormidos, tienen los ojos cerrados y la boca muy abierta, como si se hubieran dormido en la silla del bus y no en un rumbeadero donde el beat de la música se puede oír a cuadras a la redonda. A su lado, también en el suelo, hay dos mujeres con cara de aburridas. Lo normal es que gente así estuviera a esta hora durmiendo en su casa, pero el deseo por sacarle el jugo a la noche es más fuerte que la lógica.

Ir al baño es una tarea tan complicada como encontrar una esquina tranquila. Suele haber fila, y una vez adentro, el espacio con dos orinales, dos cubículos con inodoros y dos lavamanos es también un sitio de reunión y está vigilado por dos empleados de seguridad que visten traje negro, camisa blanca y corbata roja. Los que no caben en ninguno de los tres ambientes terminan armando aquí su propia fiesta.

Baum quiere decir ‘árbol’ en alemán, y un árbol es precisamente el símbolo de la discoteca. Está impreso en el letrero de la entrada, en la página de Facebook y en la ventana trasera de algunos taxis que esperan en la puerta la salida de los clientes. Y es un nombre bien puesto, porque un gran árbol es lo que domina la terraza, ubicada en la parte trasera del local, luego de pasar por el corredor que a mitad de la madrugada está repleto. Hay quien en medio de la rumba y del viaje afirma haber hablado con el árbol. Y es entendible que lo digan, porque junto al árbol se acomoda un DJ. Quizá esa gente lo que ha hecho es hablar con él, asumiendo que hace parte del árbol. En la terraza tampoco cabe más gente, pero el aire es menos pesado y se puede hablar pese al ruido. ¿Sabían que en Bogotá está prohibido fumar en lugares públicos cerrados? Pues esa ley no aplica en Baum y muchos fuman a placer no solo en la terraza, sino en el corredor, el salón principal, cerca al baño y, en general, donde se le dé la gana, sin que nadie se lo prohíba.

Pero la verdadera acción está adentro, en el salón principal. Más oscuro que la noche misma y denso como una bóveda subterránea, tiene su propio microclima. Si en la terraza se siente el frío de Bogotá y el corredor es templado tipo Medellín, el salón es Cartagena a las 12:00 del día. Se suda con solo estar quieto y de ahí se entiende que varias personas anden en camisilla. Esta noche toca Joseph Capriati, un DJ italiano que ha paseado por medio mundo y ha tocado en clubes en Nueva York e Ibiza y en festivales como Tomorrowland. Al son de su música saltan todos, el beat altera el ritmo cardíaco y acelera al auditorio, compuesto por adolescentes que no llegan a los 20, pero también por adultos curtidos que ya pasaron los 40. No es que sean viejos, pero en su cara, su piel y su pelo se nota el desgaste de los años y de la fiesta.

Cada uno en su mundo, en su viaje, no siente siquiera al que está al lado. Todos miran hacia el frente, donde en una pantalla luminosa que pasa de azul a rojo se lee el nombre de Capriati. Es un concierto, solo que quien lo da casi ni se ve, es apenas una silueta por culpa del aviso luminoso y de una gran consola detrás de la cual se esconde. Van a ser las 6:00 de la mañana y ninguno de ellos, DJ incluido, servirá para nada mañana, es decir, hoy más tarde, porque aunque para el mundo ya sea sábado, ellos viven como si fuera viernes. Dormirán hasta las 3:00 de la tarde y cuando se despierten les costará arrancar el día. Para cuando quieran ser personas de nuevo ya se habrá ido la tarde y la siguiente fiesta estará a la vuelta de unas horas.

Pero de regreso a la madrugada. Afuera ya ha salido el sol, la ciudad se despierta y la gente se prepara para ir al trabajo, abrir sus tiendas o hacer deporte, aunque nadie en Baum se dé por enterado. Mientras por la puerta de salida de la gente hace la cara de molestia por el sol que golpea en la cara, por la otra, la de entrada, todavía ingresan unos cuantos que, según se les alcanza a entender, estaban de fiesta en una casa y después de “meter de todo”, decidieron llegar a la discoteca a raspar la última hora y media de acción.

Afuera de Baum suele haber un par de agentes de policía. Según ellos, se parquean ahí para evitar problemas. No es que los clientes se vivan peleando, pero roces hay. Además, salen tan golpeados, no por los puños sino por los excesos, que muchas veces eran atracados por los vecinos del bar, habitantes del barrio La Perseverancia, que bajaban a la madrugada a ver qué pescaban. Los policías se acomodan junto a un par de carros que están parqueados sobre el andén: un Mercedes-Benz plateado y una camioneta blanca de vidrios oscuros. Uno de los agentes reconoce que están infringiendo la ley y aclara que muchas veces ha pedido la ayuda del tránsito, al tiempo que reconoce que es muy difícil que los sancionen porque a Baum va gente pesada: farándula, empresarios y hasta los hijos del presidente que, según sus cuentas, este año han ido cuatro veces. Cuando eso ocurre, el despliegue es impresionante y soldados del ejército se apuestan alrededor del bar, desde la séptima hasta la quinta, para garantizar su seguridad.

Pero esta madrugada el problema ha ocurrido con personajes menos ilustres: dos jóvenes a quienes los empleados de seguridad del sitio sacaron por andar “cosquilleando” a la gente, modalidad de robo donde se escarba disimuladamente a la víctima para despojarla de billetera, celular y otros objetos de valor. Se los entregan a los policías, que les piden las cédulas y verifican con la central, vía radioteléfono, si tienen antecedentes. Los sospechosos no se dan por enterados, y mientras los requisan bailan al son de la música que suena a lo lejos y se comen un paquete de papas fritas. Borrachos, se abrazan y se desean el uno al otro feliz cumpleaños.

Son las 6:30 de la mañana y, cuando los dejan ir, se van dando tumbos por la 33 hacia abajo, donde cogerán un bus en la séptima. Arriba sigue la rumba y así continuará durante al menos una hora más. Lo peor, según me cuenta la misma persona que me señaló al dealer, es que ahí no se acaba todo. Con todos los bares y discotecas cerrados, muchos alargarán la fiesta hasta entrada la tarde. Dónde, cómo, con quiénes y por qué es lo que constituye un misterio. 

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