En abril de 1790 el marqués de Sade tenía apenas 50 años, pero su apariencia era la de un viejo. Gracias a la caída del Antiguo Régimen y los vientos libertarios llegados con la Revolución Francesa  había salido de prisión el Viernes Santo después de haber pasado 13 años encerrado, de los 38 a los 51. Estaba gordo —al extremo de que apenas podía caminar—, había perdido la visión de un ojo, tenía problemas pulmonares y, lo peor, como le escribió en una carta a su administrador, es que no sentía gusto ni amor por nada: “El mundo, con el que antes soñaba, se ha apagado y es triste y aburrido”, decía. El hombre que había escandalizado a la sociedad de su tiempo era una sombra, pero sus infortunios estaban lejos de terminar.

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 Pero, ¿cómo fue que un joven noble y agraciado terminó convirtiéndose en un monstruo depravado y en la vergüenza de su clase? Donatien Alphonse François nació en París en el seno de una familia ilustre el 2 de junio de 1740. Los primeros años los pasó en el palacio de la notable familia Condé, en donde fue compañero de juegos del príncipe Luis José de Borbón. Debido a los compromisos diplomáticos de su padre, a los 4 años a fue enviado a Avignon, al cuidado de su abuela, y pasaba temporadas en Saumane, una pequeña población de Provenza, en donde uno de sus tíos era abad. Precisamente este tío, Jean François Paul-Aldonze, un religioso libertino que era visitante asiduo de prostitutas y patrocinador de orgías, resultó ser una de las grandes influencias de Sade, aunque su relación siempre estuvo entre el amor y el odio.

 A los 10 años Donatien regresó a París, en donde ingresó a un colegio jesuita en el que tendría sus primeros acercamientos a la filosofía y al teatro, dos de sus grandes pasiones, pero también sus primeras exploraciones sexuales. Se dice que la homosexualidad era un rasgo común y es posible que allí haya tenido sus primeros encuentros homoeróticos. Aunque nunca se declaró homosexual en toda regla, es claro que Sade mantuvo a lo largo de su vida innumerables encuentros sexuales con hombres, que a sus ojos no configuraban homosexualidad pues, aclaraba, una cosa es sodomizar o ser sodomizado, y otra muy distinta ser homosexual.

A parte de eso, no pocos biógrafos de Sade han visto en los crueles castigos de los sacerdotes jesuitas, en los que los azotes eran habituales, el germen de la crueldad que exhibiría más adelante no solo en sus libros sino en su vida personal.

 A los 14 años ingresó a la Escuela de Caballería, en donde al poco tiempo fue nombrado subteniente y al cabo de tan solo tres años, oficial portaestandarte. Con ese rango, en 1757, se marchó a la Guerra de los Siete Años, que aunque significó un descalabro para Francia sirvió para demostrar el valor del muchacho, al que sus superiores calificaban como “alocado, pero muy bravo”. Regresó de la guerra con el rango de capitán, pero también con una irrefrenable afición a las prostitutas y al juego que preocupaba a su padre no solo en términos de reputación, sino por el perjuicio a las menguantes arcas familiares.

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 Precisamente con el objetivo de mejorar las finanzas, en mayo de 1763 sus padres acordaron un matrimonio por conveniencia con Renèe-Pélagie de Montreuil, hija de una pareja de nuevos ricos que vieron en la unión la mejor forma de darle nobleza a su sangre plebeya. Renèe-Pélagie resultó ser una compañera fiel que se la jugó siempre por defender a su marido y que con los años le habría tomado gusto a los excéntricos gustos sexuales.

Al tiempo que ganó una esposa, el matrimonio también le trajo la mayor enemiga que tuvo en vida y que fue, en gran medida, responsable de sus años de encierro: su suegra, Marie Madeleine Masson, presidenta de Montreuil, que cansada de los excesos, despilfarros y libertinajes de su yerno terminó, años después, persiguiéndolo y llegó al punto de conseguir una carta del rey para apresarlo. Ella y un inspector de apellido Marais mantendrían una estrecha vigilancia sobre Sade en los años siguientes.

Los escándalos comenzaron poco después y desde ese momento el marqués sería un asiduo visitante de la cárcel. De los 74 años que vivió, 27 los pasó encerrado.

Varios episodios sórdidos lo habrían convertido en el perseguido de alta alcurnia que fue. El mismo año de su matrimonio ingresaría brevemente al torreón de Vincennes por maltratar a una prostituta embarazada a quien habría azotado y obligado a que lo azotara en frente de algunas imágenes religiosas. Los cinco años siguientes mantuvo sus escandalosas costumbres alejadas del ojo público. Las orgías, que incluían torturas, sodomía (que en la época se castigaba con la pena de muerte) y humillaciones ocurrían en sus palacios, con jóvenes de ambos sexos y al parecer con aprobación de su mujer, quien ya había quedado embarazada del primero de los tres hijos que tendrían.

Sin embargo, a partir de 1768 volvió a prisión por diferentes episodios que van desde la tortura a una indigente hasta un supuesto intento de envenenamiento a un grupo de prostitutas durante una orgía en Marsella. La ojeriza que ya le profesaba el establecimiento terminó en una condena a muerte que, tras su fuga, tuvo que ejecutarse en ausencia sobre una efigie. Una vez capturado, en 1777, pasó por diferentes presidios, desde la fortaleza de Vincennes hasta la célebre Bastilla.

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Durante todos esos años siguió escribiendo. Sus más grandes obras, Justine o los infortunios de la virtud y Los 180 días de Sodoma, por ejemplo, surgieron en presidio. Por esta última, según escribió, lloró lágrimas de sangre al creer perdido el manuscrito durante la toma de la Bastilla. Dos semanas antes de ese episodio que marcó el comienzo de la Revolución y que habría significado su libertad, Sade fue trasladado al manicomio de Charenton, pues desde su celda había arengado “al populacho” a través de una pequeña ventana y con el embudo que usaba para deshacerse de sus excrementos como megáfono.

Solo saldría un año después, pero la libertad lo encontró enfermo, arruinado y abandonado por su familia e hijos. Encontró la compasión de antiguos amigos y el amor de Constance Queznet, que sería su mujer hasta la muerte.

Por un tiempo, además del teatro y la literatura, tuvo incursiones políticas, pero en términos generales vivía en la miseria. En 1801 regresó a prisión sin que estén muy claros los motivos, pero cabe suponer que su obra era demasiado transgresora incluso para la sociedad posrevolucionaria. Sade fue un preso de su tiempo que ofendió por igual a Luis XV, Robespierre y Napoleón. Murió encerrado en 1814 junto a alienados a los que ponía a actuar en sus obras de teatro, sin imaginar que los siglos que vendrían presenciarían el triunfo final de su pensamiento.

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