Las contracciones eran cada vez más frecuentes. A las siete de la noche se repetían cada dos minutos. Los médicos que acababan de recibir el turno de la noche en el departamento de obstetricia del Hospital de Kennedy comprobaron que el útero se había dilatado tanto, que era fácil tocar la cabeza de la niña que estaba a punto de nacer. Sin demora condujeron a Carolina a la sala de partos y muy pronto se escuchó el llanto del
recién nacido. Pesó tres mil gramos. Midió casi cincuenta centímetros. Adolorida todavía por el trabajo de varias horas, Carolina la contemplaba mientras le daba de comer por primera vez en una camilla del pasillo central, y solo sabía que su hija se llamaría Carol Vanessa. Así lo habían decidido con su esposo unos meses atrás, poco antes de que ella cumpliera los 16 años. Era su primer hijo y el décimo bebé que nacía el viernes 14 de
noviembre en este hospital del sur de Bogotá, cuya construcción de ladrillo se levanta sobre la siempre ruidosa y congestionada Avenida Primero de Mayo, y en medio de discotecas, bares, asaderos de pollo, locales de comida rápida, tiendas de esquina y panaderías que adornan la noche con los avisos de neón poderosos e intermitentes con los que pretenden ganarle la clientela a la nutrida competencia.
A pocos pasos de la camilla en la que Carolina pasaba las primeras horas después del parto, y Carol Vanessa las primeras horas de vida, una mujer de la que era casi imposible creer que apenas tuviera 36 años luchaba por llevar a buen término su décimo embarazo. Tenía ocho hijos, había perdido uno cuando estaba a punto de nacer, y esa noche había llegado al hospital con la tensión alta y contracciones frecuentes, a pesar de que todavía le faltaban casi veinte semanas para completar el tiempo de gestación.
En este hospital no es común encontrar a las mujeres que han preparado su cabeza y su cuerpo para un parto normal. Las que han asistido con disciplina a los controles mensuales. Las que quedaron embarazadas después de programar el momento ideal para traer un hijo al mundo. Las que se han alimentado siguiendo las recomendaciones de una nutricionista. Al Hospital de Kennedy llegan las niñas que debieron convertirse en mujeres a la fuerza, porque nunca les hablaron de planificación o porque jamás imaginaron que bastaba una relación para quedar embarazadas. Las adolescentes violadas por sus padres, sus padrastros o algún vecino, que llegan a dar a luz sin la menor idea de lo que significa tener un hijo. Y, sobre todo, llegan las mujeres que en algún momento de los nueve meses de gestación entran al renglón de las pacientes de alto riesgo. Las que empiezan a ver cómo se dispara la tensión arterial y están al borde de la preeclampsia. Las que presentan hemorragias. Las que de un momento a otro dejan de sentir los movimientos del bebé. Las que padecen de epilepsia. Las que no querían quedar embarazadas y de repente se provocan un aborto. O, sencillamente, las que vivieron en silencio las 40 semanas de embarazo, convencidas de que la pobreza les impediría tener acceso a los servicios de salud y llegan cuando el niño está a punto de nacer.
De hecho, los partos programados y sin mayor riesgo no se atienden en este hospital, en el que la sala de partos se confunde muchas veces -casi siempre- con una sala de emergencias que hace rato se quedó pequeña para un sector de la ciudad que crece sin piedad ni control. Por eso, las doce camas de la sección de obstetricia suelen estar siempre ocupadas, como lo estaban la noche del viernes 14 de noviembre. Y, por eso mismo, casi siempre hay que pedir camillas prestadas a otros departamentos, para acomodar pacientes en los pasillos mientras a su lado desfila el equipo de dos especialistas, un residente en ginecología, tres internos, tres estudiantes de medicina de diversos semestres y cinco enfermeras que controlan la tensión, palpan barrigas, verifican la dilatación uterina y corren de prisa como en una escena de película cada vez que alguien grita "¡parto!".
Las cosas no son fáciles en este hospital que recibe mujeres a punto de ser madres y llegande las zonas más deprimidas de Bogotá. Las condiciones están lejos de ser las ideales, pero el equipo humano ha aprendido a bandearse en situaciones más que complejas. Aquella noche, a la cabeza del grupo de médicos y paramédicos se encontraba la doctora Luz Ángela Torres, ginecóloga, obstetra y especialista en salud reproductiva, que ahora recuerda como una anécdota más de su carrera el primer día de rural, cuando debió atender sin ayuda en un hospital de Cali a una enorme mujer del Pacífico embarazada por quinta vez, que trataba de asfixiarse con una almohada para que su bebé naciera muerto. Han pasado muchos años, ha recibido muchos niños y a la muerte le ha arrancado de sus garras muchas mujeres. Ahora señala, con orgullo, que frente a las ocho mamás que murieron en la sala de partos en 2002 en este hospital, este año no se ha presentado ningún deceso.
No hay noche en la que no nazcan al menos dos niños en el Hospital de Kennedy. Noches tranquilas, si se quiere, aunque la acción jamás cesa. Noches en las que los médicos pueden recostarse -por turnos- unos cuantos minutos, para recuperar fuerzas y estar mejor preparados a la hora de la acción. Entre todos compraron un televisor que mantienen en bajo volumen y que los arrulla por momentos, aunque rara vez puedan ver el capítulo completo de una telenovela. Cuando todo parece en calma, cuando el silencio apenas resulta interrumpido por el llanto de un niño al que han separado del seno de su madre o por el latido intenso del corazón de un feto que retumba en la sala de monitoreo, las contracciones de una mujer se aceleran, a otra se le dispara la tensión, una adolescente con barriga de 40 semanas hace su aparición, y los hombres y las mujeres de bata blanca vuelven a escena.
A la 1:30 a.m. -ya era la madrugada del sábado- mientras en la sala de urgencias atendían a uno que otro borracho que había convertido en tragedia el pago anticipado de la quincena, en la sección de obstetricia la calma de la última hora se alborotó de repente. Pero no fue el grito de "¡parto!", sino el anuncio de una cesárea el que puso en alerta al equipo. Una mujer diabética fue llevada a la sala de cirugía, a pocos pasos de donde atendían a un hombre que había llegado con heridas severas por arma blanca. A pesar de que aún le faltaban cinco semanas para completar el tiempo normal de gestación, dio a luz a un niño de 3.500 gramos y 47 centímetros de talla, que fue conducido a la sección de recién nacidos, mientras a su madre -porque así lo había pedido- le ligaban las trompas. Mientras la doctora Amparo Ramírez practicaba la cirugía, la doctora Torres hacía una ronda por las habitaciones revisando a las pacientes y, de paso -porque el de Kennedy es un hospital universitario- preguntándoles a los alumnos qué es un procúbito, de cuándo a cuándo va el período perinatal, cómo se debe recibir a un niño que tiene la espalda muy ancha y otra serie de puntos que por más que se estudien en los libros solo se aprenden bien en vivo y en directo.
Pasadas las dos de la mañana le hicieron una ecografía a Luz Ángela, una mujer que iba a ser madre por segunda vez. Hasta ese momento no conocía el sexo de su futuro hijo, pero estaba segura de que si era niño lo llamaría Juan Carlos, como el papá, y si era niña la bautizaría con un nombre compuesto que debería llevar su Luz. Tan tranquila estaba, que a pesar de que los médicos pronosticaron que el alumbramiento llegaría con los primeros rayos del sol, sus compañeras de habitación le decían que era una fresca, que no entendían cómo podía reír tanto con semejantes dolores. A una de sus vecinas, con seis hijos que la esperaban en la casa, los médicos trataban de salvarle un embarazo de ge-melos que había entrado en crisis. Si todo salía bien completaría un octeto.
A las 3:00 a.m. llegó una paciente de 16 años que fue remitida al hospital de Bosa. Media hora más tarde atendieron de urgencia a una mujer con fuertes dolores en el vientre, a la que después de una inspección con el ecógrafo le anunciaron que se le había corrido la T con la que planificaba. A las 4:00 a.m. hizo su ingreso María Teresa, de 28 años, madre de dos hijos, con seis centímetros de dilatación. Conectada al monitor fetal, el corazón de su bebé latía 130 veces por minutos -el doble que el de un adulto normal- y ella estaba tan adolorida que sus ojos de un intenso verde aceituna se bañaban en lágrimas constantemente. Tanto se aceleraron sus contracciones en la siguiente media hora, que a las 4:35 a.m. el doctor Rolando Rodríguez Ramos dio el grito de "¡parto!".
La residente de pediatría se levantó del camarote en el que trataba de hacerle el quite al sueño. Las enfermeras llevaron a María Teresa a la sala de partos. La doctora Zárate se puso los guantes y empezó a darle las indicaciones a la paciente: haga fuerza, no haga fuerza, respire así, respire asá... A las 4:47 a.m. asomó la cabeza del niño, y la madre no alcanzó a sentir que su cuerpo había perdido una parte considerable de su volumen, cuando empezó a preguntar por qué no lloraba. Y lloró pronto, estimulado por el médico y por la ansiedad de su mamá, y muy pronto se calmó, a pesar de que la pediatra lo incomodaba para limpiarlo por dentro y por fuera.
Después de dos horas intensas todo parecía volver a la normalidad, cuando la señora de los ocho hijos y el embarazo complicado expulsó el feto, de buenas a primeras, en la cama a la que había sido trasladada luego de soportar las incomodidades de una camilla durante varias horas. Más que tristeza, su cara reflejaba dolor. Las enfermeras se llevaron al niño que no pudo ser, y la madre pasó a la sala de partos -curiosa paradoja- para que los médicos concluyeran en su vientre una labor que en todo caso había quedado inconclusa.
A las 6:30 a.m. el olor de alcoholes y desinfectantes que había reinado en la noche cedió y un leve aroma a café instantáneo se coló por el pasillo. El médico que dejaba al día las estadísticas verificó que el 14 de noviembre habían nacido dos niños menos que el jueves 13, y señaló que en lo corrido del sábado iban dos. En doce horas, la vida había transcurrido sin sobresalto para la doctora Torres y su equipo, había comenzado para tres seres humanos, había cambiado definitivamente para las madres que los parieron, había sembrado un sinfín de ilusiones entre los padres que llegarían muy pronto a conocerlos. Muy cerca de la sección de obstetricia, el hombre herido con puñal todavía se debatía entre la vida y la muerte. En la unidad de Cuidados Intensivos los respiradores artificiales seguían rugiendo. En las panaderías aledañas al Hospital de Kennedy comenzaban a acomodar en los mostradores el pan recién horneado, y en la Avenida Primero de Mayo se apagaban las luces de neón.

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