Hace horas que deambula por los pasillos sin camisa. Arrastra unas chancletas Cauchosol de esquina a esquina y una costra de sangre ensucia el lóbulo de su oreja derecha. Tiene la complexión de un boxeador, es más, se parece a Roberto 'Mano de Piedra' Durán. El mismo bigote recortado y fino le atraviesa la cara, los bíceps son tan poderosos como los del hombre que venció a Sugar Ray Leonard en 1980 y su mentón es cuadrado e irrompible a primera vista. La diferencia está en su mirada. El miedo la enturbia desde que vio el revólver hacer fuego esa mañana, cuando iba trotando hacia una estación de TransMilenio. Una sombra salida de la nada descargó cuatro fogonazos contra él. Dos hicieron blanco en su brazo derecho, uno más rozó su cuello y el otro hirió a un niño que vino a morir en el mismo sitio por donde ahora camina como un poseso: el Hospital El Tunal.
Mano de Piedra -se niega a revelarme su nombre- está vivo para contarlo. Juan Díaz Mora dejó de estarlo por la tarde. El hombre de 40 años cerrados ingresó con un proyectil alojado en el cráneo y a las 6:43 p.m., en la cama 47, hizo paro cardio-respiratorio y se fue de este mundo. Su lecho espera por el siguiente baleado, apuñalado, intoxicado con escopolamina o borracho en desgracia.
"La feria del puñal y solo tiro", así describe el enfermero jefe Ulises Ramírez lo que es una noche de viernes en la sala de urgencias de la Santa Fe del sur, el lugar a donde van a parar todos los heridos de gravedad de siete localidades, entre ellas Tunjuelito, Usme, Rafael Uribe Uribe, San Cristóbal y Ciudad Bolívar.

Estamos de pelea
Fumo el primer Lucky Strike de la noche sentado en la acera del parqueadero donde se estacionan las dos
ambulancias con las que cuenta El Tunal. Me paro y doy vueltas en círculo con la colilla en la mano. Estoy ansioso por saber cómo se inaugurará el turno nocturno, que va de siete a siete. Miro hacia la sala de espera del primer hospital público que recibió un certificado de calidad del Icontec. Dos dispensadores de alimentos y un perro les hacen compañía a los familiares de las personas que están dentro. Me detengo en la puerta de entrada y leo uno de los tres carteles que están pegados a la pared. Rodrigo Villamil Bocanegra. 24 años. 1,65 m de estatura. Delgado. Pelo largo. Salió el 22 de octubre de su casa en compañía de un lobo siberiano. Me quedo pensando en una imagen estúpida: el lobo aullando en las calles del sur de Bogotá.
La entrada de la camioneta Luv color uva me coge distraído. Del platón sale un hombre inconsciente. Sus acompañantes lo sacan envuelto en una sábana, recorren el pasillo hacia la sala de reanimación en medio de una gritería y lo dejan sobre la cama 45. Mi pulso se altera de inmediato. Una mujer joven entra tambaleándose y se desploma sobre el pecho del tipo. No puede hablar, tiene los ojos desorbitados. El doctor Robin Rada, el intensivista a cargo, la retira y le pregunta si estaban peleando, si ha consumido trago o droga. No responde, solo solloza y manda a callar con una grosería a una enfermera que hace un mal chiste. El doctor Rada se conoce de memoria este tipo de casos y ríe con la broma de su ayudante. Es necesario mantener el buen humor esa noche, de lo contrario la tensión terminaría acabando con los nervios de las 134 personas encargadas de contener la avalancha de urgencias que recibe este hospital de nivel III, al que remiten pacientes de otros centros por ser el único del sur de Bogotá con especialistas en sus filas.
Rada moja un pedazo de algodón en alcohol y hace que lo huela el hombre. Un par de tosidos confirman el dictamen: se trata de un desajuste psicológico de menor grado denominado crisis histérica conversiva (una pelea entre novios con ataque de nervios incluido). La mujer se desploma mientras las enfermeras acaban de tomarle los signos vitales a la víctima. Cae a mis pies lenta como la hoja de un árbol. La veo tirada en el piso a escasos centímetros de mis zapatos y no me muevo, no hago nada. Dos enfermeros los sacan al pasillo, necesitan las camas para las dos millones ochocientas mil personas del sector con problemas reales. Siento que mi corazón trabaja como los pistones de una tractomula de ocho ejes en subida, Ulises me calma, me dice que sólo estaba tratando de llamar la atención. Mierda, no he visto la primera gota de sangre y ya me temblaron las rodillas.
Tengo que caminar al lado de Mano de Piedra para nivelar mi pulso. Sus pasos lentos, acompasados, me tranquilizan. Paso frente al guardia del Inpec que custodia a un violador de niños al que sus compañeros de celda le quemaron el pene y le dieron una paliza tres horas seguidas. Hasta él se sonríe con mi estado alterado. Me aplasto en uno de los sillones del cuarto donde descansan los médicos. Por un televisor lluvioso veo cómo entrevistan a la señorita Bogotá.
-¿De qué barrio es usted reina?
-De El tunal.
Me pregunto si Angélica María Sierra alguna vez habrá tenido una crisis histérica conversiva. Veo por el ventanal pasar a la joven de ojos desorbitados que sale de urgencias por la entrada de atrás. Nadie la sigue.
Pasa el tiempo y bajo la guardia. Una alharaca que se oye desde el fondo del corredor me saca de mi modorra. Me asomo. Un gigante en pantaloneta, algo así como un Hulk de Cajicá, está peleando con dos policías. Camino hacia él. El tipo huele a aguardiente a metros. Un teniente y un cabo tratan de sentarlo en una camilla, no pueden dominarlo. Llaman a gritos a una tal Norma. La mujer entra y le dice:
-¡Negro, cálmese. Por favor, cálmese!
-¡Sáqueme de aquí, mamita, sáqueme de aquí!
Un flaco entelerido que parece ser su amigo lo empuja hacia la camilla. Hulk responde con un puñetazo que muere en su pecho. El teniente y el cabo entran de nuevo en acción. La gresca es en serio ahora. En el forcejeo vuelan estantes, jeringas, rollos de esparadrapo, sondas. El celador interviene. Son tres y no pueden con él. Un puño alcanza la cara de Norma. En una sacudida el borracho va a parar contra un gabinete y un segundo después un chorro de sangre oscura sale por su nariz. Atontado se sienta en el suelo y se toca la herida, mira a su alrededor como un bebé ve desde su cuna por primera vez a sus tías y hace un ademán de querer pararse. Por detrás llega un enfermero de su mismo tamaño y lo reduce con una llave. Parece un enfrentamiento de la WWE. Un hombre de traje verde inmoviliza a otro que viste pantaloneta azul añil y rojo granate. El público absorto espera el desenlace.
Finalmente, levantan a Hulk hacia la camilla. Su contendor mantiene la llave reductora, una médica aprovecha y le clava una inyección de Midazolam que lo mantendrá sedado por una hora. Lo amarran de pies y manos y le ponen suero para bajarle tremenda rasca. Mañana tendrá la peor de las resacas y no sabrá que casi destruye una sala de urgencias donde se atienden al día 150 personas en promedio. Otra vez mi corazón tiene que acudir a Mano de Piedra para calmarse. Recorremos el pasillo sin decirnos nada. Al rato salgo a fumarme otro cigarrillo. Son las 12:20 a.m. Los olores condensados de la sala, el alcohol antiséptico, las cobijas calientes, el Isodine, el hipoclorito, que es el desinfectante con que limpian la sangre que cae al piso, me tienen algo mareado. ¿Cómo diablos hace esta gente, médicos, enfermeros, cirujanos, porteros, para aguantarse jornadas de trabajo tan demenciales?, ¿cómo hacen para atender casi 4.500 personas al mes y cubrir esta clase de turnos día de por medio?, ¿cómo hace Ulises para además de ser uno de los enfermeros jefe dictar clases en una universidad? Respiro hondo, el aire es helado y me descongestiona. Los exostos de las busetas truenan a lo lejos.
Afuera un policía me cuenta que estos enfrentamientos son comunes. Es un gordo bonachón cuya panza no aguanta mucho la reata. Hace rato que anda con ella desabrochada y con el radio que lo comunica con la estación sexta de policía en la mano, pendiente del próximo visitante.
-Hermanolo, la mayoría de la gente que atiende el hospital es de estrato 1 y 2 y desgraciadamente no sabe beber. No es que se tomen sus guaros tranquilos, en la casa. No, esa gente toma hasta matarse y entonces se descalabran o salen a la calle y los cascan o los drogan o se agarran entre ellos-. Asume una postura de teórico y remata: -Yo diría que el ochenta por ciento de las urgencias tiene que ver con el trago. Cambio. Sí, mi teniente, sí creo que hay cupo. Cambio. O.K., mi teniente. Mire, ¿no le digo? Ya nos traen dos borrachos escopolaminados que recogieron en la calle.

Un tapón en el pecho
De nuevo, el cuerpo sale del platón de una
camioneta, esta vez de la Policía. La consigna parece ser no manchar los asientos. Uno de los intoxicados es un viejo que viene a ocupar el lugar de Hulk, que hace rato fue relevado al pasillo. Las enfermeras lo desvisten con una rapidez asombrosa, le toman el pulso, le revisan las pupilas y le ponen oxígeno. El hombre queda en calzoncillos, son amarillos y muy gastados. Los asaltantes solo le dejaron la cédula en el bolsillo de la camisa para que pudiera ser identificado. En el hospital se lo agradecen, es desesperante cargar con un N.N., sobre todo por el papeleo. Claro que El Tunal es el primer hospital de la red pública con un sistema de informática total que redujo al máximo los Kilométricos y el papel carbón.
Lilia, una enfermera encargada de la toma de muestras, le pone una sonda al viejo -abuelito le dicen ellas- y le da suero a chorro. Necesitan hacerlo orinar para que evacúe las toxinas lo más pronto posible. En mitad de la acción la puerta se abre con un estruendo. Entra un pandillero con varias puñaladas en el cuerpo. Tienen que acostarlo sobre una tabla de paramédico que está en el piso para atenderlo, no hay camas. Las 37 con las que cuenta urgencias están ocupadas. El sitio se llena de médicos, el cirujano entra corriendo. El cuchillo entró por el costado derecho y perforó la caja torácica. Los pulmones pueden estar comprometidos, por lo que es necesario drenarlo. No hay tiempo de pasarlo a la sala de cirugía, la intervención se realiza ahí mismo. La puerta se vuelve a abrir. Es José Vicente, el operador de radio.
-Para avisarles que viene un taponado. Lo trae una ambulancia que viene de El Carmen.
Un taponado es un apuñalado con una herida pericordial o, en lenguaje llano, cerca al corazón.
Por primera vez en toda la noche noto cierta tensión entre el personal, yo la he mantenido desde que Hulk casi rompe a su propia mujer. No sé dónde van a atender al tipo que viene en camino. Los pasillos están repletos, no hay camillas libres, en reanimación no cabe una jeringa más. Miro el reloj de la pared: marca las 3:40 a.m.
Una señora con una brilladora industrial y un ojo tapado por un parche quirúrgico pasa su aparato como por quinta vez en la noche. Transcurre una hora y el taponado nada que llega. En su lugar aparece otro borracho que se fue por una escalera y casi queda sin rostro. No saben tomar, no saben tomar, dice el policía gordo a mi lado.
Parte de la primera estrofa del himno de Tunjuelito, la localidad de donde son la mayoría de los atendidos, dice así: "Historia de los viejos tunjos/ hombres hechos de barro y cebada". Es una verdad de a puño. Esta gente está hecha de cebada y los que trabajan en El Tunal, de una materia rara y admirable que les permite lidiar a diario con todo esto.
Con el ruido de los pájaros entra el último paciente que veo en la noche. Parece una mentira, pero otra vez llega en el platón en una camioneta. Le pegaron un tiro en la cabeza, la sangre corre a borbotones. Lo ponen sobre otra tablilla de paramédico. Lilia me mira y mueve la cabeza. No hay nada que hacer.
-Tiene masa encefálica expuesta, ¿cierto?-. Me sorprendo hablando en esta clase de términos. Lilia asiente.
Una sensación de malestar se apodera de mí. Cuando llegué a la sala de urgencias, cerca de las siete de la noche, un hombre acababa de morir a causa de un balazo en la cabeza. Doce horas después veo cómo agoniza otro gracias a un tiro que lo penetró en el mismo lugar.
Voy a la sala de espera por un tinto más de la máquina. Afuera ya clarea. En la entrada, una señora me dice:
-Doctor, ¿no ha visto por ahí a una muchacha de pelo largo y camisita de manga sisa? Entró con un chino que ya dejaron salir. La llevo buscando como desde las doce.
Es la novia desmayada. Le digo que la vi salir a esa hora por la otra entrada. No tengo más respuesta. La mujer me da la espalda. Seguramente mañana estará mandando a hacer un cartelito en una papelería para ponerlo al lado del de Rodrigo, el del lobo siberiano. Mi corazón ya no trabaja como un pistón, ahora me pesa en el fondo del pecho como una piedra de río. Me siento taponado y Mano de Piedra no puede hacer nada por mí.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.