No hay nadie en la calle. No pasan carros de derecha ni bicicletas de izquierda por ahí. Solo se mueve, por cuenta del viento, una botella plástica de 500 mililitros. Llevo mi paraguas por si acaso, para que nada me llueva, por una acera en la que nadie va a ninguna parte. Camino cuadras y cuadras desiertas hasta que entiendo en dónde están todos. Se han metido en el centro comercial. Se han ido por los pasillos de aquel sitio, y se han parado frente a los inquietantes maniquíes de las vitrinas, como quien recorre gratis un museo del presente. Se han extraviado en los almacenes de ropa, de juguetes, de electrodomésticos, porque en esos lugares se sienten a salvo, se descubren aceptados, por fin, por los que tienen al lado, y pueden darse el lujo de perder el tiempo haciendo nada.

A mí de verdad me gustan los centros comerciales. Siempre quiero ir. Creo que son el opuesto de los clubes sociales: sitios a los que se pertenece porque sí, en los que cada quien encuentra lo que quiere, en donde todos, de verdad, somos iguales, y nadie lo mira a uno de reojo. Así que entro a este. Que no es uno de esos centros comerciales entrañables, decadentes y desvencijados, en los que uno se siente afuera apenas entra, no es otros de esos edificios apaisados que un día amanecen invadidos por casinos sórdidos, casas de cambio que no sellan los dólares y cigarrerías con collares de butifarra en el mostrador, sino un sitio gigantesco, más bien descansado, en el que uno podría quedarse a vivir si no tuviera dónde más quedarse. Las puertas se abren solas apenas doy el primer paso. Y desde ese momento caigo en cuenta de una cantidad de cosas que antes daba por sentadas.

No soy bueno para las coreografías en masa, no me gusta hacer la ola en el estadio ni levantar encendedores en las baladas de los conciertos, no marcho de blanco por la paz ni me río con las risas pregrabadas a no ser que el chiste sea chistoso, pero eso no significa que me sienta incómodo en las multitudes. Voy en paz, mejor dicho, por este lugar. Y entonces caigo en cuenta de que en el centro comercial, en esa especie de intimidad compartida, todos nos volvemos profesores de todos. Una abuela le dice a su nieta "Alejandra: deja pasar al señor" cuando trato de adelantarlas por el lado izquierdo en las escaleras eléctricas. Un padre le dice a su hijo que bote los restos de su almuerzo en la basura de la plazoleta de comidas para que yo pueda sentarme a almorzar. Y un novio envalentonado le grita a un tipo alargado que no se me cuele a mí en la fila del cine. Acá la gente es amable porque sí. De pronto es que hemos aprendido a convivir.

Todo falla (recuerdo que la gente pierde la cabeza apenas puede) cuando entro a los escabrosos baños públicos: podrán ser relucientes, podrán tener espejos de camerino, inodoros que bajan el agua cuando se cierra una cremallera y lavamanos que solo lavan las manos que le ruegan, pero los pisos son un charco de orines, los visitantes son una serie de ojos violentos que miran como diciendo "qué me mira", y los cubículos están, literalmente, vueltos mierda: estar ahí es ser testigo de una verdadera acción terrorista.

Siento, apenas salgo de ese pasadizo, que he vuelto a la civilización. Pero todo vuelve a fallar, tres pasos más allá, porque una señora me pide que le firme una hoja suelta si estoy de acuerdo con la reelección del presidente, y se molesta de verdad, de verdad me mira como si yo fuera una amenaza y me pregunta "¿por qué no?", cuando le repito que simplemente no quiero firmar, que ya estuvo bien, que ocho son suficientes, que me pone nervioso este nuevo país de iluminados en el que las cosas pasan porque así tenían que pasar, que el único gobernante al que le he creído en mi vida es a Antanas Mockus y que este sábado solo quiero descansar. Me mira como si le estuviera hablando en un idioma incomprensible. Me muestra que los demás transeúntes ya firmaron. Y me recuerda (de los parlantes viene la arrodillada música de Juanes, de Vives, de Shakira) que el país de hoy es tan seguro como este centro comercial. Yo, cansado de hablar sin ser oído, le digo que si acaso se parece a los escabrosos baños públicos.

Y entonces tiembla la tierra, sí, es el famoso día del temblor. Y, mientras las lámparas de esa bodega se convierten en péndulos, me niego a aceptarle la metáfora a la recolectora de firmas.

Los centros comerciales son seguros por la presencia de los vigilantes, claro que sí, son seguros por las cámaras antirrobos que anclan en aquellos muros infranqueables, pero sobretodo son seguros porque estamos todos bienvenidos, porque a nadie ahí le importa que el de al lado piense lo contrario y no hay que llamarse de ninguna manera para entrar, por ejemplo, a las tiendas de ropa. En fin. Podría alterarme. Podría buscar una salida de emergencia para evitarme semejante discusión. Y sin embargo no lo hago, no me voy, porque pronto deja de moverse el mundo, porque caigo en cuenta entonces, en la paz que sigue a un temblor, de que aquella señora también tiene derecho a creer en lo que cree, y pienso, antes de seguir haciendo el ridículo, que no hay nada más idiota que pelear por presidentes.

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