De un momento a otro me puse helada, sentí ganas de vomitar, se me infló el estómago y las piernas me empezaron a temblar. Desde entonces, cada vez que tengo que desplazarme de un lugar a otro vuelven los síntomas.

Cuando regresé a mi casa después de esa experiencia todo se complicó: no quería salir y me la pasaba dormida esperando que los días transcurrieran. Entonces se dio el momento fatídico de volver a la universidad, que llegó con ataques de pánico en clase. Sentía un miedo inexplicable, se me dormían las piernas, me mareaba, pensaba que me iba a desmayar y salía corriendo así estuviera en pleno parcial. Nadie entendía qué me pasaba, hasta que mis compañeros se dieron cuenta de que estaba muy mal y empezaron a intentar sacarme de la casa. Yo trataba de seguir con mi vida e iba a los sitios de práctica profesional para no perder el semestre, pero evitaba a toda costa estar en lugares donde ya me hubieran dado ataques de pánico. Como alguna vez me dio uno en un auditorio, siempre trato de hacerme cerca de las salidas de emergencia.
Por esa época me inventé un sistema de horarios útiles para mí. Por ejemplo, sabía que de la casa a la universidad me demoraba media hora en bus, entonces me iba pegada del reloj contando los minutos. Si me pasaba un segundo, me tenía que bajar. En realidad, para mí el único lugar seguro era mi casa. Algún tiempo después pensé que ya estaba bien, que podía ir a sitios y no me sentía mal, pero luego descubrí —gracias a mi psiquiatra— que lo que hacía era evitar ciertas situaciones que me ponían incómoda. 
Mi terapeuta me hizo entender también que yo misma me provocaba estas sensaciones y que cuando sentía miedo empezaba a respirar muy rápido, por eso me mareaba. Ella me enseñó técnicas de respiración y empezamos un proceso exhaustivo de antecedentes familiares que me llevó a la conclusión de que la sobreprotección de mis padres había desempeñado un papel importante en el surgimiento de mi fobia. Decidimos entonces hacer unos ejercicios de confrontación, no en acciones, pues yo me sentía incapaz, sino en situaciones hipotéticas en las que debía concentrarme en las soluciones y no en el miedo.
Gracias a la terapia he logrado mejorar. Pude viajar en un avión encerrada y aterrizar en España, adonde me mudé con mi esposo. Eso sí, para lograrlo tuve que tomar alprazolam, una droga que me tranquiliza y que, aunque no me quita el miedo, me ayuda a sobrellevar los síntomas. 
Hoy puedo ir a trabajar, siempre y cuando haga lo que me gusta, que es la fonoaudiología. Antes era duro, quería salir corriendo del consultorio e incluso tuve que vomitar varias veces, pero con el tiempo me he dado cuenta de que soy capaz de muchas cosas, y eso es un gran avance.

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