Salir de rumba no es fácil para un soltero. Si fuera una película, bastaría con ponerse la pinta y acelerar el convertible deportivo hasta la disco para que el amable guardia de seguridad lo lleve hasta su mesa. Pero uno no es Brad Pitt y la fiesta es a otro precio. Si usted aspira ir al sitio de moda —al lugar donde quiere entrar todo el mundo y no al bar donde trabaja su amigo— hay que prepararse para una requisa que haría sonrojar a un guardia del Inpec.

El gorila de la entrada le pregunta si es mayor de edad, con cuántos amigos viene, si se puso tenis o mocasines, si está en la lista de invitados, si viene con amigas y si está dispuesto a pagar un cover de 20.000 pesos, nada consumible. Todo mientras los amigos del dueño pasan por encima de uno, que tiene que esperar por el pecado de tener una cara normal y un suéter ahí.

Adentro no es mejor que afuera: usted no baila sino que se lo bailan, para pedir un trago hay que gritar, hacer mímica, ponerse bravo y sonreírle a la vieja de la barra para que le venda uno aun más caro que el cover. Hay que chupar licor para olvidar que lo están empujando, que no se puede respirar, que el reggeatón está muy duro y que la mayoría de las mujeres son inalcanzables para usted: son modelos o prepagos, o modelos prepagos. Y por la fealdad de sus acompañantes deduce que no están con ellos por amor y que varios tienen al menos una orden de captura.

Porque lo más jodido para un soltero es que está rodeado de mujeres deliciosas que se contonean con letras como "siente el ritmo, sigue excitándome" y uno, arrecho hasta los calzones, mueve la cabeza con la cadencia de un contador público para no ser dado de baja por los miembros del crimen organizado que, pendientes de sus amigas, lo miran como perros rabiosos. Toca avanzar como caballo de zorra, con los ojos tapados, entre callejones de pechos voluptuosos y nalgas desafiantes, autosugestionándose que todas son lobas, inmundas, mostronas.

Tras cada trago, el godo dentro de uno reniega de cómo es que dejan meter tanta gente, cómo así que no hay extintores ni salidas de emergencia, ¡ala! Despotrica de la juventud y de esa música pecaminosa con letras para retardados mentales, mientras mueve el pie al compás de "siente el boom de este perreo intenso".

Levanta la cabeza y una de las niñas que lo miraba con desdén se mueve a su paso. Su desparpajo le atrae y ella, ante su sorpresa, le "perrea" con ternura y brinda con usted. De repente ese tumulto se convierte en una oda a la alegría, el humo dulce en la atmósfera le recuerda las nubes del cielo, y los amigos mal encarados que la custodian le parecen unos bacanes.

¿Quién dijo que las personas feas, agresivas y exageradas son delincuentes? ¿Dónde está escrito que una mujer con tejanas de tacón puntilla y tanga dorada por encima de las nalgas es gata? Los jóvenes merecen bailar, los pobres bouncers de la entrada tienen que guardar nuestra seguridad.

Sus preocupaciones se disipan cuando sus nuevos amigos bailan a su alrededor. Le cuenta sus problemas a uno de ellos y él les cuenta los suyos, mientras que la niña le da un beso en la boca antes de ir al baño y regresar con la nariz irritada y la quijada descuadrada.

Al otro día usted se levanta con agrieras y la satisfacción de una buena rumba. Todavía copetón entra a Facebook y encuentra 15 imágenes suyas bailando con lobas y personajes sórdidos que le hacen cachos con los dedos detrás de su cabeza mientras le embuten whisky. Usted es el bobo del grupo que tiene la corbata en la cabeza.

Se siente más solo que nunca. La niña se ve divina en una de las fotos aunque se esté besando con uno de sus amigos mal encarados. Le queda claro que no va a encontrar a la madre de sus hijos en la discoteca de moda; sin embargo, tiene que seguir tratando. Ser soltero no es fácil; levantarse una vieja, menos; y para distraer el sufrimiento va a necesitar más de anestesia si es que aspira a tolerar la agonía de los días de rumba que le esperan.

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