Estábamos terminando la cena en un restaurante de la avenida Corrientes, cinco amigos de más de cuarenta, arreglando los detalles acerca de en qué casas y con qué vituallas veríamos los partidos del Mundial 2010, y cómo nos desharíamos de nuestras esposas cuando nos tocara ser sede en cada caso. De pronto, Fernando anunció: "No veré el Mundial 2010".

Por unos cuantos segundos, los cuatro restantes pensamos que nos revelaba una enfermedad terminal y que le quedaba menos de un mes de vida. Pero viendo la grima en nuestras miradas el propio Fernando se apresuró a aclarar que simplemente no le gustaba el fútbol.

—Pero… ¡cómo! —reaccionó Emilio—. ¡Has visto todos los mundiales, desde el 78, con nosotros! Antes y después de casarnos. En tu casa y en las nuestras. Has gritado, te has enervado… hasta has llorado, igual que nosotros.

—Fingía —confesó Fernando—. No quería quedarme afuera del grupo.

—¿Y en el Mundial 86? —preguntó Luciano con la voz quebrada—. Cuando Maradona hizo el gol contra los ingleses…

—No, no —lo tranquilizó Fernando—. Ese gol lo grité con ganas. Pero fue solo esa vez. No me quiero ya engañar a mí mismo ni a ustedes: me aburro con el fútbol, incluso con los mundiales.

—¿Y por qué se te ocurrió justo ahora confesarlo? —me interesé.

—Ya tengo 44 años —explicó Fernando—. Me siento más ridículo fingiendo que me interesa el fútbol que confesando que no me interesa. Prefiero salir a pasear en soledad. ¿Seguirán siendo mis amigos?

—Por supuesto —gritamos todos al unísono. Pero en el mismo grito asomaba la falta de convicción.

Mario se lo preguntó a bocajarro:

—¿Eres gay?

—Claro que no —respondió sin enojo Fernando—. Muy por el contrario. En la final del Mundial 90 salí a caminar solo por la ciudad y conseguí una mujer muy interesante, casada, por supuesto, a la que el marido había echado de casa porque no paraba de cotorrear durante los penales. Buenos Aires parecía arrasada por una bomba neutrónica. No había ni mendigos. Por suerte encontré un hotel por horas abierto, el conserje estaba clavado al televisor y ni miró el billete que le daba. Cuando le pedí el vuelto me regresó el mismo billete. No me cobró. Éramos los únicos huéspedes del hotel, y en lugar de escuchar los gritos de las habitaciones vecinas, escuchábamos los gritos de las atajadas de los penales, de los departamentos de los alrededores. Y los del conserje.

Recordé aquel Mundial en Italia, y que Fernando se había excusado de verlo en casa de Emilio por una gripe aparentemente contagiosa.

—Desde entonces —siguió Fernando—, cada vez que hay un Mundial, durante los partidos de Argentina salgo a la calle e invariablemente consigo mujeres. Es más, en el 2006, cuando le ganamos como 6 a 0 a ese país que no me acuerdo si era Bosnia o Herzegovina, me acosté con una esposa en su propia casa. El marido no nos escuchó.

—¿Y qué le dices a tu esposa? —preguntó Lucho.

—Que estoy viendo el partido en casa de alguno de ustedes.

Mario palideció.

—Mi mujer siempre sale con sus amigas durante el partido— nos informó.

Y agregó, en voz baja, como para sí mismo:

—Nunca me presentó a esas supuestas amigas…

Un silencio de muerte asoló la mesa.

Lo interrumpió Emilio:

—Igual no creo que pasemos de la segunda vuelta.

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