¡Qué hijueputa semanita! Todavía no me repongo del susto. Toda la vida ansiando esta oportunidad para ir a dar con tanto huevón desaprensivo. Sufra, llore, grite, salte y abrace desde chiquita por un balón y once taraos dándole patadas, y un buen día le cumplen el sueño de su vida y ¿qué saca? Un sufrimiento del verraco y una tembladera que aún me dura.

Figúrense que me ofrecieron dirigir un equipo por una semana y el mandamás de esta revista sugiere el Santa Fe moribundo de mis amores; bueno, de mis amores tardíos, porque el que llevo en mi alma, corazón y vida es el Madrid soberano, el Madrid de mis entretelas, el Madrid de la gloria eterna. Pero como una busca el equilibrio y las monjas me enseñaron que no todo son alegrías en este valle de lágrimas, pues me incliné por los desamparados, por los sufridos. Me dije: Si yo esperé treinta y dos años a conquistar la octava Copa de Europa, conocida hoy día por la cursilería de la Champions, ¿por qué no subirme al bus de los que aún aguardan el milagro de la Virgen de Monserrate, después de tres décadas de paciente espera?

Antes de alistarme confesé, para no pecar, que los Millonarios también me seducían. ¿Cómo ser ingrata con quienes nos enviaron al genio más grande que nunca en la capital española hayamos conocido: al venerado dios del balón don Alfredo di Stéfano?

Pero vuelvo a la teoría del equilibrio. Una vez entregada la existencia entera al Madrid y nueve de los diez años que llevo en esta capital a los azules, estimé cumplido el favor: me pasé a los cardenales. Y me enamoré del sufrimiento.

Como les decía antes de enrollarme como una culebra, me incorporé como profesora a un Santa Fe al borde del abismo —tres fechas sin ganar y una directiva que amenaza con echarme a las patadas si pierdo de nuevo— y acudí presta a la primera cita. De sopetón, recibo el golpe inicial. Señalando con el dedo y mordiéndome la lengua, pregunto con un hilo de voz: "¿Que me suba a esa busetica destartalada? ¿Seguro que no es un trasto chiviao para secuestrar jugadores?".

Pues no, señora mía, es el medio de transporte oficial del Santa Fe Fútbol Club que el alcalde Garzón no se atrevió a chatarrizar. Me explican que cayeron en bancarrota y tuvieron que vender dos buses elegantes y quedarse con el que compró el club en su fundación, año de 1941. Supe también que los guayos ya no son de esa fecha, que gracias a un jugador expulsado por borracho que no cobró los premios, pudieron renovarlos este año.

Sentí en ese momento más amor por el equipo, en realidad no sabría decir si era amor verdadero o compasión, pero se me arrugó un tris el alma y se me escurrió una lágrima de emoción.

Viajamos apretaditos por la sabana hasta un potrero verde, luminoso. Al bajar, me alegró comprobar no solo que no pastaban vacas, como esperaba —solo divisé una oveja atada a un palo—, sino que tenía ante mis ojos dos canchas rurales de fútbol con buena hierba, para qué, y, por si fuera poco, de nuestra entera propiedad. Miré también una construcción casi acabada, obra de mi antecesor en el cargo, el gran profe Pedro Sarmiento. Gracias a su empeño, los muchachos tendrán un lugar cerrado para cambiarse y no el quiosco abierto en donde se les puede admirar en paños menores. Y a Fe que merece la pena ese paisaje de músculos y tatuajes.

Una vez embutidos en uniformes limpios, comienza la práctica. Como se trata de nuestra primera cita, no quiero resultar grosera y prefiero rumiar mi ira interna. Trotan a paso de señorita, regalan el balón al contrario, desconocen que existan dos laterales... Pero me callo. Y pienso que si el profe Sarmiento que ha mamado fútbol desde chico, que sabe chino en esas lides y que le sobra carácter, no ha podido, ¿seré capaz yo de voltear un equipo en solo una semana para ganar el crucial encuentro?

Veamos con qué cuento. Una veintena de jugadores esmirriaos, fanáticos del Play Station, con el caminado de los cracks, pero con salarios de celador, junto a algún que otro veterano como Léider o el uruguayo Ramírez, llegados con el entusiasmo de los principiantes pero entraditos en años.

No es como para huir a las carreras, pero tampoco para soñar con salir a hombros por la puerta grande con la estrella colgando. Y menos aún para aguantarse a un puñado de periodistas ignorantes, prepotentes e ingratos, que exigen victorias y jogo bonito como si los míos fueran galácticos. Todo por hacerse los importantes, los duros del paseo, ellos que apenas distinguen el árbitro de un arquero, y lo peor del caso es que los directivos del equipo, que saben de fútbol lo que yo de arameo, tragan entero y creen que los periodistas son el oráculo futbolero y la amenazan a una con el despido si no ganamos el domingo. ¡Pandilla de desaprensivos! Los detesto, los aborrezco, los abomino.

¡Ah! Se me olvidaba. ¡Y qué me dicen de las mamás embravecidas porque no pongo en el once titular a su muchacho! Los pelaos como Mike o como Costa, se hicieron futbolistas por mandar una plata a la familia que los libere de la pobreza. Su motor vital es que los hermanos coman y estudien y que la mamá descanse, y yo, no solo les admiro profundamente por ello sino que hago lo que puedo apoyándolos en todo, pero que no frieguen con que su peladito no chupe banca, con que es más que Maradona o Kaká, ¡qué jartera de cantaleta!

Como decía, el primer entrenamiento lo dediqué a observar y anotar detalles. Partidillo de seis contra seis de dos toques, y vea usted que nunca recogen un balón cuando se pierde por la línea de fondo. Esperan que el utillero se lo entregue en la mano. Ellos son así de doctores, así de pinchaos.

Padecen de pereza crónica, razona alguien. Llegan al club a los dieciocho sin escuela, porque dizque son buenos jugando en un parque, agrega otro espontáneo. "Pues yo mañana les pongo a ustedes a correr diez kilómetros diarios y a recoger pelotas", insinúo más tarde a un par de jugadores. "Pues se quedará sola", me contestan riendo. "Pues me compro a once fanáticos callejeros y verán que sí corren, sudan y se comen el pasto y ganan", pienso pero callo, y me carcome la rabia.

Dejo que regresen a sus hogares, los jóvenes a los apartamentos que les paga el club, en donde una vecina les vigila y les cocina para que recuperen el hambre que, en este país de inequidades, arrastran muchos desde la infancia. ?

VIERNES

A las siete subimos a la buseta jurásica. Llegamos al potrero convertido en cancha y comenzamos la práctica. "Vean, señores, déjense de maricadas. Aquí el que no corra y luche, se marcha", grito con fiereza. Me sitúo en el centro del campo y empiezo la jornada.

Entonces sí corren los muy aviones. Solo porque una está encima de la jugada, haciendo sonar el látigo. Por fin copian y descubren que no hay un lateral sino dos, que es corriendo como se suda la camiseta, que los arcos son para meter goles y que quien no responda, se va para la banca. Aún así tengo que reprimir a Léider para meterle presión porque de él, en buena parte, depende nuestra salvación.

Al finalizar, cada cual regresa a su apartamento y por la tarde, concentración en el hotel Monserrat, situado en el centro de la capital, para evitar tentaciones de rumba y trago antes del trascendente partido. Nada de hotel cinco estrellas, ni siquiera cuatro, eso sí no lo cuentan los triple-hpés periodistas de pacotilla ni los directivos de miércoles que me tienen con la espada de Damocles pendiendo de un hilo.

SÁBADO

Práctica suave por la mañana y tarde libre para que los muchachos sigan aniquilando neuronas en los jodidos Play Station. Si algo me enerva son los iPod que los tienen el día entero aislados del mundanal ruido y esas putas maquinitas. En mi época, los chicos jugaban con un balón a todo lo imaginable y hoy día desconocen lo que es coordinación, visión de jugada o tácticas porque se les queda el encefalograma plano moviendo solo los putos dedos en esa maldita Station. Y encima hacen campeonatos y puedo jurar que sufren tanto o más que en el estadio. ¡Qué vaina!

Antes de comer hacen un hueco en su apasionante entretenimiento y aprovecho para darles la alineación, nada de sorpresas, y repito la estrategia: "Control del balón, pases rápidos, verticalidad, presionar para recuperar y un par de avemarías con mucha devoción a la Virgencita".

DOMINGO

Muy a su pesar, no todos durmieron a pierna suelta. Costa no concilió bien el sueño. "La única forma de retribuirle, profe, es dando todo en el campo", me dice. "Estamos jugando con su comida y la nuestra". Y sabe de lo que habla porque de su salario de millón y medio dependen siete hermanos, una responsabilidad que lo enorgullece y cumple feliz. Como otros, es consciente de que si pierden, me echan y si me echan llega otro y si viene otro, hay cambios y si hay cambios, más de uno se jode.

"Hay que ganar como sea", exclama otro. "¿Cómo? No sé, pero como sea", agrega el mismo. ¿Cómo que como sea, ¡Como yo les enseñé, maricas!, me entran ganas de reprocharle a los gritos, pero me aguanto porque hoy amanecieron conmovidos, con ganas de comerse al contrario, de trabajar duro, o eso creo.

Comienzo el día asistiendo a misa en la ermita de Nuestra Señora de las Aguas, a dos pasos del hotel. Le pido que esta vez sí nos haga el milagro, ella y su compañera de Monserrate, que llevan tres domingos librando y también ellas son de los pobres de la capital, ¿o ahora van a salirnos de dedo parado con que se volvieron millonarias? Que hagan que los muchachos reaccionen, que se dejen la piel en la grama.

De vuelta al hotel, almuerzo. Son las 11:15. Menú ligero: pechuga enorme acompañada de montañita de arroz y pasta, caldo de verduras, jugo de mora a la lata y dulce. Dos horas antes habían desayunado a lo rico. No sé si encimarles dos Alka Seltzer, dudo por un momento de la capacidad trituradora de sus estómagos, pero me contengo. Si alguno echa el vomitado en el bus, apenas se notará en la vetusta tapicería.

Mejor les dejo un par de horas para la siesta y para rematar los partidos de la estúpida Play Station que hayan dejado empezados.

Por fin llega la hora. A las dos de la tarde nos apretamos más para caber todos en la buseta, elegantemente escoltada por dos motoristas de la policía. Lástima de chatarra, porque quedaríamos como senadores capitalinos con otro vehículo nuevecito. Pero bueno, concentrémonos en el partido que hoy nos la jugamos.

EL PARTIDO

En el camerino los muchachos se alistan concentrados. Hacemos un calentamiento suave, luego todos se abrazan, rezamos un padrenuestro, se animan unos a otros y saltamos a la cancha.

El resto es historia. Ramírez hizo los pases y anotó uno y Léider metió los otros ¡tres! goles. Los demás, cumplieron su cometido. Y salvamos mi pellejo, nuestro pellejo. Pero solo hasta la próxima batalla. La guerra continúa.



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