Así no se puede. Empezando porque no hay un número tan grande en la ruleta: el 948, señalado como infalible por los destellos de mi aura y la interpretación de mis chacras. Tuve que jugarlo uno por uno, cuando era evidente que ese no era el trato. Siguiendo porque ya no me escocía el esparadrapo milagroso del ombligo, untado con polvos pica-pica —bueno, ellos los llaman plantas medicinales de la manigua—, y si uno no está dispuesto a sufrir, el embrujo no es el mismo. Terminando porque no me bañé durante cinco días ni con la lluvia de oro ni con el coctel de jugadores.

Eso sí, me eché a chorros la esencia de la suerte, que es amarilla pipí, de textura gruesa y aroma de pachulí. Y me había sometido a un bautizo herético y al baño de vapor que elimina por igual males de ojos y desechos maléficos. Pero era evidente que nunca sería suficiente. Los pactos con la brujería son para cumplirlos al pie de la letra.

En fin, que puse las fichas en la ruleta —en el 9, en el 4 y en el 8, cuidando respetar el orden—, observé cómo la bola salía disparada de los ágiles dedos del crupier y esperé a que cayera en cualquier otro número distinto a los míos. Sí, confieso: me faltó fe. Y me lo habían advertido: sin Fe, con mayúsculas, imposible.

Pero vayamos al principio, al origen de los hechos. Y a la verdad. Al día en que quise ganármela toda sin hacer lo suficiente; la fecha memorable en que acudí al Indio Amazónico y la jornada en que arruiné una esperanza por pasarme de lista.

Antes que nada, otra confesión: no asistí como devota del universo oculto, sino como vulgar espía, de los que siguen a magistrados y mozas. No es que quisiera hacerlo, es que en el Indio no les gustan los periodistas. Lo dijeron muy clarito. Ni plumillas ni fotógrafos. Y no los culpo.

Así que adopté la identidad de turista ibérica, ávida de buenos augurios, con guía jovencito. Él pagaba las cuentas, pedía las citas, y me cuidaba siguiendo los consejos de Alicia. La mujer, que trabaja en mi casa, me alertó de que emprendía una misión peligrosa, que si descubrían el engaño quién sabe qué brebajes venenosos podían darme o qué malos deseos impregnarme, que debía buscar compañía. Así que le informé a Felipe, redactor de SoHo, que yo iba de espía y él de guardaespaldas, que ya aprendimos por estos días que son profesiones si no idénticas, sí muy parecidas.

El santuario queda en la Caracas y es tan vetusto y rancio como la avenida. Aunque más miedoso, un museo de los horrores infantiles. Yo, que era tan temerosa de niña, hubiera muerto del pavor de haber existido entonces.

Al entrar, pasé la mirada por cada objeto quitándome mis lentes de miope, con la vista borrosa, para evitar pesadillas. Vi un extraño jaguar disecado, parecido a un demonio; y otros animales de aspecto decrépito, con la pelambrera desgastada por el paso del tiempo, que no daban ni miedo. El singular zoológico convive con varias urnas de cristal que guardan tallas de un Jesús en su pasión, un Buda negro, el Niño Dios o el finado José Gregorio Hernández. Cumplen el fin sagrado de recoger limosnas a cambio de cumplir sueños. "Eche una moneda y pida un deseo", reza un cartelito en todos ellos.

Del techo cuelgan infinidad de bichos repulsivos: arañas peludas, insectos incalificables. Preferí desviar los ojos hacia las vitrinas polvorientas que tapizan las paredes, repletas de tarros de esencias amazónicas que prometen amarrar hombres, amansar guapos, conseguir fortuna, humillar parejas, conquistar amores, armonizar cuerpos… Junto a los frascos, multitud de figuras decorativas de santos, de "jesuses" y de ídolos de diferente pelaje. Presidido todo por una estatua coloreada, tamaño natural, del Indio Amazónico, cual sumo sacerdote que encarna un tosco revoltijo de creencias, sello indeleble del templo.

Lo único que no es lúgubre ni envejecido son las sacerdotisas, cuatro muchachas amables, solícitas. Parecen más vendedoras de seguros que brujas. Por eso me arrepentí enseguida de mi papel de espía y juré no repetir el oficio de escrutadora tramposa de inocentes vidas.

Regreso al origen.

—Buenas. Necesito suerte para jugar en un casino. No es que sea una tahúr, pero quiero ganar y ustedes son los mejores. Tienen fama en Nueva York, en Los Ángeles. Pero quiero que me atienda el Indio, el señor de las plumas de aves exóticas que sale en las fotografías de la entrada, junto a celebridades y políticos —pedí muy segura.

—Imposible —responde una de las pitonisas con una sonrisa forzada—. Vive en Estados Unidos. Pero yo soy su hija y le aprendí todo. Él viene cada año a bendecir los productos y a internarse en el Amazonas en busca de sus plantas maravillosas —(se me olvidó la grabadora secreta, sé que no pronunció "maravillosas", pero eso quiso decir).

La miro y no le encuentro un solo rasgo indígena, pero asumo que los genes de la mamá fueron más poderosos. Estoy entregada.

— Entonces me atiende usted, perfecto, la hija del Indio. ¿Qué tratamientos tienen para que gane ya mismo?

Me muestra un jabón líquido —"Coctel de jugadores"— que lleva pegada una cajita que dice: "Sortario soap. Players and Lotery". (¿Lo habrá utilizado Madoff

, me asalta la duda).

No me decido, tengo la impresión de que necesito algo más potente. Me intereso por un aviso de una sesión de baño de vapor que asegura, a la par, amor y suerte. Solo me detiene el precio: 300.000 pesos.

Regreso a los jabones. Me indica que tengo que lavarme con ellos hasta que se acaben y a juzgar por el tamaño, serán muchos días. Pero estoy apurada, me empiezan a corroer las ganas de echarme esa pasadita por el casino. Acepto el baño.

—Traiga mañana un interior y una toalla, todo blanco —ordena.

Cuando estoy a punto de cumplir la cita, me llama mi guardaespaldas. "La ropa interior que lleves, la queman. Tienes que salir con interiores nuevos". Bendito. Siquiera me dijo. Si me incineran la de lujo, las fusilo. Rebusco hasta que doy con un brasier y unos calzones inmundos, que guardo por no botar cosas, una de tantas estúpidas manías.

Cuando llego, me conducen a una salita en penumbra. Un enorme póster del Sagrado Corazón decora una pared y una figura del doctor José Gregorio Hernández preside un altar. Señala un clóset de vidrio, cerrado hasta el techo.

—Debe permanecer un rato ahí dentro, para limpiar las basuras del cuerpo, y luego le doy un Yagé.

—Ni riesgos. Yagé no, que uno se pone malísimo. Yo, que ni probé la marihuana, no voy a empezar en eso a estas alturas del partido.

—Es muy suave, se lo aseguro. El nuestro es una mezcla inofensiva. No le hará daño.

Cuando llevo media hora de sauna pura y dura, que no es otra cosa el corralito, llama para que le abra y me tiende una taza con un líquido anaranjado. Resignada, lo tomo. Está muy rico. Sabe a aguardiente con alguna gaseosa. Lástima que me dé pena pedirle la receta. Es perfecta.

Media hora más de sudar como cerda y por fin apaga el vapor que me ahoga. Aparece con un cubo de agua. Tiende un frasco de jabón verde con una etiqueta que dice: "Sacasales, rechaza daños, libra de enemigos, envidias y malas influencias. Extraída del ‘ambariska‘ (en castellano: árbol de la cruz)".

Me embadurno y una vez lo hago, me hace arrodillarme en un reclinatorio. Ahí sí le pido al de arriba que la perdone, no sabe lo que hace, y a mí que me disculpe; son gajes del oficio.

"En nombre de Nuestro señor Jesucristo, padre, hijo y Espíritu Santo, un dios en esencias y persona que soy, Alfa y Omega, emperador de reyes, mesías, señor y dios mío te suplico que os dignes a celebrar mis votos por la suerte mía y del resto del mundo. Con fe, esperando ser beneficiado para el bien mío y de los míos". Mientras recita en tono sacerdotal su oración, me echa agua como si fuera bendita. Remata la faena con unas palabrejas extranjeras intraducibles.

Después quedo acostada en una camilla, con una piedra hechicera en cada mano. Antes de salir, la hija del Indio explica que levantó un pequeño altar en otro sitio, desde el que analizará mis cinco chacras y el aura, y regresará con un diagnóstico.

"Los hombres le huyen, tiene un problema serio", sentencia a su regreso. Yo le reitero que mi interés es por el juego, no por amoríos. "Todo se puede componer", insiste.

Me pone una curita doble en el ombligo, el punto central desde el que hará un chequeo constante a mis chacras en el futuro. "Le picará y le molestará, pero debe dejárselo dos días. Tiene dos semillas pegadas y será mi forma de seguir sus pasos, sus progresos, en el futuro", una especie de artilugio de última generación del DAS.

Señala un lavamanos donde dejaré los viejos interiores y me indica que me aliste con los nuevos. Desaparece para volver con un kit de cinco productos:

"Coctel de jugador" —jabón líquido— para que me bañe cinco días. Tres pastillas "Lluvia de oro" para uso cotidiano, hasta que se gasten. Perfume espiritual "Lluvia de oro" para aplicármelo a diario, como una crema. Loción que contiene raíces, dados, pepas, mi número de la suerte (948) y un dólar de monopoly, para que me lo eche cada vez que juegue. Colonia las "Siete potencias africanas", para atraer a los hombres que merezcan la pena, nada de mediocridades.

Alabo su persistencia por lo de los amores y me hago el firme propósito de utilizarlo todo con el casino en mente. Pero carezco de voluntad y a la mínima, ya estoy negando al Indio y a sus discípulas. Solo minutos más tarde, en el taxi, los picores se tornan insufribles. Me arranco las curitas y tengo la impresión de causar un cortocircuito en el altar de control remoto de chacras. Tampoco me lavo con los jabones, ni me perfumo con sus esencias. Todo lo más, me aplico una y otra vez la loción de mi número al comprar la Loto y apostar en la ruleta. Y vuelvo a pegarme el esparadrapo antes de jugar, pero ya está arrugado y nada picajoso.

Como es natural, no gané nada. Bueno, un pedazo de infierno.

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