Era el minuto 70, y pude verlo todo desde donde me encontraba: detrás del arquero del Pasto, al lado de un recogebolas, guarecido apenas por una valla de publicidad: allí mismo vi cómo le cometían falta a Edwin Cardona; cómo Ómar Pérez metía el balón al área y cómo se elevaba Jonathan Copete. Quiero dejarlo así, como está en estos momentos, suspendido en el aire y a punto de pegarle al balón con la frente, para contar mi historia: la historia de un hincha del Santa Fe que durante 36 de sus 37 años jamás vio ganar a su equipo, pero que tuvo el privilegio de poder acompañarlo de cerca en el momento glorioso en que consiguió su séptimo título.

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Me cuenta mi mamá que el día que nací tres personas diferentes me mandaron de regalo uniformes del Santa Fe, y eso me hace suponer que incluso antes de haber venido al mundo ya me habían asignado equipo de fútbol: que el cupo para ser hincha estaba antes que yo, y que nací apenas para ocuparlo, como si el molde ya existiera y yo fuera solo el relleno. Era agosto de 1974 y el Santa Fe era el campeón del torneo colombiano. Mi papá ocupaba un puesto en la junta del club y su gran misión como directivo consistió en encontrar una mascota para el equipo. Según contó él mismo en un artículo que escribió para SoHo, decidieron que fuera un león porque era el rey de la selva, el imbatible: el único animal cuya garra es imposible de vencer. Mi propio papá fue a un zoológico de Cali a conseguirlo, y Monaguillo vivió en nuestra casa durante el primer mes de su vida. El cachorro crecía a pasos agigantados. En instantes dejó de ser una especie de gato grande, y comenzó a volverse león. Le creció la melena, se le ensancharon las garras, le salieron dientes afilados. Conscientes de que el hábitat de un animal salvaje no podía ser una casa familiar sino, a lo sumo, el Congreso de la República, Monaguillo fue extraditado. Vivió en la sede del club durante algún tiempo, hasta que los vecinos, seguramente hinchas de Millonarios, consiguieron que lo enviaran sin regreso al zoológico de Santa Cruz, donde lo visité cuando ya no parecía un león sino una metáfora: encerrado en una jaula se hacía viejo sin ningún asomo de gloria, como el Santa Fe que me tocó en adelante: un lánguido equipo al que la grandeza parecía haberlo abandonado. 

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Si el Santa Fe ganó su séptimo título después de una sequía asombrosa que duró 36 años, 6 meses y 25 días es por culpa de ese equipo: de esos 20 jugadores que se concentraron durante más de diez días con sus noches, en el segundo piso del Hotel Dann Carlton, y que aprendieron a convivir como si, más que futbolistas, fueran un matrimonio forzoso.  

Una concentración es un encierro, la forma de mantener al equipo unido y libre de tentaciones terrenales. Aparte del presidente Pastrana, que se concentró con ellos, y del DT Wilson Gutiérrez, cada integrante del equipo debe compartir habitación con otro. Esta vez, durante estas finales, Jonathan Copete durmió con Diego Cabrera; Ómar Pérez con Óscar Rodas; Yulián Anchico con Sergio Otálvaro; Quiñones con Mesa; Camilo Vargas con Leyton, el arquero suplente.

Comparten todo y a todas horas: en medio del tedio del encierro, cumplen con la agenda que el preparador físico les anota en la pizarra de un  reservado del hotel: 8 a 10 a.m.: desayuno; 11 a.m.: video; 1 a 3 p.m.: almuerzo; 5 p.m., charla técnica; 7 a 9 p.m.: cena.

Comparten juegos: los veteranos juegan cartas y los más jóvenes, Play Station. En Black Jack hay algunos imbatibles: Ómar Pérez, Centurión, Otálvaro, Anchico. Juegan de noche, a veces en la habitación de Gerardo Bedoya, y tienen por regla apostar 20.000 pesos como mínimo y 50.000 como tope. Es lo mismo que apuestan quienes juegan X-Box, dentro de los cuales Camilo Vargas, Roa, Acosta y Mario Gómez suelen ser quienes ganan. Siempre juegan fútbol y siempre con clubes, no con selecciones nacionales. Para evitar desigualdades, nadie puede pedirse al Real Madrid o al Barcelona. 

Comparten comidas: tres golpes grandes y dos meriendas, todos abundantes en carbohidratos: además de las proteínas, por plato siempre hay espaguetis, papas al vapor, arroz: harinas que suman más de 3000 calorías, cuando una persona común y corriente consume un promedio de 1500. El doctor Ulloa, médico del Santa Fe, me explica que un futbolista pierde por partido de 2 a 3 kilos, y a veces hasta 5, si juega en plazas como Barranquilla.

Y, por último, también comparten los dolores del corazón. Gerardo Bedoya, por ejemplo, pagó de su dinero un cuarto aledaño al suyo para que se hospedara junto con él su hija Abril, que vive en Medellín. Abril tiene 7 años y estuvo concentrada con el equipo, como un jugador más: sabe cómo se para en un tiro de esquina el Itagüí, quiénes suben a cabecear de La Equidad. Durante ocho días, Abril analizó videos como si fuera un volante. Bedoya no se le despegaba un solo instante, y cuando se cumplió el tiempo de Abril en Bogotá y tuvo que regresar con su mamá a la capital antioqueña, Bedoya por poco se muere de nostalgia.

Lo de Diego Aroldo Cabrera, en cambio, no fue nostalgia sino angustia. Al regreso del partido contra Itagüí, el goleador boliviano recibió un papel en el lobby con la razón de que se comunicara urgentemente con su familia, en Santa Cruz. Entró hablando por teléfono al bufé, alcanzó a servirse y justo cuando se sentó en la mesa le dieron la noticia del otro lado de la línea: su papá había sufrido un infarto y estaba en el hospital. Se puso a llorar al frente de su plato, mientras sus compañeros lo rodeaban y rezaban en voz alta por su recuperación.

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Mientras Diego Aroldo Cabrera llora frente a su plato repleto de harinas, sigo contando mi historia de hincha y el momento exacto en que entendí que era santafereño: fue por culpa de una estirada de Mina Camacho. Yo no debía tener más de 5 años, y mi papá me llevaba al estadio desde siempre, desde que tengo memoria. No recuerdo casi nada de ese partido. Solo recuerdo que patearon un balón de gol, a todo el ángulo derecho, y que Mina se estiró contra el cielo azul y lo atrapó con las dos manos, el balón y el cielo, las dos cosas: había tanta verdad, tanta belleza en ese salto, que supe que nada me había emocionado tanto en la vida como verlo así, entregado a la pureza de su vuelo, templado entre su propia estatura, casi inmóvil y paralizado en medio de su brinco maravilloso.

Gracias a Mina descubrí la dimensión estética del fútbol, y quedé prendado al Santa Fe como hincha verdadero. Sin embargo, fue Gottardi el hombre que de verdad llenó mi infancia. Hablo de Hugo Ernesto Gottardi, un argentino que desembarcó en el equipo en 1983.  Tenía el pelo rizado, era alto, jugaba con el número nueve. Y su historia en el Santa Fe fue una épica que comenzó con rechiflas y críticas de algunos locutores deportivos, y terminó en el júbilo mayor, cuando el estadio entero se rendía a sus pies después de haber legado goles inolvidables y numerosos: pese a que jugó apenas media temporada, fue ‘Botín de oro’ en 1984, galardón que repitió un par de años después. Anotaba de cabeza, de media distancia; pescaba rebotes como nadie. Pero era insuperable cuando entraba en el área y dejaba defensas regados a su paso: caían como muertos y veían desde el suelo la forma en que, con un enganche mínimo, lleno de elegante desdén, Gottardi humillaba al arquero y cruzaba la línea con el botín pegado en el pie, sin despeinarse. Para los hinchas de Santa Fe, Gottardi no fue un jugador sino una época y, ahora, algo aún más importante: una nostalgia. Hizo goles como quiso, pero hubo uno que ningún santafereño puede olvidar. Sucedió en un clásico contra Millos y duró 30 segundos. Acababan de hacernos un gol, y Umaña y Gottardi sacaron de media cancha. En lugar de retroceder el balón, como suele suceder, les dio por emprender una carrera de paredes nunca antes vista hacia adelante, hacia el futuro, que terminó en gol: un gol que los hinchas de Millos vieron de pie, cuando aún se abrazaban. Ese era Gottardi: el hombre que no solo nos hacía celebrar a nosotros, sino que dañaba la celebración de ellos.

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Gottardi tenía 30 años para ese entonces: dos más que Centurión y varios más que muchos de quienes disputaron la final contra el Pasto, casi todos de 22, 23 y 24 años: unos muchachos que en la noche previa a la final casi no pudieron dormir. Parecían estudiantes en una excursión. No había nadie en las habitaciones. Todos estaban sentados en el piso a lo largo del corredor. Ponían salsa. Sergio Otálvaro tocaba la caja vallenata, para lo cual muestra una gran destreza, y Yulián Anchico, la raspa. 

Casi no se duermen por culpa de la ansiedad, porque nunca antes habían tenido tan cerca el título. El equipo había conseguido empatar por un gol en Pasto, en un partido recio en el cual padecieron la condición de ser visitantes: durante día y noche, los hinchas soplaban unas vuvuzelas infernales en torno al pequeño hotel del centro de San Juan de Pasto en que el equipo durmió. Pero hubo ánimo, siempre hubo ánimo, como cuando a la hora del almuerzo, de manera espontánea, golpearon con las palmas y los cubiertos la mesa mientras cantaban los coros clásicos de las tribunas: “Volveremos, volveremos/ volveremos otra vez/ volveremos a ser campeones/ como la primera vez”.

Gracias a un cabezazo de Julián Quiñones, un central de 22 años hecho en la cantera, el equipo se trajo un punto de Pasto y regresó a Bogotá para jugarse la vida. Durmieron como pudieron, y al día siguiente entraron de frente a la rutina del día: desayunaron; analizaron un video táctico; vieron otro, de motivación; almorzaron papa al vapor, pasta, arroz, pollo. Wilson Cano, goleador santafereño de los noventa, almorzó con ellos. Sentados en una misma mesa grande, los jugadores bromeaban. A Bedoya le escondieron el celular,  lo buscaba puesto por puesto y ofrecía una boleta a quien le diera el paradero.  Ómar Pérez, concentrado, trataba de leer en El Tiempo la entrevista que le había concedido para ese día a Yamid Amat. “Pero saliste medio maluco ahí”, le decía Diego Cabrera señalándole la foto. En un rapto de diversión general, Ómar Rodas y Sergio Otálvaro promovieron hacer la ola: e hicieron la ola todos, como si estuvieran en el estadio, en medio de la risa comunal.

Se retiraron a sus cuartos y, de acuerdo con la agenda que les habían escrito ese día en la pizarra, a las cuatro de la tarde bajaron al lobby, que estaba ambientado con luces rojas. Se subieron uno por uno al bus, en medio de los aplausos de los hinchas.

Pude ver que en pocos lugares se respiran tantos nervios como en un bus cargado de futbolistas que van a disputar una final. Mientras tomaba la 30, la ciudad hervía de ansiedad; desde los apartamentos, desde los andenes, la gente saludaba al equipo; un cardumen de motos y de carros, de los cuales flameaban banderas del Santa Fe, lo acompañaban. Los jugadores veían todo eso por la ventana: sentían el pulso que despertaba en las calles el espectáculo que ellos mismos tenían que protagonizar. ¿Cómo se puede manejar semejante presión, responder por una ilusión colectiva tan grande? ¿Cómo no sentir que cada grito de respaldo puede ser también una resoplo de decepción después del partido? 

Los muchachos que iban en ese bus son demasiado jóvenes para soportar tanto peso público, tanto afán por ganar. Han tenido que madurar prematuramente; aprender a ser figuras públicas desde muy temprano. Ser figura pública en el circo romano del fútbol significa que si corean el nombre de uno desde las graderías, acompañado de un insulto, uno tiene que aguantarse: no romperse, no llorar, ni siquiera distraerse. A veces es imposible. En ese mismo bus, Diego Aroldo Cabrera me contó que una vez no aguantó: en un partido no muy lejano, un hincha santafereño lo insultó sin misericordia alguna. Ese día anotó el primero de los nueve goles que fueron fundamentales para llegar hasta la final, y no pudo contenerse: corrió hasta el lugar exacto que ya tenía identificado en la grada —un puesto arriba de la boca del túnel por donde salen los equipos—, y señaló a aquel hincha atónito que no sabía dónde esconderse: le dedicó el gol con rabia, no con alegría.

Parecían estar en ese bus sin estar, andar empujados, existir por inercia. Miraban por los vidrios. Muchos se aislaban con audífonos. Casi nadie hablaba. Apenas Óscar Rodas se animaba con un par de chistes sobre el trancón de la 30, al igual que el boliviano, cuyo humor es reconocido en el equipo. Luego de cruzar la rotonda de la 100, Anchico se animó y sacó la raspa; Otálvaro, la caja. Una limusina cruzó por delante, y Cabrera dijo que así eran los taxis en Santa Cruz. El bus estaba más lleno que de costumbre, porque en él viajaban también todos los miembros del equipo B. Del radio bramaba una cumbia de las que oyen en Argentina. Camilo Vargas alzaba en las rodillas a su sobrino e iba al lado de Daniel Torres, que cargaba a su hijo. Casi todos tenían la mirada perdida, como sin saber qué hacer con la ebullición que ellos mismos propiciaron en toda la ciudad. Súbitamente, entonces, Pérez lanzó un rugido de guerra: “¡Vamos, vamos, carajo!”. Centurión lo secundó: “¡A jugar por las familias, carajo!”. 

La bajada fue una gesta. Había un remolino de hinchas eufóricos que entraron en histeria cuando el bus se acercó. Desde el vidrio, los jugadores veían cómo una señora de unos 50 años abría los morrales de otros hinchas para robarlos. Camilo Vargas golpeaba con desespero el vidrio para alertar a las víctimas, que creían que era un efusivo saludo del arquero. Los carabineros abrieron paso con dos caballos y, en un episodio cargado de surrealismo, por entre las patas de esos animales se bajaron los jugadores, aún con los niños cargados, en dirección al camerino.

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Después de Gottardi, pasaron meses sin ganar el campeonato; meses que fueron años, años que fueron décadas. Tres décadas sin un campeonato, tres décadas hablando de las seis estrellas; de Pandolfi, de Sarnari. El equipo me regaló algunos momentos de gloria, no lo niego; pero eran consuelos: no ganábamos nada, pero veíamos tapar a Navarro Montoya, el heredero de Gati que, mucho tiempo antes que Higuita, demostró que el oficio de arquero puede asumirse con sentido del humor. No ganábamos nada, pero nos llenábamos de ilusión con ese equipo que ha debido ser campeón, del cual hacían parte Balbis, Rincón, Cabrera y Niño, que de una sola transacción terminó en manos del América de los Rodríguez Orejuela. Porque, como todos los hinchas colombianos, también aprendimos a dopar el sentido de la ética, y a mirar distraídamente, aunque con no poca repulsión, aquellos momentos en que la mafia sorbía desde dentro al equipo de nuestros amores.

No ganábamos nada, pero aprendimos a ser un equipo de media tabla en el que jugaban diez tipos cualesquiera y un delantero al que terminábamos adorando: llámese Checho Angulo, o Pollo Díaz, o Acisclo Córdoba, o Tren Valencia, o Léider Preciado. Llámese sobre todo Léider Preciado: el centrodelantero que le calló la boca a un estadio entero cuando, durante un clásico, y para amilanarlo, los hinchas azules cantaban un coro en que le recordaban que a su hermano lo acababan de matar, y él les respondió con un gol de cabeza que celebró llorando a mares y llevándose el índice a la boca, mientras atravesaba de un lado al otro toda la tribuna azul, pasmada y muda.

No ganábamos nada, pero a cambio de no ganar, forjamos, también, una identidad. Ser santafereño era una manera de sufrir. Los santafereños hicimos de la angustia un estilo de vida. Por muchos años no supimos lo que era ganar sin hacer tiempo; ganar sin mirar el reloj; clasificar —o perder la clasificación— atendiendo por radio un partido cualquiera, de cuyos puntos dependíamos para saber si pasábamos o no al octogonal. Así era el dolor santafereño. Se pagaba por cuotas, motivo por el cual era más duradero y siempre estaba adobado por un efecto de ilusión que persistía hasta el minuto final, en que todo se derrumbaba. 

Sin embargo, durante todos estos años estuve con el Santa Fe. Ser hincha, al final, no es solo hacerle fuerza a un equipo, sino revindicarse con el niño que uno fue. Ser hincha es una manera de estar con el papá, de verse con los amigos. También es una manera de recuperar la desprevención que se acaba con los años. Solo el fútbol permite que uno se abrace con gente que nunca ha visto para celebrar una emoción que ningún otro aspecto de la vida puede dar, y que es un gol a favor: no hay una alegría que se presente en mayor estado de pureza que esa. Quizá tener un hijo. Pero un santafereño puede tener muchos hijos; en cambio, goles por celebrar tiene muy pocos. Para curarme en salud, yo tuve dos hijas. Y ambas son santafereñas.

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Es 15 de julio; son las 4:32 de la tarde y los jugadores que ingresan al camerino se topan con una novedad: el diligente jefe de prensa santafereña, Pablo García, y su equipo pasaron la noche en blanco imprimiendo fotos de los hijos y las esposas de cada uno de ellos para pegarlas en cada casillero. Hay fotos de niños en todas las paredes, y también hay más gente que de costumbre en el vestuario: aparte de sus hijos, por ejemplo, Ómar Pérez invitó a sus dos mejores amigos: se los trajo desde Santiago del Estero, y uno de ellos porta la camiseta del equipo de su pueblo, que él, por agüero, lleva a todas las finales que disputa. 

El equipo se somete a su rutina de camerino: tan pronto como llegan, se descalzan y salen al césped para pisar la cancha. Lo hacen en obediencia a una cita bíblica, Deuteronomio 11:23, que insta a tomar posesión. Tan pronto como se asoman, el estadio se descose de la cantidad de gente que vino a verlos. No cabe un alfiler.  Hay un hervidero de hinchas, casi 45.000, que sacuden las tribunas como nunca antes han visto los jugadores. Pisan la cancha, se emocionan, contemplan el espectáculo y regresan al vestuario. Una vez adentro, Centurión, que por acumulación de amarillas no jugará la final —de la rabia, le pegaba al piso cuando se la sacaron contra La Equidad— y que viste una camiseta con una imagen de la ecografía tridimensional de Luca Germán, el bebé que espera con Mónica, su mujer, se acerca con sigilo a Alfonso Ovalle, el utilero más veterano del Santa Fe, y lo abraza por detrás: “Creíste que por ser la final te ibas a librar, ¿no?”, le dice; en el acto, caen encima del utilero seis futbolistas que lo inmovilizan para cumplir el ritual de pintarle la cara. Es una cábala que siempre cumplen: le pintan la cara con el escudo del Santa Fe, y el pobre hombre se sacude y sale del trance con el ánimo intacto y la cara irreconocible. Acto seguido, comienza del todo la rutina: a Ómar Pérez le amarran una bolsa de hielo en la rodilla; el kinesiólogo hace masajes por turnos y venda a quienes lo necesitan. Los jugadores se preparan. Algunos beben Red Bull; otros toman tinto caliente; todos se hidratan chupando bolsas de agua. 

Bustos, el preparador físico, enciende a gritos el vestuario: “Guayitos, guayitos que en diez minutos salimos”. Otálvaro le sube al parlante móvil con que siempre anda para que truene la salsa. En instantes, todos tienen puesto el uniforme amarillo de los entrenamientos, y salen por segunda vez a la cancha ante la euforia del público, que los verá calentar durante poco más de 15 minutos. 

Hoy se jugarán la vida. El presidente del equipo, además, ya les ofreció la mitad de la taquilla para que se repartan entre ellos, en la proporción que indiquen Ómar Pérez, Centurión y Anchico, que se guían por una tabla de méritos. Hay 1000 millones para que todos  reciban una parte: utileros, cuerpo técnico, suplentes. Y, claro, los titulares, a quienes Sandra Merino, la asesora espiritual, pasa ahora puesto por puesto, uno por uno, y les reza las piernas: se inclina, les pone las manos en las rodillas e invoca a Dios para que las proteja de rezos, de maleficios, de lesiones: “En el nombre de Jesús bendigo tus rodillas y tus tobillos y declaro que nadie podrá hacerte daño”. Ella es quien representa esa especie de cohesión mística gracias a la cual el Santa Fe, por momentos, parece un grupo de fervientes feligreses que en su tiempo libre juegan fútbol. 

De pie, en una esquina, Wilson Gutiérrez bebe pequeños sorbos de Coca-Cola mientras los jugadores ya han regresado y se visten con el uniforme definitivo. Él también es de la cantera: se hizo en el Santa Fe tanto en su faceta de futbolista como en la de entrenador, y hasta hace menos de un año entrenaba a las divisiones inferiores. Además de técnico, es hincha. Ahora está al frente del equipo y, visto de cerca, me parece que una buena manera de definirlo es afirmar que parece el reverso del Bolillo Gómez: Gutiérrez es un tipo tranquilo, compuesto, educado. Un caballero a carta cabal. Un hombre discreto, que es especialmente bueno cuando trabaja con los jugadores uno a uno, y que sabe hablarles también al final de los partidos, cuando entran con heridas de guerra —las canillas rajadas, los moretones a punto de salir—. En esos momentos posteriores, para que bajen el ácido láctico y mitiguen los dolores, todos los jugadores se sumergen de la cintura para abajo en una piscina inflable, atiborrada de hielo y agua, bajo la cual deben aguantar ocho minutos por reloj: de lo contrario, 48 horas después el dolor los puede entumecer.

Pero eso no sucederá esta vez, porque, cuando regrese al camerino, el equipo solo tendrá tiempo para celebrar. Ellos aún no lo saben, aunque saben que cada uno de sus integrantes ha hecho méritos  para salir campeones. Le asiste uno especial a César Pastrana, el presidente que ejerció un liderazgo sobre todos ellos e hizo que las circunstancias adversas del equipo —que recibió sin patrocinadores y a punto de la quiebra— fueran un motivo de unidad: para salvar al club,  propuso a los jugadores que se bajaran el sueldo a la mitad, bajo el compromiso de que si conseguían clasificar a las finales de ese entonces, con el dinero de la taquilla recibirían la mitad faltante. Con ello no solo consiguió tapar las goteras financieras, sino cohesionarlos en torno a una causa común. Desde entonces, el Santa Fe se convirtió en un equipo de verdad. Un equipo que, por lo demás, es tan austero como el técnico que lo dirige: según cifras no oficiales, el Atlético Nacional invirtió 20.000 millones para esta copa; Santa Fe, en cambio, prácticamente no gastó dinero en refuerzos. Otros datos: la nómina del Junior o del Cali cuesta al mes 600 millones de pesos; la del Santa Fe está por el orden de los 320, con los cuales pagan sueldos que van desde 1,5 hasta 30 millones, que es el dinero que gana el futbolista mejor pagado, cuyo nombre el club prefiere no suministrar. En el fútbol, la plata es importante, pero no es lo único, y los resultados no dependen de la chequera. 

Pero ahora no piensan en eso: están en el camerino, y Anchico le sube a la salsa. Cada uno desdobla en su casillero la camiseta roja del uniforme: una de las 500 camisetas que el patrocinador, Umbro, le da por temporada al club, y que van marcando con número y nombre en la medida en que lo necesiten. El kinesiólogo atraviesa el vestuario repartiendo chicles.

—¡Dale, viejo, vamos con toda! —anima el boliviano.

Faltan tres minutos para que el equipo salga, y sucede el último ritual: el presidente toma la palabra, pide que apaguen la música y los convoca a rezar. El equipo se abraza en círculo. Todos hacen silencio. Y hablan algunos líderes:

—Hermano, llegó el momento que tanto soñamos; juguemos concentrados, con paciencia —dice Camilo Vargas.

—¡Vamos a salir allá y vamos a traer la copa, papá! —grita Sergio Otálvaro.

—Muchachos, hoy es el día para pensar en todas las personas que nos acompañaron y no están. Vamos, salgamos, juguemos que tenemos mucho fútbol —pide Ómar Pérez.

Como siempre, Agustín Julio, ídolo y actual gerente deportivo del Santa Fe, habla de último: eleva en voz alta una oración a Dios para que los ilumine, para que les permita traer el título y dedicárselo a él. Ponen todos la mano en el centro del círculo. Y Julio grita:

—¡Que nos salga del corazón, de lo más profundo, carajo!

Cuenta hasta tres, y lanzan el grito de guerra: “¡Santa Fe, Santa Fe, Santa fe!”. Se abrazan unos con otros, se desean suerte, salen al túnel, y desde allí se lanzan al resplandor de la final: a ese estadio lleno de hinchas de toda la vida, de abuelos que van con sus nietos, de padres de familia que llevan a sus hijos, que llevan haciéndole fuerza a este equipo desde hace 37 años sin recibir una estrella. 

Canta el himno el equipo que aún no sabe que va a ganar: el mismo que arranca a jugar con un ímpetu letal; al que le sacan una pelota de gol de la línea en los primeros cinco minutos; el que ve cómo Diego Cabrera estuvo a punto de marcar un gol de taquito que habría sido histórico. Y el que hace padecer a sus hinchas durante 70 minutos en los cuales muchos de ellos presentían que una vez más aparecía la nube negra de ser santafereños: 70 minutos infernales; 70 minutos que hacían prever la definición por penales, y, tras ella, la frustración de siempre, la tristeza acostumbrada, la desazón mayúscula de una nueva muerte.

Pero este equipo no iba a perder. No iba a perder. Esta vez no. En el minuto 70, Edwin Cardona recibe una patada. El árbitro pita falta. Ómar Pérez toma el balón, lo eleva cruzado, desde lejos. Lo vi desde donde me encontraba: al lado del recogebolas, detrás de la portería del Pasto. El balón se eleva y Jonathan Copete salta. Y acá vamos a descongelar la imagen, porque Copete cruza el balón de cabeza, lo hace picar contra el piso y el balón entra en cámara lenta y, lentamente, infla la malla. Por un instante se me descuaja por dentro todo lo que había acumulado durante 37 años, Monaguillo, Mina Camacho, Gottardi, Navarro Montoya, Léider Preciado, los lunes de vacío, las burlas de oficina, mi infancia plena y recibo la descarga de una felicidad rotunda, plena, en estado puro, absoluta: una felicidad que solo ofrece el fútbol y que ya nadie me puede quitar: la felicidad de sentirme pleno y rotundo al menos por un día; la felicidad de haber sido inmortal por un domingo.

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