La cita para salir a montar en bicicleta con Santiago Botero por el oriente antioqueño es a las ocho en punto de la mañana. El día amanece oscuro, con lluvia leve pero constante, y el pavimento brilla por el reflejo del agua que baja por las pendientes de las lomas en el barrio El Poblado de Medellín.

Todo está preparado: bicicleta a punto, presión de las llantas en 120 libras, caramañola llena con líquido rico en electrolitos, gel y barra energizante, uniforme de ciclismo ajustado con el que alguna vez me sentí ridículo y con el que hoy estoy inspirado para desafiar, en su terreno predilecto, al pedalista colombiano con el mayor palmarés de todos los tiempos. 

Si en algún punto tuve el sueño de batirme como un león en un picadito con Freddy Rincón y el Pibe Valderrama, hoy me ilusiona más el reto de intentar una vuelta larga en bicicleta junto al corredor colombiano con más victorias en carreteras europeas. En las seis participaciones que tuvo en el Tour de Francia —competencia en la que se mide el nivel de los monstruos del ciclismo mundial—, Santiago Botero ganó tres etapas, fue dos veces campeón por equipos, en tres ocasiones estuvo entre los diez primeros, y se coronó campeón de la montaña en la primera edición que corrió, en 2000. Además fue campeón del mundo en contrarreloj (2002), y en esta especialidad le ganó cuatro etapas ni más ni menos que al siete veces campeón del Tour, Lance Armstrong.

Pienso en esto mientras acomodo las cosas en el carro acompañante que me va a subir desde Medellín hasta el punto de encuentro en el Alto de Las Palmas, y de repente recibo un mensaje de Botero en el celular: “¡Pablo! Qué tal, aquí llueve (en el alto). Esperemos a ver si escampa. Te llamo o me llamas para ver qué hacemos . Por que yo no me puedo mojar, ando con dolor de garganta y si me mojo ¡quedo listo!  SB”.

Decido confiar y emprendo la subida hacia el Alto, esperando que el clima mejore y podamos salir a montar. Desde que caí en la afición por el ciclismo —que por suerte no me ha llevado aún al extremo de afeitarme las piernas—, el corredor paisa me impresionó por ser un ciclista totalmente atípico en nuestro medio. Mientras los escarabajos colombianos, en general, son livianos y de baja estatura —con grandes habilidades para escalar pero muchas limitaciones en las etapas planas y contrarreloj—, Botero era un corredor de más potencia, de contextura gruesa y fuerte, con gran desempeño tanto en el llano como en la montaña. Incluso bajando, a más de 100 kilómetros por hora en pendientes vertiginosas, Botero era de los mejores.  

Al terminar el colegio en Medellín, Botero empezó a tomarse el ciclismo más en serio. Cambió la excursión de último año a San Andrés por repuestos para la bicicleta, y dejó atrás las tentaciones del trago y la rumba para enfocarse en sacarles el mayor provecho a unas condiciones y una genética privilegiadas. Ya en la universidad, el ciclismo se volvió la prioridad. La facilidad que tenía para pedalear mezclada con una pasión que fue desarrollando le hicieron ver que lo suyo no eran los caminos tradicionales de los jóvenes de su edad, sino la ruta tortuosa de una de las disciplinas más duras y exigentes físicamente a nivel deportivo: el ciclismo profesional. 

Al llegar al punto acordado, recibo una llamada de Santiago. Me dice que mejor nos encontremos en su casa que está muy cerca, que el cielo se está abriendo y que ya dejó de llover. Seguimos las indicaciones que nos llevan por una carretera angosta con subidas y bajadas, y terminamos en la puerta de un conjunto cerrado en una zona montañosa y repleta de verde a las afueras de Medellín. Al entrar, vemos casas grandes y modernas ubicadas en lotes amplios a lado y lado de la vía, y en lo más alto de una subida empinada encontramos la casa de Botero. Nos recibe en la puerta y, tímidamente, nos invita a entrar. Está viendo por internet el Tour de Flandes, en Bélgica, pendiente del desempeño de los ciclistas colombianos que allí compiten. De entrada me dice que la lluvia nos retrasó y que ya no alcanza a hacer la vuelta de 100 kilómetros que habíamos planeado, que más bien bajemos y subamos la vía Las Palmas, una pendiente de 12 kilómetros en la que él monta casi todos los días a las 5:30 de la mañana. “Es un premio de montaña de primera categoría”, dice. Accedo feliz al reto y nos alistamos para iniciar el recorrido. 

Al salir, lo primero que miro es la bicicleta de Santiago. Imagino que debe tener un fierro último modelo de alguna de las mejores marcas. Me mira y señala el marco negro: X-Kape by Santiago Botero. Es una marca propia que ensambla y comercializa en el país; bicicletas sencillas y a más bajo costo que las ostentosas de fabricantes gringos o europeos. “Es uno de los negocios a los que ando dedicado desde que me retiré hace dos años”, me dice.

Al salir del conjunto y llegar hasta la vía Las Palmas, comenzamos el descenso. Las Palmas es una pendiente larga en excelentes condiciones, con doble calzada y una vista espectacular sobre el Valle de Aburrá. En un punto señala una curva cerrada que llaman El Peñasco, y me dice: “Ahí tuve una caída muy fuerte cuando estaba empezando, antes de ser profesional. Iba bajando y me encontré de frente con un taxi que subía pasando a un bus en una curva. Volé contra el parabrisas, caí y quedé inconsciente. Me tuvieron que operar para sacarme un hematoma de la cabeza, tuve una fisura en la mandíbula, me reventé el oído y me fracturé el codo”.

Botero reconoce que el ciclismo es un deporte de muchos riesgos. Cada entrenamiento es una lotería en la que toca torear carros, buses, camiones, con el peligro de las caídas, los baches en la vía, incluso la inseguridad de las grandes ciudades. “En mi carrera fui muy afortunado. Solo tuve esa y otra caída en España, mientras entrenaba para un Giro de Italia. Me fracturé el codo”, recuerda. 

Seguimos bajando y empiezo a pensar en todo lo que quiero preguntarle: sus inicios, las primeras victorias, el gran salto a competir en Europa, la sensación de estar en el podio luego de vencer a los mejores en las carreras más importantes del mundo. Él se adelanta en su bicicleta, y mientras observo la destreza con la que desciende a casi 70 kilómetros por hora, entiendo que hay dos temas fundamentales que quiero que me cuente: cómo es competir en un Tour de Francia —considerado la prueba deportiva más dura y exigente del planeta— y, principalmente, qué le faltó para ganarla. Me interesa saber de primera mano cuáles fueron los cinco centavitos para el peso que le faltaron para llegar al podio de los Campos Elíseos con la camiseta amarilla de líder. 

Llegamos a una recta larga a la altura del hotel Inter, y Botero me muestra el lugar donde debemos hacer la vuelta en U para comenzar el ascenso. Se quita el casco, lo pone sobre el manubrio y empezamos a escalar. De entrada le pregunto sobre el primer tema que me inquieta: “Lo primero que a uno le impacta del Tour es la dimensión del evento. Mueve 3000 y 4000 personas a lo largo de más de 3000 kilómetros, durante 21 días, por todo Francia. Lo que ocurre en cada jornada depende de las características de la etapa y del momento de la carrera. La primera semana empieza con 200 ciclistas en competencia, hay mucho nerviosismo, caídas, es muy estresante. No hay tiempo de ver el paisaje, de hablar ni de reírse. Son jornadas durísimas de más de 200 kilómetros y 6 horas de duración. Las etapas planas son más suaves en la medida en que no haya viento. Las corrientes de aire que pegan de lado son los temidos ‘abanicos’; hacen que el grupo se rompa y se disperse, por lo cual ubicarse bien dentro del pelotón es clave. Cuando hay viento, los que no están en las primeras filas se quedan atrás. Llega la montaña: los que están bien se ponen adelante y pelean los puntos y las etapas, y los que no quedan relegados”.  

“Pero también hay momentos relajados en los que uno habla con los demás para distensionarse, conversa de cualquier cosa con algún corredor con quien no exista la barrera del idioma. En general hay mucho compañerismo, incluso entre corredores rivales. Pero en las etapas duras nadie habla, hay mucha adrenalina, la concentración es total —me dice—. ?Para la etapa final en París, el equipo llevó a mi esposa. Yo no sabía que estaba allá. Fue muy emocionante verla y subir al podium, en los campos Elíseos, con el presidente de Francia. Lo que nadie sabe es que yo estaba agotado; faltando como seis días me empezó una tendinitis y tuve hemorroides por el esfuerzo. Eso nunca me había dado. Yo no me podía bajar de la bicicleta y renunciar, habiendo ganado etapa, teniendo la camiseta de puntos rojos, siendo séptimo en la general. Me dio gripa. Llegué a París destrozado. Este Tour fue tan duro que vine a disfrutar lo que logré ya después de retirado”.

Los primeros 5 kilómetros de ascenso son relativamente suaves, pues la pendiente no es todavía muy pronunciada. Llevo un ritmo de pedaleo constante y me siento fuerte para seguir subiendo pegado a la rueda de Santiago Botero. Me cuenta que desde el comienzo de cada etapa en el Tour, los pedalistas ya saben a qué pueden aspirar ese día. “En el ciclismo lo que cuenta son las piernas y el que más dolor aguante sobre la bicicleta”, dice. Luego me pregunta cómo voy y si podré mantener el mismo ritmo hasta el alto. Me advierte que más adelante hay un ascenso fuerte que los ciclistas paisas llaman “atrapamoscas”, porque ahí se quedan colgados quienes no aguantan el dolor o se les agota el aire. Me siento bien, pero dudo que pueda mantener el ritmo de mi rival de turno, así que bajo la intensidad y comienzo a regular el esfuerzo. 

Le pregunto cómo fue competir contra Lance Armstrong. “Era un monstruo en todo el sentido de la palabra. Tenía unas condiciones impresionantes y el liderazgo que tal vez a mí me faltaba. Creó casi que una religión a su alrededor y los gregarios se mataban por servirle en el Tour. La gente le tenía miedo. Era muy fuerte físicamente, pero su principal virtud era la fortaleza mental. Lo que se proponía lo conseguía. Tenía además todo el acompañamiento científico, avión propio y la metodología más avanzada de entrenamiento. La preparación y la logística antes del Tour eran perfectas. Yo estuve muy de malas, porque me tocó correr contra él”.

Hablando de Armstrong, recuerdo la controversia que ha generado por un posible dopaje, sobre todo en los primeros años que corrió y ganó el Tour de Francia. El escándalo del texano ha revivido en los últimos meses, y ha incrementado el estigma que empaña desde hace años al ciclismo profesional. Botero no estuvo exento de esta polémica durante su carrera, así que aprovecho un leve descanso en la vía para preguntarle del tema: “Hoy en día el ciclismo es uno de los deportes más limpios que hay. Ningún otro tiene tantos controles ni obliga a hacer un seguimiento tan estricto de cada deportista. Yo nunca utilicé sustancias prohibidas ni tuve un técnico o compañero que me las ofreciera. A mi casa en Medellín con frecuencia llegaban por sorpresa enviados de la UCI (Unión Ciclística Internacional), y me hacían controles de sangre y orina. En Europa, el doping es un delito penal. En el Tour, los gendarmes franceses llegaban y nos revisaban las maletas minuciosamente. Era un tema complejo en el que había que tener mucho cuidado, porque un remedio para la gripa podía tener efedrina, una sustancia prohibida con la que cualquier control antidoping sale positivo. Cada mes, los ciclistas deben enviar un examen de sangre muy completo, y si por ejemplo hay variaciones en la cantidad de glóbulos rojos, el corredor entra en una lista de sospechosos. Las normas han ido cambiando, y sustancias como la cafeína, antes prohibida, hoy está permitida”.

Seguimos subiendo y Botero continúa parado en pedales sin hacer mayor esfuerzo. Yo voy sentado en el sillín, sufriendo cada pedalazo, rogando para que el corazón y los pulmones no se me salgan del pecho. Saco la barra energética que llevo en el bolsillo y la devoro como un último recurso. La gente que sube o baja Las Palmas pita y lo saluda, algunos lo conocen, otros no. “Acá saludo más que una reina de belleza. Me volví parte del paisaje en esta subida”, dice el paisa sonriendo. 

El ciclista español Óscar Sevilla, compañero suyo varios años y en diferentes equipos, me contó que el paisa tenía unas condiciones impresionantes. “Lo vi hacer cosas que ni Armstrong podía hacer. Santiago era muy fuerte, una bestia —dice—. En una contrarreloj durísima de 48 kilómetros del Dauphiné Liberé, carrera francesa previa al Tour, Botero le ganó a Armstrong por 48 segundos. Le sacó un segundo por kilómetro sin utilizar bicicleta ni casco aerodinámicos, como sí los tenía el norteamericano. ¡48 segundos a Armstrong!”.

Sevilla recuerda que al terminar esa etapa, el norteamericano llamaba a los compañeros de Botero a preguntarles por qué el paisa había ganado, si el viento lo había favorecido, qué le podía haber ayudado. “Armstrong no lo podía creer”, recuerda Sevilla. Le pregunto a Botero por esta victoria y me cuenta que ese día, el norteamericano no le habló ni lo felicitó.

Corriendo con el equipo Kelme en la edición del Tour de 2002, con Armstrong de líder y en su mejor momento, Botero le volvió a ganar una contrarreloj. Los franceses, que odiaban a Armstrong, sacaron champaña para celebrar el triunfo del colombiano. 

El ascenso continúa y yo empiezo a sentir el desgaste y el dolor en las piernas por el esfuerzo. Con dificultad sigo pegado a la rueda de Botero, quien no parece inmutarse a 14 kilómetros por hora en los tramos más duros del ascenso.

A punto de cumplir 40 años y con 80 kilos, nueve por encima del peso que tenía cuando competía, el paisa no ha dejado de pedalear. Sube Las Palmas casi todos los días y sale a montar más largo los fines de semana con un grupo de amigos. Entre semana corre de un lado para otro cumpliendo citas de sus negocios o de su trabajo en Indeportes Antioquia. El resto del tiempo lo dedica a compartir con su familia, su esposa, Catalina, y sus tres hijos pequeños.

“Y su relación con Armstrong, ¿cómo era?”, le pregunto a Botero. “Armstrong era de amores y odios, pero yo le caía bien. En una París-Niza que corrimos, él se cayó y se fracturó el omoplato. Le pregunté en inglés cómo estaba y desde entonces fue siempre amable conmigo. Incluso hubo tentativas de llevarme a su equipo en varias ocasiones, pero nunca se concretaron”.

Miro el monitor y veo con alivio que faltan menos de ?2 kilómetros para llegar al Alto. Mantengo el paso y, para no desfallecer, recuerdo una frase —precisamente de Armstrong— que me inspira en momentos como este: “El dolor es temporal, pero rendirse dura para siempre”. No me quiero rendir ni tampoco inmortalizar mi fracaso en estas páginas, así que aguanto y aprovecho el poco aire que me queda para lanzarle la pregunta definitiva: “¿Qué le hizo falta para ganar el Tour y meterse definitivamente en la élite del ciclismo mundial?”.

Con la sencillez habitual pero sin asomo de arrepentimientos, Botero responde: “Creo que me faltaron varias cosas: un equipo fuerte y decidido que me apoyara, y calcular mejor la preparación. Llegaba muy bien al Dauphiné Liberé, pero en el Tour se me acababa la gasolina a mitad de camino. La impaciencia para mí era un arma de doble filo, y el manejo del peso me costaba trabajo. Cuando yo estaba en el peso ideal, motivado y con un buen entrenamiento, me sentía invencible. Pero a veces, por querer ganar, me excedía en el entrenamiento. Y como yo era ansioso…”

Óscar Sevilla me dijo que Botero tenía todo lo necesario para ganar un Tour de Francia, y está de acuerdo en que si hubiera tenido mayor fortaleza mental y un equipo sólido que le ayudara, habría podido lograrlo. El corredor español cuenta que cuando estaba en Europa, a Botero le hacía demasiada falta la familia, las cosas de su casa en Medellín, Catalina, sus hábitos de entrenamiento… “El primer mes andaba bien, pero luego tenía días duros en los que se veía afectado psicológicamente —dice Sevilla, y agrega—: Una vez en Italia, en plena carrera subiendo las Dolomitas, Santiago me dijo que ojalá se derrumbara la montaña para no tener que continuar. Había momentos en los que se caía anímicamente, y el equipo, para ayudarlo, le tenía que llevar la novia de sorpresa a Europa. Con eso, Santiago se sentía mejor y cambiaba el chip”. El español dice que a partir de 2006, Botero maduró mucho, se volvió más agresivo y concentrado en carrera. “Si Santiago hubiera corrido el Tour en 2007, 2008 y 2009, yo creo que hubiera podido ganarlo. Te digo un Tour, pero hubiera podido ganar dos. En ese momento era cuando estaba mejor físicamente, y mentalmente ya estaba más maduro”, concluye el español. En esos años, Botero ganó la Vuelta a Colombia (2007), corrió un tiempo en el equipo Rock Racing en Estados Unidos, pero nunca volvió a competir en Europa.

Los últimos 600 metros para llegar al Alto se pueden catalogar de infernales. Es una pendiente que no aparenta gran cosa, pero en realidad dan ganas de venderle el alma al diablo para poder llegar hasta el final. Termino los 30 kilómetros en casa de Santiago en 1 hora 29 minutos y 50 segundos, y quemo 1354 calorías, a una velocidad promedio de 14,3 kilómetros por hora. Antes de bajarnos de la bicicleta, le pregunto a Botero qué cambiaría si pudiera volver atrás. “No me arrepiento de nada. Al contrario, creo que superé muy bien los retos que tuve. El talento mío se basaba más en el sacrificio y en la disciplina que en un talento especial o condiciones excepcionales para ser ciclista. Me tumbaban y me volvía a levantar. En mi carrera lógicamente que hubo errores, pero eran parte de la vida. Si no hubiera conocido el fracaso, no habría sabido lo que era triunfar”. 

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