Durante un siglo, las radionovelas, y luego las telenovelas, han sido el lugar socialmente aceptado para llorar, el placer culpable de la narrativa latinoamericana. En una cultura machista, a los hombres nos da vergüenza admitir emociones como la ilusión, el desamor o los celos. Y los escritores han sido casi siempre hombres.

En el arte latinoamericano de contar historias, las grandes gestas políticas, los dictadores y los narcos han ocupado todo el espacio. Pero seamos sinceros: en la vida hay más desencuentros amorosos que revoluciones políticas. El lugar para ventilar esos sentimientos no ha estado en el papel sino en la pantalla.

El desprecio de los intelectuales por los culebrones es además injusto, porque la telenovela es el único género genuinamente latinoamericano. García Márquez siempre ha reconocido su deuda con Faulkner. Mario Vargas Llosa admiraba a Flaubert. Lo único que de verdad hemos inventado nosotros, y que aún hoy nadie puede hacer mejor, son esas largas y lacrimógenas historias de amor imposible.

Y para escribirlas, hace falta oficio. Yo escribí telenovelas durante una temporada, y fue una escuela inmejorable para narrar largas historias. Por ejemplo, requiere una creatividad portentosa mantener a la protagonista virgen durante 120 capítulos. En la vida real, nadie es virgen durante más de tres capítulos.

En mi época de guionista, me tocó uno de los desafíos más complicados de mi carrera. Estábamos casi terminando el libreto. En el capítulo 119, el galán comprendía que su esposa no era paralítica en realidad, sino que fingía para ocultar su esterilidad. En el código moral de la telenovela clásica, una mujer estéril y mentirosa es como Satanás: el hombre está autorizado a abandonarla. Así que, al final del capítulo, el galán corre a buscar a la empleada doméstica, de la que ha estado enamorado todo este tiempo en silencio.

Pero después de entregar y grabar ese capítulo, el productor nos convocó a los guionistas a una reunión. Y dijo:

—Felicidades, chicos. La telenovela es un éxito. Necesitamos 40 capítulos más.

Sufrimos durante horas (porque no teníamos más tiempo) para resolver la situación. El obstáculo para el amor había desaparecido. ¿Cómo íbamos a recuperarlo? Al fin, a uno de nosotros se le ocurrió qué hacer: al comienzo del capítulo 120, cuando el galán va a buscar a la empleada doméstica, sufre un terrible accidente automovilístico... que le produce una profunda amnesia.

Y todo vuelve a empezar.Ya lo sé: suena estúpido. La parte buena es que a nadie le importa.

El público de la telenovela no espera grandes estructuras narrativas o realismo implacable. El público quiere enamorarse. Para ellos, los personajes son casi como amigos que te vistan en tu casa, todos los días, y te cuentan su vida personal. Una vida llena de secretos, traiciones, trampas y amor. En suma, una vida más intensa y apasionante que la real.

Eso no significa que las telenovelas estén condenadas a ser bobas o banales. Nuestros clichés sobre el género están anclados en el pasado.

Al principio, en efecto, su público eran las empleadas domésticas, frecuentemente analfabetas, que hacían las compras en los hogares. Por eso, las historias repetían obsesivamente las fantasías de esas mujeres: amor y dinero. Pero conforme las mujeres se han ido liberando y la sociedad ha ido evolucionando, los libretos han reflejado esos cambios.

Por mencionar solo a los de países andinos, guionistas como Alberto Barrera, Fernando Gaitán, Eduardo Adrianzén o Pablo Illanes han tocado temas como el machismo, la impotencia sexual, la homosexualidad o la pobreza.

A veces, como ocurrió con Yo soy Betty, la fea, las telenovelas de estos autores han tocado fibras sensibles mucho más allá de las fronteras latinoamericanas, en Estados Unidos, en Grecia, en China. Y eso demuestra que, para bien o para mal, los latinoamericanos somos expertos es hacer llorar. Sí. Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo.

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