Antes de responder a la pregunta, debo dejar sentado que no soy un marihuanero, ni siquiera un fumador ocasional de tabaco. Desde que leí que Antonio Caballero había dicho que lo único malo de fumar marihuana es que pasado un tiempo uno llega al baño y no se acuerda a qué había ido, desde aquel preciso momento corté todos mis vínculos con la comunidad marihuanera. Llámenme escrupuloso, pero no voy a permitir que nada atente contra mi memoria, el único patrimonio que poseo. Es con esta disposición de espíritu y con este y otros prejuicios que por solicitud de esta revista me he trabado con cáscaras de banano. (Ellas probaron el chile más picante del mundo y terminaron muy mal)

En términos estrictos, la traba no es con cáscaras de banano, sino con las venas que se desprenden de la cáscara, que, según reza el mito urbano, tienen propiedades alucinógenas. El asunto es bastante sencillo: se le quitan las venas a las cáscaras y se ponen a secar al sol. Marihuaneros avezados recomiendan secarlas en el horno, a 90 °C. Hay otros que dicen que la cantidad que se requiere para trabarse es de 15 a 20 libras de cáscaras, y que la traba únicamente va agarrando al cuarto cigarrillo, de manera que lo más fácil sería comprar marihuana y dejar la colombianada. Como sea: una vez están secas las venas, se muelen y se ponen en la pipa. Este fue el proceso que llevó a cabo la productora de SoHo, quien acompañada del equipo de la revista llegó a mi casa un lunes en la mañana con el material ya listo dentro una bolsa resellable. Lo primero que hice fue abrirla y olerla: olía exactamente a lo mismo que huelen los paquetes de platanitos dulces.

El encuentro había sido pactado a las 10:00. Previendo un atentado contra mi salud, había despachado mis asuntos temprano y había tomado un buen desayuno. Después de una breve charla armé la primera pipa —la más grande— y comencé a fumar como un descosido. Poco después me pasaron una segunda pipa, más fácil de usar, y cuando todos se fueron, en lo que veía un partido del Mundial, armé y me fumé un cigarrillo que me habían dejado desocupado para tal fin. 

Este mito urbano halla sus raíces en el movimiento hippie de finales de la década de los sesenta, que además de promulgar la anarquía no violenta y el amor libre, impuso el uso de estupefacientes. Específicamente, The Berkeley Barb, un diario contracultural, hizo pública una receta para convertir un lote de plátanos en un potente alucinógeno. Sabidas son las facultades comunicativas de los hippies: el mito se regó como pólvora por todos los rincones del mundo.(Catando a ciegas vinos de D1, Justo & Bueno y Ara)

No bien comencé a usar la segunda pipa sentí que a mi tracto vocal le habían untado brea, y después de unos diez o quince minutos de fumada ininterrumpida decidimos entre todos que ya había tenido suficiente. La idea —así me lo manifestaron— era esperar unos diez minutos a ver si sucedía algo extraordinario. En ese periodo hablé con los presentes. ¿De qué? Ni idea, lo único que recuerdo es que comencé a fijarme en sus dientes mientras hablaban. ¡Qué dientes más grandes y bonitos! De la nada comencé a contar cosas: las escaleras que quedan al lado de mi edificio y que llevan a la carrera quinta (son 30), las rejas del edificio del frente (perdí la cuenta). Antes de que se fuera el equipo de la revista, me concentré exclusivamente en los zapatos de la productora, unas baletas de leopardo que poco me faltó para decirle que me dejara.

Cuando se acabó el partido, me comí un pollo asado, tres papas, medio aguacate y dos arepas; después trabajé otro poco y dormí una siesta larga (rara vez lo hago). Después vi una película. Al otro día tenía no menos de cinco correos electrónicos de mi jefe: había olvidado confirmar recibo de todos los archivos que me habían llegado el lunes, un requisito indispensable de mi trabajo, al que nunca había faltado. Me gano la vida como traductor.

De modo que... ¿se puede uno trabar con cáscaras de banano? Yo pude, o eso creo, pero le voy a adjudicar la traba al efecto placebo. Poco después del informe del Berkeley Barb, la FDA llevó a cabo investigaciones en las que concluyó que se trataba única y exclusivamente de un mito. Pero lo mejor es mantenerse alejado de las drogas, niños. (Fumando marihuana con mi papá por primera vez)

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