En 1973 fue campeón de la Triple Corona, compuesta por el Preakness Stakes, el Derby de Kentucky y el Belmont Stake, y en esas dos últimas carreras impuso récords que aún hoy no han sido superados (1 min 59 y 2 min 24).

Yo tuve la fortuna de ser jinete de práctica de Secretariat y puedo decirles que a ese caballo lo único que le faltaba era hablar, aunque de cierta forma lo hacía. Cuando lo montaba, él era el piloto y yo el copiloto, y sentía como si me dijera “aquí el hombre soy yo, yo manejo, usted es solo un pasajero”.

Mi historia con los caballos empieza desde que tenía unos 8 años, cuando vivía en Carolina del Sur, porque mi papá trabajaba en un criadero. Desde ese entonces mi sueño era ser jinete, pero cuando le decía eso a mi papá, me respondía que primero la educación. Así que yo me hacía el que salía para el colegio, pero en verdad me quedaba escondido detrás de los árboles viendo cómo entrenaban a los caballos. Hasta que, finalmente, el dueño de la finca me permitió montarlos.

Aun siendo menor de edad, a los 16, me fui para Nueva Jersey a ser jinete de práctica, que es la persona que se encarga de montar los caballos de carrera por las mañanas. Sin embargo, me resultaba difícil conseguir trabajo, primero, porque era menor de edad y, segundo, porque era muy pequeño y flaco y a los entrenadores les costaba creerme que podía montar caballos purasangre a la perfección.

Cuando ya tenía la edad legal para trabajar, un primo me presentó al que sería el entrenador de Secretariat, Lucien Laurin, que tenía un criadero. Al verme, tampoco me creyó, pero bastó con que me viera montado en uno para contratarme. Junto a Laurin tuve la oportunidad de montar a los mejores caballos de los años sesenta y setenta, como lo fueron Quill, Amberoid y Riva Ridge. Este último fue campeón del Kentucky Derby y el Belmont Stakes un año antes que Secretariat.

Y después vino Secretariat. Cuando llegó al criadero, a sus dos años, era un caballo grande, gordo y perezoso, así que lo pusimos a trabajar. Cuando Ronnie Turcott, el jinete con el que quedó campeón en la Tripe Corona, se montó por primera vez en él, se bajó emocionado y le dijo a Laurin: “¡Huuuy, tremendo animal el que te conseguiste!”.

Desde entonces me dediqué a galoparlo, a estar pendiente de su respiración, de si tenía hambre o sed. Y es que este caballo era tan impresionante que podía correr una milla y un cuarto, ser el primero de lejos y al terminar no se tomaba ni medio balde de agua, me tocaba acercárselo otra vez para que tomara un par de sorbos más y luego solo quería comer.

Y así fue como establecí un vínculo muy estrecho con él. Los caballos le transmiten a uno una especie de vibra, que con Riva Ridge era increíble pero con Secretariat era indescriptible. No sé cómo hacía, pero él me indicaba cuál era el punto exacto donde debía tomar las riendas para que saliera a volar, porque eso era lo que ese caballo hacía. Montado en Secretariat uno se sentía entre las nubes.

Y es que montar un caballo no es solo subirse y arrancar. Es como estrenar un carro, uno tiene que ir conociéndolo, ir sintiéndolo para acoplarse a él. Así fue con Secretariat, y aunque yo sabía que me podía dejar botado en cualquier momento, nunca lo hizo, no le interesaba. Yo le cubría la espalda y él me la cubría a mí. Lo que sí le gustaba era jugar, a veces me quitaba el sombrero o me jalaba la chaqueta y con gestos como esos me alegraba el día.

Este gran atleta murió en 1989 y a su paso dejó 600 hijos, varios récords y el recuerdo de un animal fuera de serie al que, como dije antes, solo le faltaba hablar. Si Secretariat viviera hoy, su precio estaría alrededor de los 100 millones de dólares, pero haber tenido el honor de entrenar con él es algo que, para mí, no tiene precio.

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