Hasta finales del 2007 fui voluntario del ejército, justo cuando completé nueve años como tercer hombre de la primera escuadra del batallón contraguerrilla número 30 de Arauca. Por esos días me diagnosticaron estrés postraumático, un trauma psicológico muy común para los que permanentemente están expuestos a confrontaciones bélicas. Todo empezó en una emboscada que nos tendió la guerrilla cerca de Pueblo Nuevo, cuando yo tenía 19 años. Mi mejor amigo estaba atendiendo a otro soldado herido y una bala enemiga le atravesó el casco, le abrió el cráneo y lo mató instantáneamente. Recuerdo que ese día también murieron cuatro soldados más y solo pudimos atrapar a una guerrillera que tenía un fusil AK-47, dos pistolas, dos granadas y cinco proveedores. Esa fue la primera vez que caí en cuenta de la crueldad de la guerra, y, de ahí en adelante, de tantos combates que peleé y tantos soldados que vi caer, el trauma comenzó, manifestándose de varias formas.
 
En primer lugar, le cogí un odio visceral a las Farc, y esto se evidenció en los combates, donde la sed de venganza era muy notoria y en muchas ocasiones sentía el impulso de irme a la selva, a matar guerrilleros solo, sin esperar la estrategia militar que había que seguir, diseñada por mis superiores. Luego, en algún momento de desmoralización —porque los soldados que peleamos en la primera línea somos los que llevamos la peor parte—, intenté volarme la cabeza metiéndome el fusil por la boca, pero un compañero alcanzó a reaccionar rápidamente, evitando que me suicidara. Fue entonces cuando me enviaron a observación médica en Arauca, situación que no sirvió mucho, porque, sin darme cuenta, en algún momento aparecí con dos granadas en la mano, listo para activarlas. Ahí me di cuenta de que también sufría de pérdidas de memoria instantáneas después de fulminantes ataques donde la mente se quedaba completamente en blanco. Por esa razón decidieron enviarme inmediatamente a Bogotá, a la clínica Santo Tomás, donde comenzó un tratamiento que consistió en mantenerme durante dos meses con una camisa de fuerza debido a que me volví muy agresivo. Si alguien me hablaba duro o en algún tono que no me gustara, lo insultaba y hasta lo agredía físicamente. Me mantenían con una droga llamada rivotril —pastilla muy fuerte para controlar la agresividad— y charlas terapéuticas. Apenas salí de la clínica, me recomendaron deshacerme de mi revolver de dotación para que no fuera a atentar contra mi familia o contra mí mismo en alguno de mis "disturbios" mentales.
 
 En la actualidad mi situación ha mejorado mucho, aunque han quedado efectos colaterales. Cuando estoy dormido tengo pesadillas donde se recrean los combates en los que estuve, sueño con persecuciones interminables, sueño que me matan y, de vez en cuando, sueño con mis compañeros muertos en guerra. Me levanto muy asustado y a veces cojo a patadas los muebles. Estando despierto, me dan ataques de rabia espontáneos, me pongo a llorar y es cuando debo tomar las pastillas recetadas (debo tomar dos por día), que logran calmarme y me siento a leer la Biblia. Llevo año y medio con esta enfermedad y, a mis 29 años, estoy esperando a que una junta médica defina mi situación militar, después de haber estado en servicio durante nueve años ininterrumpidos.

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