En el año 2005, me reencontré, por pura casualidad, con mi amigo de la infancia, Sergio Zanjo, en el aeropuerto de Bogotá. Él llegaba en el vuelo de Copa por una cuestión de negocios, en compañía de su esposa; y yo en el de Avianca, una vez más, invitado a una conferencia, o a un festival, o a un colegio, para hablar de mis libros juveniles. Contándonos nuestras vidas, tomamos juntos el taxi al centro, ellos al Sheraton, yo al Dann Carlton. Intercambiamos mails y teléfonos, pero nunca los utilizamos. Un año más tarde, y no crean que esto es una digresión, me invitaron a un congreso literario en Corea del Sur.

Mientras que en Colombia el riesgo es que quieras quedarte, en Corea del Norte el riesgo es que no te dejen salir. De modo que cuando me invitaron a Corea del Sur tomé el buen recaudo de preguntar dónde comenzaba el límite con el manicomio de Kim Jong Il. No obstante mis prevenciones, me llevaron hasta el paralelo donde las dos Coreas se enfrentan y, para mi gran sorpresa, me pareció ver la cara, del lado de Corea del Norte, de la esposa de mi amigo Sergio Zanjo. Fue un segundo, y luego la cara se desvaneció en el aire.

Desde el 2006, cuando eso me ocurrió, hasta el año 2010, no volví a ver a Sergio ni a su esposa; de modo que mi percepción del rostro de su señora en aquel escenario bizarro permanecía entre corchetes de incredulidad, ponderando interiormente yo si se trataría de un espejismo, una alucinación, o si realmente había visto a Helena Zanjo en la frontera y su rostro se había esfumado en el aire como un globo de helio escapado de la mano de un niño. Yo no había compartido con ella, en toda mi vida, más que un viaje en taxi; de modo que bien podía haberla confundido con cualquier otra mujer.

En el 2010, Sergio y yo nos cruzamos nuevamente en Bogotá. Por primera vez usó mi mail, me dijo que sabía que yo estaba en la ciudad, y me citó en el café Juan Valdez. Lucía desmejorado.

Yo volvía por un asunto literario, pero él ya no por negocios. Se había prendado de una colombiana y, separado desde el 2006 de Helena, por fin había tomado la decisión de apartarse de sus hijos y venir a vivir a Bogotá. Entonces su novia colombiana decidió dar fin al romance.

Amparado en que ya no era el marido de Helena, me animé a consultarlo acerca del rostro de su ex en Corea del Norte. La cara de Sergio, ya de por sí marchita, empalideció. Dejó caer la cabeza hacia abajo. Estaba admitiendo mi visión.
—Cuando nos encontramos aquí mismo, en Bogotá, en 2005—comenzó Sergio—, conocí a Lina. Me enamoré perdidamente. ¿Vos viste los culos que tienen las colombianas?

Su comentario extemporáneo me desconcertó.
—No me he puesto a pensar en ello —repliqué.
Sergio me observó demudado. Pero yo quería que terminara de narrarme su historia.
—En fin —siguió—. Encontrarte en aquel 2005 fue providencial. Helena volvió una semana antes a Colombia, para que los niños no estuvieran tanto tiempo sin los dos. Yo debía regresar una semana más tarde. Permanecí en Colombia, debido a Lina, cinco meses más de lo esperado.
—¡Eso es mucho tiempo! —casi grité.
—¿Vos viste el culo de las colombianas? —repitió.
—El riesgo es que te quedes —comenté. Pero también pregunté: —¿Qué le dijiste a Helena?
—Que me habían secuestrado las Farc.
—Buena excusa —apunté.
—Y a vos también —agregó Sergio—. Ni bien regresé a Buenos Aires, a Helena, que como recordarás es licenciada en educación, le asignaron una misión de la Unicef en Corea del Norte. Mi intención era permanecer casado hasta que mi hija cumpliera los quince, porque la gran ilusión de la nena era su fiesta, y no soportaría vivirla con los padres separados; o mucho peor aún, renunciar a la fiesta porque la madre, recién abandonada, no aceptara realizarla. Vos eras mi gran coartada. Nos habían secuestrado juntos. Era mucho más verosímil. El gobierno argentino callaba la noticia porque negociaba en secreto, por intermedio de Chávez.
—¡Yo no quiero que Chávez pida por mí! —estallé.
—Precisamente —explicó Sergio—. Me liberaron solo a mí. Cuando salimos para Corea del Norte, vos todavía estabas secuestrado por las Farc. Ni bien regresáramos a Buenos Aires, festejaríamos la fiesta de la nena. Yo ya había pensado en tal vez continuar con Helena un par de años más.
—Pero entonces me vio… —entendí.
—Y se desmayó —completó Sergio—. Arruinaste la fiesta de mi hija y mi matrimonio. Yo diría que mi vida. ¿Qué carajo estabas haciendo en Corea del Sur en el 2006?
—Yo no arruiné nada —me defendí— ¿En qué cabeza cabe quedarse cinco meses por un culo, y hacerme secuestrar por las Farc? Podrías haber generado un escándalo internacional.
—La violencia en este país —dijo Sergio— y el fin de mi matrimonio, tienen la misma raíz: la humanidad, incluyendo a los propios colombianos, no está preparada para estos culos.

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