En el reglamento interno de las Farc existen unas normas mínimas de comportamiento entre ellos con las asociaciones (los matrimonios), pero me pareció que algunas veces no las respetaban. No soy testigo directo de casos de infidelidad entre guerrilleros, pero sí me llamaba la atención, por ejemplo, que una pareja que parecía estable no lo era tanto pues, de pronto, al mes, se exhibía la guerrillera con otro, y ese otro a su vez tenía simultáneamente otra pareja… Era como un sancocho que por supuesto rayaba con esos criterios que se expresan en las normas de comportamiento ético, si es que uno puede hablar de ética dentro de la guerrilla.

Sin embargo, si bien las reglas podían ser laxas entre los guerrilleros, cuando se trataba de los secuestrados las cosas eran a otro precio. En el reglamento de las Farc está prohibido que haya cualquier relación de unos con otros, porque una relación entre guerrilleros y secuestrados se puede interpretar como un acercamiento con el enemigo, y eso conlleva a un consejo de guerra que puede terminar en pena de muerte. Aunque no me consta, contaban que hubo un caso de un capitán de la policía o del ejército que se enamoró de una guerrillera y se fugaron. Esto sucedió hace muchos años. A partir de esto, la guerrilla mantiene aislado el contacto con los secuestrados. También hay otra razón para ello. Las guerrilleras nunca podían entrar a nuestros campamentos. Siempre lo hacían los hombres. Y eso es porque algunos secuestrados cortejaban a las guerrilleras, las miraban al verlas pasar y les decían uno que otro piropo que rayaba en algunos casos en lo vulgar.

Pero es que uno tiene que entender que algunos muchachos, después de tanto tiempo sin ver una mujer, se habían vuelto voyeristas. A veces coincidíamos en la hora del baño con las guerrilleras y allá todos se bañan en ropa interior, entonces las miraban con ojos libidinosos. Hubo un par de secuestrados que estaban pendientes a qué horas se cambiaban algunas compañeras de cautiverio para espiarlas o cuando ellas iban a hacer sus necesidades no faltaba quien estuviera curioseando.

Hubo un par de ocasiones en las que a un muchacho voyerista tuvimos que hablarle, casi le pegamos para que respetara un poco. En otra ocasión, en una marcha nocturna, alguien trató de tocarle las nalgas a alguna guerrillera en dos oportunidades, pero fueron casos aislados. No es lo común. Tenían ansiedad de sexo, algo que es sumamente normal. Uno no puede juzgar eso ni calificarlo cuando se está gozando del pleno uso de la libertad.

Los guerrilleros pueden tener sexo casi a diario. Ellos disfrutan de unos toldillos especiales, privados, donde cada pareja tiene su espacio. Para los secuestrados eso no existe. Había toldillos entretejidos donde obviamente se veía todo. Además, era indiferente, porque ¿qué teníamos nosotros? Nada. Es muy difícil la situación de los secuestrados al respecto. La forma de desahogo allá es la masturbación. Así de sencillo. Porque no hay posibilidad de tener relaciones sexuales, no hay con quién.

La guerrilla de vez en cuando llevaba películas. Ahí conocí el famoso DVD. Nosotros no conocíamos eso, éramos de la época del televisor con el VHS. A veces les llevaban a los secuestrados películas pornográficas. Yo no las veía, primero por respeto con las mujeres, compañeras de infortunio, pero también porque al final era atormentarse uno mismo.

Los militares y policías siempre duermen en parejas, encadenados, en un lugar de poco más de un metro de ancho. No presencié ningún acto de homosexualismo entre los secuestrados. Lo que sí vi es que las reglas cambian en una convivencia. El tema de la masturbación se trataba con mucho respeto. Nadie hablaba de eso, nadie decía nada que hiciera alusión al respecto y creo que en ese sentido fuimos todos muy solidarios. Entendimos que había una serie de necesidades físicas y psicológicas que debíamos afrontar y que dentro de nuestras posibilidades teníamos la de autocomplacernos. Algo normal y natural en el ser humano. Así lo vivimos y lo entendimos en cautiverio. Por eso nos respetábamos los espacios cuando cada uno quería hacerlo.

Yo dormí solo casi todo el tiempo. Durante todo mi secuestro hice un inmenso esfuerzo, cuando me afloraban recuerdos y ganas, para no concentrarme en eso. Pensaba en recuerdos aburridores, como los compromisos bancarios. Empezaba a pensar qué estarían haciendo mis hijos, sus estudios, las decisiones que habían tenido que tomar en la vida sin el consejo mío, de papá y amigo, pensaba cosas tediosas de la política, me venían a la mente recuerdos de guerrilleros que me maltrataban o que me encadenaban, en fin, imágenes que me distrajeran. Hacía, digamos, el equivalente al ejercicio de la ducha de agua fría. No todas las veces tuve éxito, claro. Pero siempre hice ese esfuerzo.

Al final me pusieron a dormir con uno de los tres norteamericanos, y algún día charlé con él sobre este tema y él hacía la misma tarea mía de distraer la mente para pensar en otras cosas. Además, nosotros procurábamos hacer mucho ejercicio físico, así que al final del día terminábamos fundidos. Yo, por ejemplo, hacía dos o tres horas de ejercicio diario por la tarde. Nos llevaban a baño y a las cinco y media ya estábamos encadenados, metidos en la caleta, cada uno en su hamaca o en el suelo, donde fuera, y yo me ponía a oír noticias y no alcanzaba a terminar de escuchar el programa de Hora 20 (porque yo era adicto y adepto a Caracol) y ya estaba dormido. Por supuesto, si me dormía a las siete o siete y media de la noche, a las tres de la mañana ya estaba con los ojos abiertos, y esa normalmente era la hora en la que venían los recuerdos. Sin embargo, a esas horas de la madrugada empezaba a escuchar los noticieros y se me iba pasando el día. El sexo pudo haber ocupado algunas veces lugares prioritarios durante mi secuestro, pero procuré pasarlo al último plano para no martirizarme, para no crearme más problemas de los que ya tenía. Es que estar encadenado 24 horas en un hábitat del que uno no se podía mover, eso ya era suficiente drama.

Si bien es cierto que con el estadounidense hablamos una vez de eso, no era una conversación usual entre nosotros. Igual a veces hablábamos con otros compañeros esporádicamente sobre el tema. La primera vez que conversamos fue cuando llegó una película pornográfica y los militares y policías nos invitaron (a los políticos) a verla con ellos. Luego, a raíz del tema de Clara volvimos a hablar. Al parecer, Clara quedó embarazada dos meses antes de compartir cautiverio con ellos. Yo estuve dos años solo, y cuatro meses después de integrarme a Íngrid, Clara y demás políticos, nos enteramos de la noticia. En semejante drama, en semejantes circunstancias, lo que afuera hubiese sido un inmediato motivo de júbilo y celebración, allá en la selva parecía en su momento añadir otro problema a esa tragedia que vivíamos, así que los políticos acordamos que debíamos mantener un clima de respeto entre nosotros mismos, no involucrarnos, y así lo hicimos.

Aunque la verdad es que no había cómo tener algo entre los secuestrados tampoco. Cada uno estaba encadenado en una caleta diferente. A Íngrid la tenían en un palo encadenada, como a 10 o 15 metros de donde estaba yo. Jorge Eduardo (Géchem) estaba en una caleta, Consuelo González en otra, y así sucesivamente.

Mi reintegro a la vida fue muy normal, dentro de toda esta locura que vivimos. Yo no sé si fue que salí tan deseoso de regresar a los míos que me reintegré muy rápido. Lo que sí pasó durante mi secuestro es que ahora valoro cien veces más todo esto. Uno revalúa muchas cosas, valora cosas que uno no atesoraba como debía, entre esas el amor.

Cuando me secuestraron yo tenía 28 años de matrimonio y había una especie de desgaste en la relación. Con la entrega a mi actividad política de entonces, yo andaba en todas partes menos en la casa. Ahora aprecio mi hogar, mi esposa, sus expresiones, sus gestos y su inmensa ternura profesada en esa lucha incansable que dio por mi regreso a la vida y a la libertad. Al final, lo único que le queda a uno es la familia. Ojalá Dios me dé la oportunidad de resarcirme, que tenga el tiempo suficiente para hacerlo.

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