Yo nunca había tenido una relación tan dramática con la comida como la que experimenté cuando fui secuestrado por las Farc, el 11 de junio del 2001. A partir de ese momento, y durante los cerca de siete años que permanecí en cautiverio, tuve que acostumbrarme, entre cientos de cosas, a la “dieta de las Farc”: un régimen que comenzaba a las siete de la mañana con el caldo de agua y pasta que sirven de desayuno. En algunas oportunidades le ponen pescado, pero solo si los guerrilleros tuvieron el deseo de salir a pescar y si las condiciones propias de la guerra se prestan para ello. Este insípido plato viene acompañado la gran mayoría de veces de una arepa y una taza de chocolate en agua.

Como medias nueves, la guerrilla nos servía “jugos” hechos a base de agua que sacaban de ríos y caños, sin tratamiento alguno, mezclada con colorantes químicos en polvo de diversos sabores a fruta. Recuerdo que eran tan fuertes esos polvos que los guerrilleros generalmente los usaban para teñir la ropa. El almuerzo lo servían entre las 11:30 y las 12:00 del día. Para esta comida, invariablemente nos daban arroz con fríjoles, lentejas o alverjas verdes secas. Dependiendo de la zona donde nos encontráramos, esto lo combinaban de vez en cuando con carne de res, de algún animal de monte o con pescado, pero siempre en forma muy escasa. A media tarde repartían nuevamente el agua con colorantes y alrededor de las cinco servían la cena: arroz con pasta y un poco de carne, si había, acompañado generalmente de una tortilla hecha de harina frita que en la selva llaman “cancharina”.

La gran mayoría del menú tenía un denominador común bastante curioso: una alta dosis de aceite de cocina reutilizado varias veces y muchísima sal. Sobra decir que los efectos no eran los más óptimos para el organismo de alguien como yo, que sufre de diabetes y de tensión alta. Obviamente la sazón de los alimentos variaba un poco dependiendo de quién cocinara ese día. Todos los guerrilleros se turnaban para estar en la cocina por periodos de 24 horas y el número de “rancheros” (término utilizado en la guerrilla para llamar a los cocineros) dependía de la cantidad de personas que se encontraran en esos momentos en el campamento. El número cambiaba con gran facilidad y de un momento a otro, sin previo aviso, como todo lo demás que sucedía en la selva. Si había cincuenta personas, por ejemplo, cocinaban dos o tres guerrilleros, mientras otros se ocupaban de suministrar la leña que fuera necesaria para el efecto.

Usualmente empleaban un sistema de cocinas denominado “vietnamita”. Consistía de un fogón central con tres o cuatro huecos en la tierra que tenían algo así como unas chimeneas largas en diferentes direcciones. Estas medían aproximadamente veinte metros y tenían un diámetro de veinte centímetros. La idea era que el humo que salía al cocinar se dispersara, pues, si dejaban que se concentrara en un solo sitio, podía ser detectado con relativa facilidad por la aviación de la Fuerza Pública que merodeaba con frecuencia las zonas donde nos encontrábamos y la seguridad impuesta por los guerrilleros en los campamentos se pondría en riesgo.
Lo cierto es que estas generalidades se alteraban de acuerdo con los campamentos y los guerrilleros que nos cuidaban. Hubo algunos sitios donde nos daban, con alguna regularidad y para alivio de todos, enlatados como salchichas, atún y sardinas. Inclusive un par de veces nos dieron tamales y lechona enlatados; una absoluta novedad, por cierto. En esos momentos cambiaba un poco el estado de ánimo general, pues sentíamos algo agradable, algo placentero, algo que de alguna manera nos hacía recordar, en esa situación tan degradante en medio de la nada, que éramos personas.

Jamás creí que la comida tuviese un factor tan determinante en ciertas circunstancias de la vida. Esto obedece, quizás, a que no sabía lo que era realmente sentir hambre. Pero no de esa hambre que adoptamos a veces por voluntad y siempre por razones muy banales. No. Hablo es de esa hambre que duele en las tripas y en el corazón, que hiere, que menoscaba el alma. Cuando la comida no se tiene, cuando es imposible conseguirla o, peor aún, cuando la exhiben frente a uno a sabiendas del daño que causa, se convierte casi en una obsesión: se extraña, se anhela y, sin darse uno cuenta, empieza a hablar más de esta que de uno mismo.

Tuvimos que aguantar hambre en varias ocasiones: o por operativos militares que impedían el tránsito de alimentos hacia los campamentos o porque la Fuerza Pública estaba muy cerca de estos y nos obligaba a marcharnos en forma precipitada. Eran días de caminar continuo, de divagar sin rumbo fijo impulsados solo por la esperanza que, de alguna manera milagrosa, esos pasos nos acercaran a nuestras casas, a nuestras vidas, a nuestras familias… En esos momentos solo nos alimentaban, y de manera esporádica, con arroz y lentejas. Los guerrilleros se referían a ese plato como “empedrado”, que se convertía en una porción de comida bastante fastidiosa y monótona con el pasar de los días y las semanas.

Experimentamos situaciones realmente dramáticas y al recordarlas no puedo evitar sentir nuevamente esa desolación; porque, como decía García Márquez, hay que “vivir para contarla”. Me acuerdo de una oportunidad en que caminamos por cerca de cuarenta días a punta de arroz sancochado. Nos daban una sola comida diaria y alrededor de las once de la noche. De día, teníamos la urgencia de estar huyendo constantemente de un posible operativo militar, una situación que inevitablemente se agravaba con el correr de los días y que hacía que el hambre nos golpeara no solamente a nosotros, los secuestrados, sino también a los guerrilleros que en ese momento nos cuidaban.

Cuando ya todos nos encontrábamos en un estado absolutamente famélico, cuando estábamos hartos de días enteros deambulando en la manigua, hicimos una pausa para descansar y vimos algo que nos sorprendió a todos: una manada de micos pasó sobre nosotros y, de repente, un guerrillero disparó y mató a tres simios que cayeron a nuestro lado. Recuerdo muy claramente que uno de ellos nos mostraba la herida tratando de pedirnos ayuda, como si fuera un ser humano. Todavía puedo ver su mirada: parecía confundido, atontado por el desconsuelo y la confusión de lo que estaba pasando. Y es que no se necesita ser brillante para entender el dolor de la guerra.

Pero existe algo llamado instinto de supervivencia y, gracias a este, a las dos horas de haber presenciado semejante barbarie —que todavía asalta sin invitación mis pesadillas en las madrugadas— estábamos todos ahí, como salvajes, comiéndonos ese majestuoso animal. Los guerrilleros, mientras tanto, se disponían a asar en una fogata improvisada a los otros dos que habían corrido con la misma desafortunada suerte. Definitivamente lo que para unos es comida, para otros será siempre un amargo veneno.

Recuerdo también otro suceso que había olvidado por completo. Sucedió cuando estaba en un campamento que parecía más una cárcel que cualquier otra cosa y cuyas imágenes conoce ya toda Colombia: estaba rodeado de mallas y alambres de púas que los guerrilleros habían construido para albergar durante un año a los militares, policías y políticos secuestrados. Un día cualquiera, en este campo de concentración, oímos unos disparos y, sorprendidos por los mismos —porque uno nunca se acostumbra al sonido de la bestialidad—, nos dimos cuenta de que un guardia había matado a un tigrillo bastante grande que se había acercado hasta las mallas. Minutos después el comandante alias ‘Sombra’, hoy preso en la cárcel Modelo de Bogotá, se acercó a nosotros con actitud victoriosa a exhibirnos como trofeo de guerra el cuerpo acribillado del animal. El entonces carcelero mayor de la guerrilla quería cumplir con su cuota diaria de terrorismo psicológico y dejarnos clara una consigna: eso era lo que nos esperaba si intentábamos huir en busca de la libertad. Al día siguiente, para nuestra sorpresa, nos llevaron empanadas que degustamos con mucha ansia y satisfacción. Pecamos de una inmensa ingenuidad, claro, pues después nos enteramos de que habían sido hechas con la carne del tigrillo asesinado. Y, aunque suene atemorizantemente cruel, debo confesar que esas empanadas ¡sí que me supieron a gloria! Y eso que no soy muy amigo de las carnes de diferentes animales de monte que probé durante mi secuestro, como la de danta, la de venado, la de cajuche y la de culebra (particularmente de güio).

Las fechas especiales casi nunca estuvieron acompañadas de un plato específico o un acto simbólico de conmemoración por parte de la guerrilla. Solo una de las siete Navidades que pasé en la selva, encadenado a un árbol, prepararon natilla y buñuelos. Pero ese momento que debía ser feliz me jugó finalmente una mala pasada, pues me hizo recordar aún con más nostalgia los olores y los sabores del calor del hogar y la familia que extrañé por tantos años cuando estaba muerto en esa jungla.

Allá soñaba muy frecuentemente con todo tipo de platos y olores. Sin embargo, durante los primeros días de mi libertad, cuando tenía la oportunidad de degustar todo lo que soñé, perdí el apetito por completo y me limité a comer queso y a tomar agua.

Hoy, después de unos cuatro años, no he podido superar el síndrome de “cómo no voy a comerme esto”.

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