A las 8:46 de la mañana, Alexi Quintero, dueña del almacén de ropa El Superbaratillo en Pelaya, Cesar, estaba recibiendo la carta que tres días antes le había enviado su hija Lina Marcela, estudiante interna en la escuela de patrulleras de la Policía Nacional de Sumapaz, Cundinamarca. Y aunque a ellas no les interese saberlo, esa carta, para llegar hasta allí, recorrió 581 kilómetros, estuvo en cuatro vehículos bajo la responsabilidad de cuatro conductores, cruzó al amanecer por el cañón del Chicamocha, descansó una noche en Bucaramanga, la monitoreó todo el tiempo un satélite y tardó exactamente 39 horas y 11 minutos desde que fue recibida en la concesión de Envía en Fusagasugá, hasta que Leonardo Quintero, empleado de la oficina reexpedidora de Aguachica llamó por un celular a Bogotá para que en el software de la empresa ingresara al fin una palabra que es la obsesión permanente de las miles de personas que trabajan 24 horas en el servicio de mensajería: ENTREGADA.

Lina Marcela Campo Quintero quiso ser policía por influencia de su hermana mayor, Taty, quien siempre tuvo ese sueño y por razones económicas nunca lo pudo realizar. Pero de tanto repetírselo a Lina Marcela, consiguió que ella también lo hiciera suyo. Apenas terminó el bachillerato empezó a hacer las gestiones para ser admitida en el curso de patrullera. No fue nada fácil el proceso. "Lo sufrí bastante, para qué. Me tocaba mucho viajar a Valledupar y a Barranquilla. Valledupar queda a seis horas de Pelaya y Barranquilla, a nueve horas. Siempre me tocaba andar viajando para los exámenes, que una reunión, que una cosa, que la otra. Fueron tres meses de viajes constantes. De ochenta mujeres que nos presentamos solo tres logramos la incorporación". El 18 de octubre de 2006 llegó a la escuela de patrulleras para iniciar el curso que durará un año. Si se gradúa le espera una larga carrera: intendente, intendente-jefe, subcomisario y comisario. Y tal vez más de veinte años, porque los ascensos dependen de concursos y disponibilidad presupuestal.

Pero ahora no piensa en eso ni en los riesgos que implica su profesión, sino en adaptarse a un régimen basado en "cuadros de mando" y estrictas rutinas: levantada a las cuatro de la mañana, baño, desayuno, aseo de las habitaciones, comandos de la compañía, clases de tiro, almuerzo, clases teóricas, pruebas

físicas y psicológicas, cena, estudio, acostada a las

9: 30 de la noche. Y, eventualmente, servicio de vigilancia. Sin embargo, lo más difícil no es el régimen —la responsable de la compañía, la capitana Claudia, es firme pero comprensiva— sino la convivencia con las otras patrulleras de distintas regiones de Colombia. Lina Marcela comparte su cuarto con siete muchachas, de Bogotá, Montería, Tunja, Manizales. Y lo más duro, lo que definitivamente les cuesta más trabajo, en especial a las que vienen de muy lejos, es acostumbrarse a no estar cerca de sus familias. A veces los comandantes dan uno o dos días libres —los llaman franquicias— pero a ella ese tiempo no le alcanza para ir a su casa y volver. En una hora libre en la que no hubo clase, se dejó llevar por la añoranza de su madre y le escribió esta carta:

Quiero que sepa que estoy bien, me siento orgullosa de haber llegado acá, porque estoy cumpliendo el más grande sueño.

Mami dele saludos a papi, a mis hermanas Taty, Paola y para mi Dubán un besote y abrazote.

Me hacen mucha falta y me encantaría verlos pronto; esta es una de las cosas más duras que vivimos aquí, la ausencia de ustedes.

Mami las cosas se tornan a veces difíciles y más cuando pienso en ustedes y en los buenos momentos.

No se preocupen por mí, porque no hacemos nada del otro mundo, y además me encanta saber que hago lo que me gusta, y tanto me costó durante todo el proceso.

No siendo más me despido enviándoles un beso, un abrazo, diciéndoles que los quiero y los extraño mucho.



Lina Marcela le agrega a la carta unas fotos en las que aparece al lado de sus compañeras. Quiere que su familia la vea vestida así: con el uniforme de la Policía para que de verdad le crean. Días después, obtiene un permiso de la capitana Claudia y va hasta Fusagasugá, a la concesión de Envía en la avenida Las Palmas. A las 5:37 de la tarde entrega el sobre y paga el porte: $6.600 hasta Pelaya. Lina Marcela se despide y también sale por un momento de esta historia. Ahora el protagonista será el sobre, que se identifica con la guía número 0115403816. Para la empresa Envía, el objetivo es llevarlo a su destino en el menor tiempo posible porque en el negocio de la mensajería, bastante competido, "el que primero entrega es el que va ganando". Y para el autor de esta crónica, un fotógrafo y un conductor, la misión es no despegarnos de él ni un solo segundo: seguirlo en su travesía, contar minuciosamente todos los pasos y los avatares que tendrá en su largo camino.

A las 6:05 p.m. despachan el correo de Fusagasugá en un camión mediano —una NPR— que viene recogiendo paquetes y cargas por esa zona y se dirige a Bogotá. Su conductor es John Fredy

Sánchez. Lo seguimos. A esa hora el tráfico es pesado y el ritmo se vuelve lento. De todas maneras no podemos sobrepasar los 70 kilómetros. A la 8:12 p.m. llegamos a la sede principal de Envía en Fontibón, que a esa hora tiene un gran movimiento: más tarde saldrán las tractomulas hacia las ciudades lejanas. Hay cientos de personas clasificando y cargando. Contrario a lo que podría pensarse, el negocio de la mensajería ha crecido en los últimos años. El correo electrónico, más utilizado para los mensajes cortos, no la ha relegado: la gente la sigue utilizando para enviar documentos o tarjetas que, en las ocasiones especiales, llega tener un gran volumen. Nuestro sobre es bajado del camión en la canasta que venía, llevado a una ventanilla en la que es "pistoleado" para reportar en el software corporativo su nuevo estado. Como va para Pelaya, lo zonifican en "Bucaramanga" y lo incluyen en una relación de viaje. Luego lo llevan a una tina y nuevamente vuelven a "pistolear" con una palm el código de barras; cierran el paquete poniéndole cintas de seguridad y en una carretilla llevan la tina por la zona de carga hasta la tractomula que tiene el letrero "Bucaramanga". La dejan cerca de la puerta: "La correspondencia siempre va a puerta de Van". Cierran la puerta y otra vez ponen cintas de seguridad.

Listos para salir. Marlon Franklin, supervisor, autoriza la salida para las 9:30 p.m. Aunque la última palabra la tienen los encargados de seguridad, quienes establecen la ruta a seguir y el número de paradas. La vía más corta a Bucaramanga es por Ubaté y Chiquinquirá, pero ellos consideran más segura la de Tunja y Arcabuco: cuenta con más recursos para sortear cualquier eventualidad. Incluso, para ir a Pelaya sería más corto tomar la Troncal del Magdalena. Sin embargo, la han descartado por tener algunos puntos riesgosos por lo desolados o porque no llega la señal de celular. La guerrilla no es el único peligro. Hay piratas terrestres que siguen los camiones y hacen falsos retenes, pero para ello cuentan con el GPS. Esta sigla significa Sistema de Posicionamiento Global. Este sistema fue descubierto en 1993 por la fuerza aérea de Estados Unidos y se ha venido perfeccionando hasta el punto que hoy en día es posible averiguar de forma instantánea la posición exacta en el planeta de un objeto o una persona que tenga el receptor (el margen de error es de unos pocos metros). Cada vehículo tiene un receptor ubicado en un lugar desconocido por los conductores. Por medio de este sistema satelital desde la oficina central pueden apagar los vehículos o bloquearles el furgón de la carga. El sistema es utilizado por Envía desde hace dos años y ha traído cambios muy importantes. Los piratas evitan atacar a las empresas que poseen ese sistema y ha servido para optimizar el servicio: el vehículo que se sale de su ruta o se detiene en un sitio más de lo necesario inmediatamente genera una alarma.

Salimos, finalmente a las 9:45 p.m. Tendremos dos paradas; en Arcabuco y en San Gil, cada una de quince minutos. Nos espera una larga noche de viaje. Empezamos con un ritmo parejo de 70 kilómetros, siguiendo a la tractomula conducida por Jhon Chitiva. Pasamos Tocancipá, Sesquilé, Chocontá, Tunja. A las 12:15 a.m. llegamos a Arcabuco, a la tienda La Especial, donde una deliciosa aguadepanela caliente y una almojábana nos parece un elíxir en la noche fría y monótona. Y María, la simpática muchacha que atiende a los conductores hasta la madrugada, una bella flor de páramo. Chitiva nos cuenta que lleva ocho años en esa empresa. Ocho años en la misma rutina: de aquí para allá. Un viaje, unas horas de descanso y un nuevo destino. Cuando llegue a Bucaramanga dormirá un poco y en la noche regresará a Bogotá. Después, a Pasto o Cali: donde lo manden; esa es la vida que le toca. Pero está contento, en las largas jornadas se distrae hablando con sus compañeros de trabajo por celular y está pagando su casa propia. Su familia también se ha adaptado a sus horarios.

A las 4:05 de la madrugada pasamos por San Gil. Tomamos café en una tienda, frente al parque El Gallineral y seguimos. Empiezan el ascenso y las curvas del cañón. Al fin me vence el sueño. Y menos mal: no veo ese adefesio de la arquitectura que es el parque Nacional de Chicamocha. Hágase la luz: antes de Río Seco de repente llega el amanecer y con las imponentes montañas surge de nuevo el mundo.

Llegamos a la oficina de Envía, en la vía a Girón, a las 6:40. Se rompen los sellos del furgón, se abre la puerta y el sobre de nuestros desvelos es "pistoleado" de nuevo; ingresa a la planilla de reparto y es zonificado para Aguachica. A las cuatro de la mañana salió la tractomula que iba para Ocaña y que lo podía dejar allá. Hay que esperar hasta mañana, cuando saldrá otro carro a la misma hora. El correo siempre tiene que estar en movimiento, pero, hoy, el sobre y nosotros tendremos un justo y merecido descanso. Estaba previsto. El compromiso ha sido entregar en tres días: todo está en orden.

Después de la ducha, la cama, la pepitoria, la carne oreada, el cabrito, la arepa santandereana, un obligado paseo por la linda Bucaramanga y un sueño reparador, muy a las cuatro en punto de la mañana salimos rumbo a Aguachica en la NPR de placas SYL 500, conducida por Gustavo Sarmiento. Antes de Aguachica, habrá tres paradas para dejar la mensajería con los operadores locales: El Playón, San Alberto y San Martín. Descendiendo hacia San Alberto, nos sorprende otro amanecer para guardar en la memoria: los primeros rayos del sol caen tímidos en la verde sabana.

A las 7:47 estamos en Aguachica. La NPR ha seguido hacia Ocaña y nosotros nos quedamos con el sobre en la agencia reexpedidora de Luz Ángela Rincón, encargada de llevarla hasta Pelaya. Salimos a nuestro destino final siguiendo un flamante Dogde Alpine modelo 1980, color rojo, manejado por Fernando Utrillos, otro colombiano más en el rebusque. Al fin llegamos a Pelaya. Buscamos el almacén de Alexi Quintero, un ventorrillo de ropa sobre la vía que va a Santa Marta y que allá le dicen "Colmena". Leonardo, el ayudante de Utrillos, le entrega la carta y luego de un segundo de pánico por tanta gente y tanta bulla, la lee en silencio y expresa toda su emoción con una conmovedora lágrima: "Ustedes me han traído una gran alegría". Con esas sencillas palabras se desvanece nuestro cansancio y sentimos que este largo recorrido no ha sido en vano.

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