Fue a principios de marzo de 1999. Estaba en Las Palmas de Gran Canaria, en España, haciendo mis prácticas de radiología vascular intervencionista —que, en otras palabras, consiste en operar sin abrir—, cuando me dio un dolor abdominal muy fuerte. Fui al hospital y me dijeron que eran cálculos, pero resultó siendo una apendicitis que se perforó y me produjo una peritonitis. Me operaron de urgencia pero evolucioné mal, me hinché muchísimo, tanto así que ningún pantalón, por grande que fuera, me cerraba.

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El malestar era insoportable; estaba sentado en una silla, de repente sentí que se me fueron las luces y, según me contaron después, me escurrí. Mi primera imagen fue que todo se puso gris; lo único que sentí fue un calor muy placentero —como cuando uno está un domingo metido debajo de las cobijas— y luego todo se apagó. No recuerdo un túnel, pero sí que estaba en un ambiente muy oscuro, que no era frío sino cálido, y veía una luz blanca, lejana, incandescente. Después solo sentí como si me estuviera entregando, como si estuviera acostado en un trineo y me dejara llevar. Mejor dicho, como si fuera montado en un neumático río abajo.

Durante ese episodio, que en mi caso fueron 42 minutos, uno es inerte. Me dijeron que tuve una bradicardia profunda —es decir, que mi corazón estaba latiendo muy despacio—, pero nunca tuve un paro cardíaco, solo estuve inconsciente. Cuando me desperté estaba con las venas canalizadas, acostado en una camilla y con seis personas asustadas a mi alrededor haciendo todo lo posible para que no me diera un paro. Lo primero que pensé fue que tuve mucha suerte de seguir vivo. No me dio miedo, no pregunté dónde estaba… sabía en dónde y con quiénes: me sentí tranquilo. Después sí sentí frío y pedí que me taparan. En total estuve hospitalizado 23 días.

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Cuando caí en la cuenta de que estuve a punto de morir no me alteré en lo absoluto. Mucha gente se agita, pero a mí me produjo una sensación de paz profunda, como nunca la he tenido. El momento de pasar de la vida a la muerte no es doloroso porque hay un instante de inconsciencia previa y esa inconsciencia no duele. Eso al menos es lo que creo, y lo que me pasó: tenía mucho dolor y de repente fue como si me hubieran desconectado. Todo se apagó, fue una sensación de liviandad corporal. Como dicen por ahí: caí en brazos de Morfeo.

Esa experiencia me trajo mucha paz y, sin duda, fue una lección de vida. Nosotros nos guardamos muchas cosas, por timidez o por orgullo, y esa experiencia te enseña a hablar. En ese entonces tenía 34 años y me sentía invencible. Pero la verdad es que con esto uno aprende que somos muy frágiles, que nos podemos morir de un momento a otro y que debemos estar preparados para pasar esa línea.

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