El olvido es imperdonable. Hablamos de fotos; llevamos años hablando en esta página de fotos, y no hemos hablado de las fotos más contemporáneas: las tan mentadas, tan denostadas, tan practicadas selfies. Hace diez años no existía la acción ni la palabra; ahora selfie ya se dice en docenas de idiomas —pero viene claramente del inglés—. Selfie, sabemos, es un recorte cariñoso de self-portrait, autorretrato. Si el castellano dominara el mundo como lo hace el inglés no les diríamos selfies sino “autitos”.

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Los selfies son el fenómeno más arrollador de ese fenómeno tan arrollador en que se ha transformado la fotografía. Ya nada se salva: con la aparición de los teléfonos que dicen ser inteligentes, la mitad de la humanidad tiene una cámara de fotos en el bolsillo todo el tiempo, y cree que tiene que usarla. Así que todo se hace imagen: el mundo se ha vuelto un infierno de fotos y más fotos —y más fotos—. Nunca entendí cómo hacen estas cuentas, pero dicen los cráneos que calculan todo que la cosa crece tanto que este año sacaremos el doble de fotos que hace cinco. Las cifras se desmandan: dicen que ahora hacemos más fotos en un minuto cualquiera que las que se hicieron en todo el siglo XIX. Dicen que en 1930 se hacían unos 1000 millones de fotos al año; en 1990, unos 50.000 millones —y entonces llegó la foto digital y disparó—. Dicen que este año serán más de un billón —un millón de millones— de fotos. Más precisamente: 1.200.000.000.000 fotos, de las cuales el 85 %, con los dizque inteligentes. Y dicen, también, que más y más son selfies.

El selfie —¿la selfie?— triunfa; la sociedad del yo aburrido lo favorece mucho: si uno no sabe qué decir ni qué mostrar, dirigir su cámara-teléfono a sí mismo, mirarla, componer la sonrisa, disparar, “compartirlo” en las redes es un momento de sociabilidad basada en lo que más importa: la imagen, la apariencia. Para lo cual se fue armando un protocolo simple pero eficaz: hay que mirar a la cámara, torcer un poco la cabeza y sonreír.

Vivimos tiempos de la sonrisa boba. Millones y millones de personas sonríen para fotos con un ahínco y un tesón inusitados. Se anuncian lesiones musculares inéditas. Pero, sobre todo, confusiones: la sonrisa solía ser un gesto que indicaba un momento especial de buen humor, cercanía, comprensión, felicidad. Era el signo de un significado; ahora se ha vuelto una composición puramente física que se arma para que algún futuro —un futuro improbable— imagine que en aquel momento del pasado no la pasábamos tan mal. Ya no nos alcanza con registrarnos; debemos registrarnos felices. Así que el mundo rebosa de sonrisas: nunca antes se habían visto tantas; nunca significaron tan poco.

Pero todo esto es pura cháchara, intentos de defensa sin destino: un día tuve que reconocer que yo también quería un selfie. Me lo hice, por fin, en Hanói, hace no tanto. Era un domingo de sol, principio de la tarde, había comido como un bendito en una especie de pagoda sobre un lago y, para bajar tanto rollito viet, me puse a caminar. Entré a ese templo como quien entra en su destino: sin saber. En sus pasillos había señores con inciensos, señoras con lágrimas, señoras y señores que caminaban como se camina por los templos: arrastrando los pies, bajando la mirada. Y entonces él apareció: él —un dios menor, modesto— estaba en un rincón, sin función aparente, casi abandonado, y supe; sin saber bien lo supe, me resigné a mi suerte, disparé.

He aprendido a reconocerme poco a poco. Al principio solo me veía un aire de familia; con el tiempo me voy pareciendo más y más, y ya me queda claro que soy yo. Ahora a veces me miro en el espejo —poco, prefiero no mirarme en el espejo— y me sorprende no tener esas orejas, pero ya llegarán. Ya sé quién soy: no es poca cosa. Suponer que un selfie es una foto de tu cara me parece una obviedad, una falacia; siempre me he buscado en otras y, por fin, me encontré en ese templo de Hanói, en esa tarde de domingo, en esos ojos asombrados, en ese equívoco repleto de bigotes.

Derecho de autor de la imagen: viewapart / 123RF Foto de archivo

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