Si me pica una abeja, no puedo respirar, me rasca el cuerpo de una manera que no se puede explicar, me hincho todo, se me van las luces y no oigo nada. Descubrieron mi alergia cuando tenía diez años. En el recreo, jugando fútbol, me picó por primera vez una abeja. Sentí un pinchazo durísimo en la frente, pero la enfermera me dio un remedio y me mandó a clase de educación física. Empecé a oír lejos a la gente y a sentirme abstraído de la realidad. Tenía la cabeza como un balón, pero en lugar de sentirme pesado, me sentía como una pluma. Cuando todo se puso borroso vi venir a la enfermera otra vez, pero con una cara de angustia caricaturesca, como la mía, pero sin la hinchazón. A mí me rascaba todo el cuerpo y respiraba con dificultad. Me puso adrenalina y casi me llevan al hospital. Todo el colegio se enteró. La sensación fue tan fuerte, que de ahí en adelante le cogí una fobia absurda a las abejas. Lo que para todos significa una amenaza del tamaño de un insecto, para mí es el enemigo máximo. Si me pican una o dos se puede controlar, pero si son más de tres hago reacción polifuncional, lo que quiere decir que el veneno me mata. Solo me han picado dos veces más, pero la situación se controla con una inyección de celestone (adrenalina) y una tableta de clarytine (antihistamínico). Además, hace dos años me están poniendo unas vacunas que traen directamente de España contra el veneno de abejas. Sin embargo, no hay vacuna contra el miedo, ni tampoco contra el odio. Cuando están volando, un miedo inimaginable me recorre todo el cuerpo. La angustia solo acaba cuando las veo en el piso y me dan unas ganas macabras de espicharlas. Es algo delicioso. He matado millones y siento el dulce sabor de la venganza cada vez que hay uno menos de esos asquerosos insectos, porque es una menos que me puede picar. Soy un Natural Bee Killer.

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