Nací con varios problemas en los ojos, entre ellos estrabismo (es decir, soy bizca). En mis fotos de pequeña siempre aparecía con el ojo izquierdo metido hacia adentro. También tenía hipermetropía y astigmatismo. Mejor dicho, en mi niñez visité más al oftalmólogo que al pediatra. Ahora, a mis 25 años, he entendido que cuando una persona nace bizca el cerebro tiende a bloquear el ojo chueco, e intenta acostumbrar al cuerpo a mirar por el ojo bueno. Para combatir esto usé parche hasta los nueve años y encima unas gafas de marco rosado más grandes que mi cabeza y cuerdita para que no se me fueran a caer.

Mi primera cirugía fue a los dos años para corregir el estrabismo. Sin embargo, no salió muy bien y tuvieron que volver a operarme a los 12 años. De la segunda operación sí me acuerdo y creo que no hay nada más horrible que una operación de los ojos. Me levantaba en las mañanas con una costra de sangre en los ojos y no podía abrirlos, lloraba lágrimas con sangre. Cuando me miraba al espejo me veía como un demonio.

Durante mucho tiempo ni mis papás ni yo nos dimos cuenta de otro problemita: no veo en tres dimensiones como todo el mundo, sino en dos. Me acuerdo de una época en que mis amigas del colegio eran fascinadas con esos libros donde las páginas a simple vista parecen solo recovecos sin sentido y, si se quedaban mirando de cierta forma durante algún tiempo, lograban descubrir una figura en 3D (un conejo, un árbol, etc.). Yo lo intenté de todas las formas posibles, pero ninguna funcionó. Otra cosa: me costaba mucho enhebrar una aguja de lado: al primer intento el hilo pasaba a tres metros de distancia del huequito de la aguja.

 Pero la prueba máxima de que algo iba mal fue cuando tenía 12 años y fui con mis papás y mis hermanos a Disney World. Entramos al show de los Muppets, felices con nuestras gafas 3D. Empezó la película y yo me quité las gafas. Claro, cuando hice esto las imágenes se veían borrosas. Me puse las gafas otra vez y las imágenes se veían bien, pero era como ver televisión. Pensé que había entendido la función de las gafas, hasta que a mi lado mis hermanos y mis papás empezaron a gritar, a retorcerse en las sillas, a echarse para atrás como si algo los estuviera atacando, a emocionarse cuando caían burbujas del techo o a asustarse cuando una supuesta cola de ratón los tocaba por debajo de las sillas. Todo ese cuento me parecía un truco barato, pues era como estar en la sala de mi casa viendo televisión. No había para mí ninguna relación entre la pantalla y lo que acontecía afuera.  

Después de llegar de Estados Unidos le comentamos a mi oftalmólogo y me mandó a hacer un examen. Con los resultados me explicó que yo no veo en profundidad y por lo mismo no sé calcular las distancias. Por ejemplo, sé cuando algo está detrás de otra cosa, cuando puedo ver una y no otra, o calculo distancias por el tamaño de los objetos. Por ejemplo, un carro que viene lejos se ve muy pequeño, y cuando se va acercando se va volviendo más grande. Todo esto, por supuesto, lo aprendí sin darme cuenta.

A los 13 años empecé a jugar básquetbol en el equipo del colegio. Pensé que iba a tener problemas con las distancias, pero aprendí a encestar usando el tablero y a calcular la profundidad por la fuerza del lanzamiento. Lo más curioso es que, además, terminé jugando también en los equipos de fútbol y softball.

Pero para algunas cosas no es fácil. Me cuesta unir mis dos dedos índices frente a mí sin hacer varios intentos antes. Puedo manejar y solo me he estrellado una vez. Ser diferente de los demás siempre tiene su encanto, y estoy acostumbrada a ser una extraterrestre entre los seres humanos desde que nací. Espero recorrer Latinoamérica en moto dentro de dos años (acabo de comprar una y tengo el pase). Por ahora quiero trabajar y seguir creciendo en lo que me gusta: el mundo editorial y de los libros. Espero en algún momento editar libros para niños. En este mundo que me apasiona, mi problema de ver en dos dimensiones en realidad no es un problema.

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